Tribuna:EL HORIZONTE LATINOAMERICANO / y 2
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La Bienal de Sâo Paulo

La visión metropolitana que se divisa desde la ventanilla del avión me emociona como siempre que regreso a mi querida Sâo Paulo. Bajo el cielo oscurecido por pesadas nubes se extiende una masa infinita de casas y rascacielos, recortándose como cristales plateados sobre el intenso fondo verde de una vegetación tropical. La tripulación avisa, poco antes de tomar tierra, sobre los 38º centígrados con alto porcentaje de humedad que gobiernan los aires de la gran ciudad industrial. Pienso en la energía y el movimiento caótico de este lugar, en el poder de sus dimensiones espaciales, en la sensualidad de su arquitectura y sus moradores, en las visiones de belleza y de amargura que esta ciudad me ha deparado con una violencia que no encontré en ninguna otra, y pensé en los amigos que volvería a abrazar.Sábado, 3 de octubre. La Bienal de Sâo Paulo abre sus puertas una mañana lluviosa. El aire es frío y húmedo, pero limpio. Ya en la puerta de la bienal me topo con un grupo de ex alumnos y conocidos. Un aire alegre, cordial y algo ingenuo brilla en sus sonrisas. Recuerdo un lugar común: cualquier pretexto es bueno en Brasil para convertirlo en fiesta. Atravieso, con visible inquietud, las salas de la gran exposición, esta vez distribuidas como un confuso laberinto de paredes blancas. A cada paso me pregunto si descubriré un gesto poético, si llegaré a encontrarme frente a un color maravilloso o un único trazo que me reconcilien con el mundo. Saludo a muchos amigos y conocidos, que no había visto desde hacía tiempo. Me complazco afectivamente en su compartida cordialidad, y me extraño de su conformidad con el espectáculo que brinda la exposición.

Es ésta una serie infinita y languideciente de mediocridades pictóricas y escultóricas, que demasiadas veces exhiben una voluntad pretenciosa y prepotente de protagonismo vanguardista. El estupor me invade y de nuevo siento aquella misma paradoja que me dije en Argentina: en un mundo tan prolijo en conflictos y dilemas, un arte, lo mismo que una filosofía, ciegos.

El título, o sea, el leitmotiv de esta bienal -puesto que estas bienales se conciben hoy lo mismo que las grandes óperas de ayer- luce el nombre de la utopía, pero bajo este signo se exhiben una serie de obras que, agrupadas a grandes trazos, pueden clasificarse entre el género de las que reiteran estilísticamente concepciones y- corrientes artísticas ya sancionadas en el reciente pasado, y la familia de las obras que reiteran una visión apocalíptica del presente histórico.

Casi todas las personas que encuentro en los pasillos señalan un lugar privilegiado de la exposición: la sala de Anselm Kiefer. Sus grandes telas ocupan un espacio cerrado, en el que se respira el aire sacramental de un ritual apocalíptico. En el centro de la sala restalla un paisaje romántico de la devastación, dotado de la misma metafísica fuerza expresiva que los espacios infinitos de la pintura de Caspar David Friedrich o de la música de Wagner, y con la misma atmósfera abismática de las visiones de la muerte del expresionismo alemán. Reconozco a desgana la grandeza de esta obra de Kiefer; me resisto a contemplar el paisaje de este futuro como una necesidad histórica.

Misterio

No lejos de allí descubro otro lugar abscóndito. Se trata de una escenificación, más que de una obra. Una misteriosa portezuela me abre el paso a un estrecho corredor. Al final de éste me encuentro con una sala intensamente oscura, de límites indefinidos, que me recuerda los mausoleos subterráneos de las pirámides aztecas. Algo sombrío e inconfortable se respira en el ambiente. En mi ceguera tropiezo con uno de los bastidores, visiblemente mal montados. Luego, en lo alto de un gran trono, distingo los colores rutilantes de un tribunal de monstruosos mioecos: es el juicio universal. Sus figuras recuerdan a un mismo tiempo las plásticas visiones medievales del infierno y las siniestras representaciones modernas de los poderes totalitarios. Brilla por su ausencia la figura de un redentor. Un poco consternado, sigo mis pasos. Más al fondo, la oscura sala se prolonga por otro pasadizo, flanqueado regularmente por siete puertas, como en los ritos místicos de las siete fortalezas y las siete puertas del alma humana.

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En realidad, son puertas de sendos retretes. Su interior es oscuro y lóbrego. En todos ellos hay monstruosos seres antropomórficos y de tamaño natural, arrastrando en la suciedad que los envuelve los gestos de una lascivia asquerosa. El último de los retretes no contiene nada más que un espejo.

Por fin, otra puerta me transporta a una gran sala resplandeciente de figuras y contrastes, y de un color y una luz estridentes. Grandes penes clavados en vaginas gigantescas se yerguen, junto a otras abigarradas figuras orgánicas y vegetales, como un bosque de colosales hongos entre los que pululan toda suerte de aberrantes metamorfosis de seres humanos, reptiles, máquinas y siniestras arborizaciones. Un título me viene espontáneamente a los labios: Paraíso posnuclear. La obra es debida al uruguayo Gustavo Nakle, y luce el más discreto título de Pasaje.

En los paisajes del neoexpresionista alemán el fin de la historia y del hombre se afirma a través de la exaltación pictórica de su infinito vacío. Algo muy alemán, por otra parte. En la visión uruguaya había un intenso contraste de colores y formas, y habitaba una protesta contra el totalitarismo, la miseria y la degradación de la vida humana.

En el ir y venir de las salas cruzo interrogantes con mis conocidos y amigos. Creo descubrir un gesto de preocupación y de duda en sus miradas. Han rebasado la tercera, cuarta o quinta fase del gran choque moral y social que significa el empobrecimiento económico de un país amenazado de bancarrota por la competencia internacional. Pero los grandes dilemas económicos y sociales siguen en pie.

En los gestos inquietos de mis interlocutores, en sus críticas y en sus preguntas adivino, sin embargo, la mayor energía y una esperanza. Como en Córdoba, también en estos pasillos siento un aire intenso de conspiración intelectual, el afán de descubrir un horizonte en el laberinto.

Por fin descubro rostros sonrientes. En un caso son las series que un fotógrafo suizo ha realizado de las calles, moradas y seres de la más misteriosa ciudad brasileña: Alcántara. En otra sala descubro infinitas series de fachadas de arquitectura popular nordestina. Es como la melodía de breves rimas de color y formas cúbicas, en medio de un espectáculo desolador.

es filósofo, autor, entre otras, de la obra El alma y la muerte.

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