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Tribuna:UN EPISODIO DE LA CULTURA DE MASAS

Muerte y resurrección del planeamiento urbano

ORIOL BOHIGASEn la cultura de masas, las simples reflexiones degeneran a menudo en eslóganes rutilantes. Un intento de revisión crítica de la cultura y una modificación de la línea vigente pasan a ser interpretados como contestaciones radicales y acaban reducidos a simples eslóganes que adquieren en seguida un poder publicitario. Bajo este poder publicitario se aglutinan los recién llegados, que tiran por la borda lo que hasta entonces se llevaba y entronizan un nuevo credo, ya con intereses e intenciones muy distantes, lejos de los principios críticos de la reflexión originaria y a menudo ansiosos de una pesca en río revuelto. El autor se plantea en este artículo la cuestión en el ámbito de la arquitectura y el urbanismo.

En un reciente editorial de la revista Casabella, Vittorio Gregotti analiza el problema en el campo de la arquitectura y el urbanismo: "Detrás de los principios del funcionalismo moderno se infiltró el economicismo más torvo, detrás de la sacrosanta defensa de los bienes culturales se están alineando algunos de los reaccionarios más cerrados, detrás de la crítica de lo moderno y de la reflexión sobre la noción de historia y tradición se han agrupado con gran confusión los diversos neoconservadores de la cultura posmoderna".El último episodio ha aparecido con la discusión sobre los instrumentos de control urbano. Estos últimos años hemos sido muchos los que, en la teoría y en la práctica, hemos lanzado críticas hirientes contra los planes urbanísticos, su abstracción cuantitativa, el papel decisivo que adquiría en ellos la normativa y las fórmulas legales y de gestión por encima de las definiciones de forma y contenido y de las decisiones puntuales, por encima de los proyectos urbanos, por encima del valor arquitectónico de la ciudad. Los grandes errores de las ciudades europeas en su último período expansivo no se deben sólo a la mala administración y al predominio de lo especulativo en un capitalismo corrupto, sino también a los métodos y objetivos de la propia disciplina urbanística. Que, por ejemplo, en nuestras ciudades la universidad, los hospitales y las iglesias, entidades supuestamente no especulativas, hayan usado el suelo peor que la mayor parte de sociedades inmobiliarias hace pensar que hay alguna enfermedad interna y que hay que controlar la ciudad con instrumentos más inmediatos y más reales que la retahila interminable de planes generales, normas subsidiarias, planes parciales y especiales, estudios de detalle, siempre según un falso proceso deductivo en el que la primera afirmación global es utópica o equivocada.

En las ráfagas polémicas hemos llegado a decir que convenía incluso desplanificar nuestras ciudades, ante la inutilidad de las eternas e irrealizables afectaciones que el plan había impuesto y que han acabado degradando la realidad social. La muerte del urbanismo era como un grito de alerta, exagerado y beligerante.

Pura estética

Como era de esperar, alrededor de estas reflexiones, convertidas en eslóganes salvadores, han empezado a burbujear los antiguos enemigos de la planificación. Han vuelto a aparecer las propuestas reaccionarias en favor de una ciudad sin plan, defendiendo así una visión particularista e individualizada, sin objetivos colectivos y, por tanto, sin programación política y, en el fondo, en apoyo de una política neoespeculativa. Es decir, una propuesta contraria al espíritu que motivó aquellas reflexiones y aquellas críticas al planeamiento, considerado como un instrumento insuficiente. No se trataba de proponer una ciudad incontrolada, sino una ciudad más controlada con instrumentos más eficaces: por un lado, una definición más política, más comprometida a los contenidos, y por otro, unas precisiones formales que determinasen su proceso de ejecución. Es decir, se trataba de transformar el sistema inoperante de la planificación en otro sistema en el que se diera la adecuada importancia a tres factores escasamente considerados: las ideas políticas sobre la ciudad, la factibilidad de las operaciones y la concreción proyectual de sus edificios y sus espacios públicos.Gregotti, en el editorial mencionado, arremete contra los nuevos enemigos del plan, al tiempo que reconoce los términos críticos que hay que imponer a la planificación: "Que los objetivos se hayan hecho más complejos y articulados no significa que no deban ser definidos; que las situaciones específicas deban ser consideradas con mayor atención no significa reducir cada intervención a un puro empirismo sin principios ni criterios generales; que las nociones de estándar y de norma se hayan convertido en números que han perdido su significado originario, que se tengan que reexaminar a partir de la condición específica y no de los abstractos sistemas tardoneopositivistas no quiere decir que no deban reencontrarse esas nociones y potenciar en la elaboración del plan su originario papel cívico y cualitativo. Que los sistemas de análisis hayan constituido a menudo un pesado y abstracto bagaje separado de las decisiones del plan quiere decir que hay que conducirlas de una manera más cuidadosa y profunda, no que sean inútiles. Que sea necesario atender al proyecto específico como contribución activa al plan no autoriza ni el imperio de la pura estética ni la idea de que la iniciativa puntual sea un valor aceptable sin un confrontamiento global".

Quizá Gregotti se muestre excesivamente alarmado con ese asesinato del planeamiento porque, desgraciadamente, muchas de esas reflexiones críticas todavía no han alcanzado a los sectores culturalmente desplazados: profesores de urbanismo anquilosados, políticos y ancianos demagogos de una izquierda que no encuentra lugar, y profesionales que se empeñan en mantener un despotismo escasamente ilustrado con generalizaciones abstractas siguen aún adheridos a las viejas tesis de un planeamiento cuantitativo y simplemente normativo. Y algún alcalde utiliza todavía la aventura del gran planeamiento como una excusa para no atender inmediatamente al problema de los pavimentos, el arbolado, los asentamientos peatonales, los albañiles o los servicios y equipamientos. Pero es útil que críticos conspicuos como Gregotti empiecen a reclamar una resurrección del planeamiento aunque sea entre políticos y profesionales, culturalmente evolucionados y sensibles a los efectos de los nuevos eslóganes.

La falta de referencia a las premisas políticas del urbanismo sería una mayor objeción a texto de Gregotti, aunque quizá se pueda explicar por la especial situación italiana en la que la estructura de partidos no incita a grandes diferencias de ideología urbanística, sobre todo cuando se pasa un período de escasas realizaciones, lo cual concentra la unanimidad en unos cuantos problemas evidentes y urgentes. Pero en el mismo número de Casabella hay un artículo de Bernardo Secchi sobre la ciudad de Estocolmo que apoya la tesis de las premisas políticas en el planning.

Estocolmo fue el gran modelo urbanístico de los años cincuenta. Las ciudades satélites de Vallingby y Farsta eran las mejores referencias de la planificación moderna. Pero, pronto aparecieron las reflexiones críticas sobre aquel tipo de planeamiento -ante los desastres de las realizaciones masivas que han destruido los nuevos centros urbanos y han creado las peores periferias de Europa- y se generalizaron como eslóganes, según los cuales todo el urbanismo moderno comportaba los desastres de una mala o una imposible interpretación de la Carta de Atenas, con sus derivaciones honestas y deshonestas. Pero hoy se puede comprobar que no todo aquel urbanismo merecía estar en el mismo saco. Por ejemplo, en Estocolmo, el centro y la periferia son estructuras físicas y sociales que admiten hoy, mejor que muchas otras ciudades europeas, una eficaz reconversión formal. Vallingby y Farsta no se pueden comparar a Bellvitge, Marne La Vallée, Entrevías o los nuevos barrios de la reconstrucción alemana. El nuevo urbanismo -el acento proyectual en los instrumentos de control urbano- actúa allí mejor que en los caos de la periferia de Barcelona, París, Madrid o Franfurt.

Ejemplo insólito

¿Por qué? Sin duda porque el continuado esfuerzo de planificación en Estocolmo -la representación física de una política económica inspirada en los principios de la economía del bienestar- y las bases teóricas que lo apoyaron respondían a una firme ideología política y a la posibilidad de utilizar unos instrumentos que los sucesivos Gobiernos suecos habían estructurado: propiedad pública del suelo, bajos costes de la vivienda, elevados estándares residenciales, alto nivel de participación, soluciones urbanísticas avanzadas, legislación progresiva, etcétera.Es decir, lo que hace de Estocolmo un ejemplo positivo relativamente insólito en el período optimista del planeamiento es una actitud política que posibilitaba la realización a corto plazo de los objetivos del webfare state. Decidir e instrumentar la propiedad pública de la mayor parte del suelo urbanizable es, por ejemplo, una decisión política sin la cual el urbanismo de Estocolmo y sus ciudades satélites hubiera sido muy distinto.

Cuando ha aparecido la crisis del webfare state y -con mayor o menor relación con ella- la de aquel urbanismo se ha visto que las permanencias más consistentes han sido los aciertos en los objetivos políticos, y por esta razón, como afirma Secchi, Estocolmo -quizá junto a Amsterdam- es en Europa la ciudad que mejor representa las instancias del movimiento moderno o, al menos, del urbanismo moderno. "Y por esta razón también, hoy, en Estocolmo, la atención de los urbanistas y de los arquitectos sobre temas de la ciudad física no es un movimiento de oposición a los principios del movimiento moderno y a las técnicas urbanísticas conseguidas; no ha comportado el abandono de los criterios consolidados en la construcción del proyecto urbanístico y de sus articulaciones, como se pretende que ocurra a menudo en otras partes de Europa, donde los mismos temas se presentan de manera menos completa y más equívoca". Es decir, donde el nuevo urbanismo tiene que luchar contra una previa ausencia de planeamiento eficaz.

Que las reflexiones críticas sobre el planeamiento no sean un esfuerzo de aniquilamiento, sino de perfección. Que la transformación de los instrumentos de control urbano sirva para definir nuevas relaciones más operativas entre análisis y proyecto, urbanismo y arquitectura, diseño y normativa. Y que con ello no olvidemos que un factor básico del planeamiento es la atribución de un objetivo político en la definición del

futuro de la ciudad.

Oriol Bohigas es arquitecto y presidente de la Fundación Joan Miró.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 4 de noviembre de 1986