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Crítica:

Tonadillero

Concierto de Joan Manuel Serrat

Con Pedro Martín, teclados; Francesc Ribassa, batería; Albert Cubero, guitarra; Jordi Clua, bajo, y Ricard Miralles, piano.

Plaza de toros de Las Ventas. Madrid, 4 de septiembre.

Con todas las orejas cortadas ya desde el mismo inicio, entregadas con pasión por un público devoto y entusiasta, Joan Manuel Serrat realizó un triunfal recorrido por sus canciones en la plaza de toros madrileña.El cantautor catalán comenzó definiéndose a sí mismo (Cada loco con su tema) y finalizó definiendo al público que acude a verle (Detrás está la gente), un tema con el que establece una comunicación inmediata, eficaz y total.

A menudo ha afirmado Joan Manuel Serrat su interés por la tonadilla, el más egregio de los géneros musicales auténticamente nuestros, y su admiración por las tonadilleras; la verdad es que bastante de ello hay en su obra, y bastante hubo también en su recital del viernes en Las Ventas, por mucho que entre Serrat y los clásicos medie la distancia histórica y cultural que va del automóvil al carro.

Como los tonadilleros, es Serrat un mocete del pueblo -que el tiempo ha convertido en un colega del barrio, del curro o del aula- que por sus propios valores de artista ha superado su origen pero sigue siendo fiel a él; que dice desde un escenario y sin tapujos las cosas que cada uno encuentra tan difícil expresar en la vida diaria y gris. Y que, además, lo dice en verso. Es un modelo al que resulta gratificante parecerse, un sueño que no parece difícil de alcanzar.

Pero no es sólo en este aspecto de paradigma en lo que Serrat se acerca a la tonadilla; también hay en sus canciones rasgos sustanciales que los emparentan.

También él es, como los mejores tonadilleros, un contador de historias, un creador de sentimientos a través de terceros personajes interpuestos, aunque la Reina Mercedes de Serrat se llame Curro el Palmo.

Hay, además, una tercera característica de honda raigrambre tonadillera en las canciones de Joan Manuel Serrat: el punto de vista moral desde el que se expresa y que resume una actitud de principios ante la vida que comparte con el público.

Una moralidad bien distinta de la tradicional, que recupera la mejor enseñanza de la canción española de los años cuarenta y cincuenta: esa ambigüedad moral e ideológica contraria al sistema, esa crítica social que subyació soterrada bajo el peso de la censura y que hoy asume Joan Manuel Serrat desde la libertad y la madurez.

Se relaciona Serrat con el público con tal naturalidad que no puede ser fingida, sino natural y veraz, y los espectadores se entregan con tal intensidad que la identificación ha de ser profunda y sentida. Es éste un estado de comunicación que muy pocos artistas alcanzan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de septiembre de 1987

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