Una joya del cine clásico
Fritz Lang entró en la historia del cine norteamericano por la puerta de uno de sus estudios más brillantes pero más conservadores, la Metro Goldwyn Mayer. Allí, en 1936, recién escapado del nazismo, hizo, con verdadera furia, Furia, filme de genio radical que sufrió cortes de censura tanto en el guión como en el celuloide, y que hizo ganarse a Lang el recelo a perpetuidad de sus patronos hollywoodenses. Tuvieron que pasar casi veinte años para que la Metro olvidase el poder transgresor de aquel filme y encargase otro al, como se le conocía en los premios de Irving Thalberg, bastardo teutón.
Este filme fue Moonfleet, película de encargo que Lang aceptó rodar después de algunas modificaciones aparentemente insustanciales en el guión. Pero fue a través de éstas, cuenta Lotte Eisner, por donde Lang, con endiablada habilidad, abrió las grietas por donde filtrar a una historia que le era ajena los rasgos de su universo poético personal. El resultado fue bello y en algunos instantes maravilloso. Hoy, después de treinta años, la vigencia, tersura y vivacidad del filme son admirables.
Los contrabandistas de Moonfleet
Director: Fritz Lang. Guión: Jan Lusting y Margaret Fitts, basado en la novela de John Meade Falkner. Fotografia: Robert Planck. Decorador: Walter Plunkett. Música: Miklos Rozsa. Productor: John Houseman, para Metro Goldwyn Mayer. Estados Unidos, 1955. Intérpretes: Stewart Granger, George Sanders, Joan Greenwood, Viveca Lindfords, John Whiteley, Lilianne Montevecchi, Sean McCIory, Jack Elam. Estreno en Madrid: cine .Bellas Artes.
El éxito del cine de Spielberg, Lucas y otros cultivadores actuales del cine de aventura fantástica ha. desempolvado este filme, que tiene mucho que ver con el que les encumbra. Con menos medios, Lang da magistrales lecciones de ritmo, emoción y arte de la aventura profunda. Lo que ahora se consigue, y no siempre bien, con un manojo de sofisticados aparatos trucadores, Lang lo hizo de manera insuperable con insuperable simplicidad.
Los cortes sufridos por el filme, el happy end impuesto por la casa y las interferencias que sufrió hicieron a Lang insufrible el recuerdo de esta obra suya. Pero en sus últimos años cambió de opinión y llegó a aceptar el odiado final impuesto, que tiene más miga que la de su aparente ingenuidad. El denso subsuelo de Moonfleet aprieta sobre este final convencional y lo empapa de una rara inquietud, que queda flotando.
Moonfleet es de esas películas que se devoran con tal transparencia que el espectador no cae en sus negruras y opacidades hasta después de la proyección, en la que ha estado embebido por la mágica y matemática fluencia de la aventura. Se contempla Moonfleet como se suspira. El lado inquietante sale a flote cuando el suspiro ha pasado y se recapacita sobre sus oscuras resonancias, que quedan en. la memoria y tiñen el celuloide con los colores secretos del celuloide soñado.
En este filme de encargo Lang introdujo algunas de las cuestiones mayores de su insondable mundo: la ambigüedad tras la exactitud de sus imágenes; la verticalidad de su visión geométrica de la aventura humana; la imprecisión de límites entre sus enunciados visuales del Mal y del Bien; el puente de perturbadora familiaridad entre lo angélico y lo maléfico.
Todo esto, y mucho más, discurre sobre secuencias fascinadoras, engarzadas por un ritmo calmoso pero lleno de trepidación interior, que salta de composiciones de exquisita sensibilidad pictórica, de tal manera que cada plano es un acto y cada acto una gloria de la inventiva, una sucesión de Joyas de cine puro, no contaminado, clásico.
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