Una de terrazas
Viernes 8 de julio, cinco de la tarde. Tomamos asiento en una terraza de la Castellana, frente al número 33. Acude una veinteañera de vistosa minifalda.-Un café y un pacharán -pedí.
-Café no hay -respondió ella.
-Bueno, pues dos pacharanes.
La muchacha vuelve con las dos copas ya servidas y le pregunto:
-¿De qué marca es?
-Es X, es bueno. No traigo la botella por si resbalo y se me cae. Son 800.
Mi compañera le paga con 1.000 y la chica se va. Al cabo de unos minutos regresa con el cambio, pero para entonces hemos considerado que el precio parece excesivo.
-¿Un pacharán vale 400 pesetas? -pregunto.
-En realidad debería cobrarlos a 500 -responde la chica.
-Ah, o sea que nos lo ha rebajado.
-Sí. A veces me da no sé qué cobrarle por la mañana eso a la gente.
-Ya. ¿Me puede traer la lista de precios, a ver cómo andan las consumiciones en general?
-No, no hay. Además, ésta es una terraza de categoría y puedo cobrar lo que quiera. (Se trata de un quiosco con unas sillas colocadas sobre una gravilla molesta, en un andén de la Castellana.)
-Bueno, pues traiga la hoja de reclamaciones.
-Tampoco tenemos.
-Entonces habrá que avisar a la policía.
-Yo no, llámela usted si quiere. Lo único que puedo hacer es llevarme las copas y devolverles el dinero.
-De acuerdo, devuélvanoslo.
Deshacemos la transacción y nos vamos a un famoso café de Recoletos: un café y dos pacharanes, 515 pesetas- Julio García. .


























































