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TRIBUNA

El 'toro de Madrid'

Taurinos, aficionados y críticos se refieren frecuentemente al toro de Madrid (de Las Ventas), o al toro de Sevilla (de la Maestranza) como -si de dos tipos diferentes de toros se tratara y, la verdad, razones hay para afirmarlo. El argumento empleado para esas definiciones es mucho más complejo de lo que a primera vista parece y casi siempre se utiliza en tono peyorativo, lo que no es justo. En cambio, no hemos oído que se hable del toro de cualquier otra ciudad española.Hay un morfotipo de toro que se acepta en Sevilla que no podría salir, quizás, al redondel de Las Ventas. Dicen que a los aficionados sevillanos les gusta ver torear. ¡Y a los de Madrid también, faltaría más! Puede torearse bien o mal con el toro de Sevilla y con el toro ' de Madrid, sólo que la importancia del trapío del toro de Las Ventas da algo más a los triunfadores.

Pero ¿es cierta la molesta afirmación de los taurinos de que la afición madrileña disfruta únicamente con el toro grande? La licencia del listillo ya se ha hecho tópica. Con toda honestidad: los muchos años que vengo reconociendo toros en la plaza de Las Ventas me otorgan -creo yo el derecho a opinar que esa afirmación no es imparcial.

El toro que llaman de Madrid es un toro bajo de agujas, enmorrillado, bien armado y con una armonía plástica indiscutible, no importando el peso. (Muchos consideran este último factor como un sumando innecesario en la ecuación del trapío, sin razón, por ser el primer eslabón de la cadena de un buen reconocimiento y, además, objetivo). La potencia muscular y el juego fisiológico de palancas relacionadas con él, es el que da poder al toro, y sobre el poder se asienta casi todo el toreo. La energía cinética es igual a la mitad de la masa (en este caso, del toro) por la velocidad al cuadrado, fórmula que nos adentraría en la fisiología animal.

He dicho en alguna ocasión que cada afición tiene el toro que demanda, o el que se merece, y la plaza de Las Ventas es una de las privilegiadas, por el requerimiento de los aficionados, de la crítica y de la autoridad. Uno no sabe si es el subconsciente taurino madrileño el que obliga a marcar pautas a las demás aficiones, o es que la monumentalidad de su coso conduce a extremar la vigilancia, evitando vicios y engaños.

Lo que no acepta la afición de Madrid es el toro comicorto o con sospecha de afeitado, y reniega especialmente del inválido. Con la flojedad de las reses es implacable y hasta cruel, conociendo de antemano que la caída del toro no se puede adivinar durante el reconocimiento. Para el diagnóstico de la caída habría que realizar una prueba funcional muy parecida a la de la lidia, lo que no es posible. El toro que sale al redondel debe ser físicamente perfecto, con astas desarrolladas, bien constituidas, de dirección adecuada y con inserción frontal látero-posterior, porque al espectáculo se le priva de autenticidad si las astas no son ofensivas.

El toro de Madrid no es el de cerca de 700 kilos que hirió a Joselito en la última feria de San Isidro, aunque estuviera guapamente conformado y con desbordante trapío. Otra cosa muy distinta es que presenten al reconocimiento toros parecidos, por encima de los 600 kilos, que si no es por causas excepcionales o reglamentarias, no pueden sor desechados. Por eso las cualidades del prototipo del toro de lidia son las que se reclaman en Madrid; porque van conjugadas las varias regiones anatómicas con una armonía y plasticidad evidentes, y eso lo detecta la afición.

Es, pues, cierto, que en Madrid está impuesto otro trapío de toro. Si Las Ventas tiene un aforo superior a las 23.000 localidades, está enclavada en la capital de España, allí confirman la alternativa y se doctoran en tauromaquia los novilleros que llevan toreado buen número de corridas, da antigüedad a las ganaderías y celebra más de 70 festejos al año, lógico es que su afición demande razonablemente que el tono de las corridas suba enteros en la escala taurina de valores.

Jesús Bengoechea es profesor veterinario del Ayuntamiento de Madrid y veterinario de Las Ventas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de mayo de 1988