La pasión del látigo
ENVIADO ESPECIALLa heterodoxia algo indiferente el exterior a que ha llegado la nueva danza francesa encuentra en Saporta un soporte intelectual. Es la densidad que debe poseer toda, bebida que pretenda entenderse con denominación de origen.La nueva danza francesa es un cuño que, como tal, ha comportado hallazgos de marca y decepciones a manta. Karine Saporta, en estos años de corriente masiva, ha sabido navegar a su aire produciendo el fermento articular de su bouquet. La crítica francesa, que suele ser la inondicional, no fue unánime con une passión. Y esto es lo mejor que le ha sucedido a esta creación que relata el ritual de castigo en una pareja que vive atada por la sensualidad, encerrada en acto erotómano.Una mujer vestida como una maniquí de Jean Patou de la época del glamour y un japonés travestido en estricta gobernanta, ambos con la cara blanqueada y los labios rojísimos, dan comienzo a una misa casi negra. En escena, una ara envuelta como una escultura de Cristo. De las cuerdas del atado, dos largos cabos tienden a los bailarines. Unos platos blancos, como patenas litúrgicas, son usados para beber saque o como monedas de cambio en el forcejeo del sexo.
Une passion
Karine Saporta / Huges de Courson; vestuario: Laurence Perguy, bailarines: James Razafimantsoa y Marceline Lartigue. Teatro Zorrilla. Valladolid, 13 de mayo.
Poseídas, las dos mujeres copulan espasmódicamente. El tempo de la partitura bachiana es llevado como un baile histérico hasta llegar a la coda, donde el sonido electrónico entra en las notas barrocas intercalándose sibilinamente hasta formar una suspensión homogénea que discurre paralelamente a esa lógica el movimiento que Saporta establece muy cerca de la catatonia. A veces la estética del espectáculo es más fuerte que la danza. Razafimantsoa y Lartigue, amplios conocedores de la poética de la coreógrafa, bordan esa unión entre infernal y divina basada en la carne, pero degustada través de una teatralidad perversa. Une passión es un gran reserva de cosecha limitada que todo enólogo de la danza que se precie debe catar, pues produce la embriaguez tan fuerte como inédita.
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