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Tribuna:

Alianza conservadora

Una noticia aparecida en la prensa norteamericana me ha interesado sobremanera. Se trata del nombramiento de un gran profesional del periodismo británico, John O'Sullivan, como editor jefe de la revista doctrinal del conservadurismo estadounidense National Review. Los cambios en el mando de la Prensa periódica son acontecimientos rutinarios que en general tienen poca significación. En este caso se trata, sin embargo, de una novedad relevante. O'Sullivan no es solamente un excepcional editorialista, sino que ha sido, hasta estos días, uno de los elementos de máxima confianza de Margaret Thatcher, quien lo utilizaba al máximo en sus campañas electorales y discursos comprometidos en los congresos del partido para consultarle la oportunidad o el giro verbal conveniente de: muchos de esos textos.. En otras palabras, fue durante años el formulador -a través de crónicas parlamentarias y de editoriales políticos de gran parte del thatcherismo, entendido como filosofía política conservadora contemporánea aplicada por una mujer líder, de talento extraordinario y férrea voluntad.Lo picante del caso es que han sido los directivos de la, National Review los que desde Washington y Nueva York han negociado el fichaje del doctrinario inglés. Conocí al fundador y editor de esa revista en los años cincuenta, en mi tiempo de embajador en aquella república. Era entonces Bill Buckley un hombre juvenil, de cabeza bien amueblada en Yale, deportista náutico, hispanohablante perfecto, millonario por su familia, católico practicante y áulico inspirador de un pequeño grupo o tertulia de intelectuales americanos entre los que había algunos europeos allí residentes, pertenecientes a sectores ultraconservadores de sus países de origen, en su mayoría.

National Review exponía una posición doctrinal, cerrada, sólida, intransigente, anticomunista activa, y en política exterior, un anglicismo declarado, con ribetes de solidaridad intelectual universitaria, sobre todo. Al comienzo tenía aquella revista, una acogida restringida y escéptica por el tono antiliberal que destilaban sus artículos y comentarios. Yo recuerdo haber frecuentado las sobremesas de su acogedora residencia en Connecticut, presididas por la mujer canadiense de Buckley, Pat, de gran belleza y simpatía. Las conversaciones derivaban siempre hacia el tema político, y a mí me sorprendían las críticas feroces dirigidas al presidente Eisenhower y su Gobierno, cuya filiación republicana -es decir, conservadora- parecía presumir una actitud de adhesión. Pero siempre ocurre lo mismo en los cenáculos doctrinarios, cuyos ataques más implacables se centran en los afines cuando ejercen el gobierno, y cuyo inevitable pragmatismo ofende a los ideólogos de perfecta castidad ortodoxa.

Buckley tenía la gran ventaja de su talento dialéctico y su rica mochila cultural. Escribía no solamente los artículos polémicos de la R. N., sino también una serie de ensayos que empezaron en el God and man at Yale y siguieron apareciendo a lo largo de los años cincuenta a setenta. Merecía el respeto del adversario por su extraordinaria prosa y también porque sus posiciones eran novedosas en el ámbito doctrinal de Estados Unidos, conteniendo -cosa insólita- una fuerte dosis de humor de la mejor ley. El descalabro final del nixonismo no alteró su línea. de combate. Era enemigo mortal del kennedismo, el capitalismo de lenguaje liberal y de los sucesivos dramas de la guerra de Vietnam y del mandato de Carter. Pero la llegada de Ronald Reagan avivó sus esperanzas.

Yo no sé si se puede hablar en serio de la "revolución conservadora" de Reagan, como lo hace Sorman, o se trata de una locución afortunada entre las muchas que se sacan de la manga los políticos y sus apoderados. Yo vi a Reagan en las pantallas televisivas de EE UU en los años cincuenta protagonizando cortometrajes vaqueros publicitarios de no sé qué multinacional. Era actor desenvuelto, de admirable dicción y sonrisa cautivadora. En aquel momento nadie le hubiese pronosticado un porvenir político sensacional y un doble mandato presidencial. Pero lo más interesante del episodio O'Sullivan-Buckley es quizá la crónica del asunto minuciosamente recogida por la Prensa de Londres y Nueva York. El periodista anglo-irlandés fue a despedirse de su jefe político, Margaret Thatcher, antes de emprender el vuelo a Norteamérica. Allí le esperaba el presidente Ronald Reagan, en la Casa Blanca, para almorzar con él en la intimidad. La imagen que se deseaba dar al público era, sin duda, la de una alianza doctrinal conservadora entre los dos grandes imperios anglohablantes. ("Les anglosaxons", solía decir, con reticencia, el general De Gaulle, después de hacerse público el special relationship -las famosas relaciones privilegiadas- del encuentro de las Baharnas entre Kennedy y Mac Millan.) O'Sullivan, como buen irlandés genético, declaró que el encuentro había sido gratísimo, y que el presidente, con excelente humor, le había contado gran número de historietas divertidas que le produjeron notable hilaridad.

¿Querrá el conservadurismo inglés, tan secular y tradicional en el Reino Unido, atar a su carro triunfal el posreaganismo inmediato? ¿Puede hablarse de una alianza conservadora transatlántica capaz de establecer una sincronía doctrinal y efectiva entre Washington y Londres? Reagan explico a su invitado británico los motivos por los cuales el triunfo de Bush está asegurado en el próximo noviembre. ¿Tendrá razón en ese rotundo pronóstico? En cualquier caso, el hecho en sí tiene, a mi juicio, cierta trascendencia, porque representa un propósito ideológico de largo alcance entre las dos formaciones paralelas del universal lenguaje inglés. O'Sullivan refiere que el íntimo pensamiento político de Buckley y su "revista movimiento" es el de preconizar para un lejano futuro una socíedad jerárquica, anglocatólica, enraizada en la tradición y bendecida por Dios. Pero ¿era esto lo que soñaban los padres fundadores de Filadelfia en 1.776? ¿Era un panorama o porvenir parecido el de los grandes políticos conservadores británicos del siglo XIX? ¿Tenía ese contenido el mensaje europeísta democrático y de libertades, de Winston Churchill, en sus discursos de Zúrich, de La Haya o de las universidades americanas de la inmediata posguerra?

Pienso que Margaret Thatcher, mujer avisada y previsora, teme que un excesivo dinamisrno unificador del proceso comunitarío europeo pueda quitarle protagonismo al Reino Unido en las decisiones comunes de Occidente. Sus declaraciones recientes, a medio camino entre la aspereza y el humor, sobre las perspectivas federalistas de la CE, la moneda común y el descenso de la soberanía privativa de cada país son coherentes con esta iniciativa de colocar un hombre suyo al frente del órgano ideológico del conservadurismo del viejo partido republicano.

A los que conocen a fondo la historia moderna de Estados Unidos les suenan a utopía esos proyectos doctrinales de alcance transatlántico y solidaridad derechista. ¿Tuvieron una doctirina propia Hoover o Eisenhower, o Ford, o Nixon? ¿No eran, más bien, símbolos de unas tendencias más o menos confusas que brotaban del seno de aquella inmensa y abigarrada sociedad que los gobernantes trataron de identificar y encauzar a su manera?

Acaso el motivo real de esta novedad consista también en un proyecto de muy largo alcance para el porvenir del posreaganismo. Pero la gran revisión que se lleva a cabo en estos morrientos en la Unión Soviética en materia de filosofia de la política exterior y de la defensa estratégica ¿no condicionará de un modo inevitable -e imprevisible- las actitudes que el bloque occidental haya de tomar en los próximos años para rriantener la unanimidad en el pacífico duelo dialéctico? ¿Servirán de mucho las etiquetas rígidas cuando el deshielo del bloque dogmático se convierta en torrente?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 13 de agosto de 1988