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Entrevista:EL FUTURO DE LA 'PERESTROIKA'

Shevardnadze:"Estamos haciendo una revolución"

El ministro de Asuntos Exteriores de la URSS habla de política y de sí mismo

"Estamos haciendo una revolución para renovar todas las esferas de nuestra vida económica, social, política, jurídica y espiritual ... Ciertamente, no soy un conservador, pero esto no basta, y todavía debo evolucionar para estar a la altura en un proceso tan complejo". Quien así se confiesa es Edvard Shevardnadze, ministro de Asuntos Exteriores de la URSS. El periodista francés K. S. Karol le entrevistó esta semana en París. Karol nació en Polonia hace 64 años, y vivió en la URSS su juventud. Actualmente reside en París. Colaborador de EL PAÍS, es uno de los mejores expertos en temas de Europa del Este. Karol entró también a discutir temas personales con Shevardnadze.

Edvard Shevardnadze, ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, miembro del Politburó y muy próximo a Mijail Gorbachov, nos recibió durante hora y media en su visita oficial a París para hablarnos del nuevo pensamiento soviético. Esta conversación informal, en ruso, sin intérprete, pretendía además situar mejor las respuestas escritas a las preguntas que le habíamos planteado en Moscú. El jefe de la diplomacia soviética, georgiano sonriente y muy meridional en su forma de ser, está convencido de que participamos todos, en el Oeste y en el Este, de una única y misma civilización. La oposición entre la cultura socialista y la burguesa no tiene, según él y en estas condiciones, ningún sentido, puesto que una y otra forman parte de un mismo patrimonio común. Desde esta perspectiva, que se sitúa en las antípodas de la antigua teoría del carácter de clase de cada cultura, hasta los más tradicionales llamamientos por la paz y la coexistencia adquieren una resonancia completamente inédita. Para la diplomacia soviética, afirma categóricamente Shevardnadze, la defensa de los valores universales tiene prioridad sobre la lucha de clases.Este nuevo pensamiento tiene sus raíces en los cambios que se están produciendo en la URSS, que califica de "revolución pacífica". Partidario decidido del Estado de derecho y del parlamentarismo soviético, proyecta estos conceptos sobre el tapete internacional y aboga por un fortalecimiento de la ONU y por una colaboración más estrecha entre los Estados de derecho. En su opinión, es este acercamiento el que ha permitido la conclusión del tratado norte americano-soviético sobre la destrucción de dos tipos de misiles nucleares.

Nuestra conversación arranca con dificultad. Fiel a la tradición de su país, a Edvard Shevardnadze no le gusta personalizar su política. Insisto en que hable de sí mismo. Nuestros lectores y la opinión occidental en general necesitan conocer al hombre que se está dirigiendo a ellos. "No son buenas preguntas", dice él, aceptando, sin embargo, responder a las mismas.

Pregunta. Acaba usted de celebrar su 60º cumpleaños y es hijo de un profesor. Es más o menos todo lo que sabemos de usted. Sabemos también, según lo que hemos oído, que le habría gustado ser profesor.

Respuesta. Es cierto. Admiraba a mi padre y terminé los estudios en el Instituto Pedagógico de Kutaisi. Pero también recibí mi educación en la escuela superior del partido y opté por la carrera de funcionario del partido.

P. Digamos más bien de hombre político, suena mejor.

R. (Se ríe.) No, no,funcionario no tiene para mí connotación peyorativa alguna.

P. Después de haber pasado por distintos grados en la escala del poder, usted fue, a los 42 años de edad, primer secretario del partido en Georgia y, según lo que me han dicho en Tiflis, estableció estrechos contactos con la elite intelectual de Georgia, ayudando, a muchos cineastas, escritores y universitarios.

R. No me gusta la palabra ayudar. Siento, en efecto, mucha estima por el mundo de la cultura y me intereso por las ideas, las nuevas concepciones. Sobre la base de una comunidad de ideas hemos colaborado y discutido con cineastas y dramaturgos como Ioseliani, Chenguelaia, Sturua, Abuladze, entre otros.

P. Justamente, a propósito de Abuladze, usted le dio pista libre en 1982, en pleno período brezneviano, para rodar El arrepentimiento, que sería con Gorbachov la película más representativa de la glasnost y que obtuvo en 1987 la Palma de Oro del Festival de Cannes.

R. Tengiz Ahuladze es mi amigo. Después de leer su guión, que me impresionó y me sedujo, le dije francamente que debía rodar esa película, aunque no estaba seguro de si podría exhibirse y que tal vez nos crearía problemas. En estas condiciones, Abuladze estaba dispuesto a renunciar para no crearme problemas. Pero yo no estaba de acuerdo e insistí para que realizase El arrepentimiento con independencia de lo que pudiese ocurrir.

P. La perestroika se inició, por tanto, en Georgia antes que en el conjunto del país.

R. La perestroika no nació en el desierto. La lucha que permitió su advenimiento había comenzado mucho antes y no era yo el único en combatir. Mijail Gorbachov, mi vecino del norte, la había ya iniciado en su departamento de Stravropol y otros muchos siguieron el movimiento. La elección de Gorbachov en 1985 no fue una sorpresa.

P. ¿Había usted previsto con antelación los cambios que se están produciendo actualmente?

R. La revolución es un fenómeno complejo, una larga lucha que nos depara necesariamente sorpresas. Para mí, personalmente, la mayor sorpresa fue mi nombramiento como ministro de Asuntos Exteriores.

P. Usted se ha adaptado aparentemente muy deprisa a su nueva función y ha sabido encontrar enganches con hombres tan distintos de usted como el secretario de Estado norteamericano, George Shultz, y el vicecanciller alemán, Hans Dietrich Genscher. ¿No es esto un poco sorprendente?

R. En absoluto. He tenido con el secretario de Estado 29 encuentros y hemos recorrido juntos un largo camino hasta llegar al acuerdo sobre desarme. Es un hombre muy abierto, muy inteligente, muy expresivo incluso, y aunque seguramente no he cambiado sus ideas -ni él las mías-, siento mucha estima por él y él por mí.

P. El vicecanciller Genscher también obtuvo su simpatía y parece ser que durante su última visita a Moscú fue su huésped privado.

R. Residía en su embajada y pasó con mi familia su tarde y velada libres. Esto denota relaciones humanas perfectamente normales. De la misma manera pasé una velada muy agradable en Washington con la familia de George Shultz. Y el secretario de Estado, en su visita a Tiflis, fue a casa de mis hijos.

P. ¿Cuántos años tienen y qué hacen?

R. Mi hija tiene 30 años y es musicóloga; mi hijo, un año menor, es un universitario, un filósofo. También tengo nietos. Pero, por favor, dejemos de hablar de mí.

P. De acuerdo. Usted lucha por la supresión de todas las armas nucleares antes del año 2000, mientras que mucha gente en nuestro país, y me parece que también en el suyo, piensa que la existencia de la disuasión nuclear ha impedido la guerra en Europa desde 1945. ¿Tienen razón en su opinión?

R. Nosotros luchamos por la supresión de todas las armas ofensivas, porque algunas de ellas son fáciles de manejar y pueden ser tan peligrosas como las armas nucleares. Queremos establecer de común acuerdo con los otros países, grandes y pequeños, un umbral razonable de armamento, suficiente para la defensa, pero que ni permita un ataque [ ... ]. Quién sabe, tal vez más tarde llegaremos a un mundo sin armas.

Concubinato Este-Oeste

P. Usted ha evocado recientemente la imagen de un mundo en el que el Este y el Oeste vivirían en concubinato compartiendo sus bienes. ¿No es esto un poco idílico?

R. En absoluto. Todos los que viven en un mismo sitio, grande o pequeño, disponen de bienes comunes. El mundo, y en lo que nos concierne, Europa, constituye nuestra propiedad colectiva. Respiramos el mismo aire, todos somos vecinos incluso cuando no tenemos fronteras comunes. Debemos luchar juntos contra el peligro nuclear y, también en el segundo frente, contra la amenaza de una catástrofe ecológica. En la biosfera no existen fronteras.

P. Sí, pero también vivimos en un mundo muy conflictivo en el que las diferencias de intereses y las batallas ideológicas son dificiles de hacer desaparecer. Aunque todos los países se remitieran a la sabiduría de la ONU, no es un mundo fácilmente gobernable.

R. Tengo más confianza en la humanidad y creo, por el contrario, que nuestro mundo es gobernable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de octubre de 1988