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Tribuna:LECTURAS DE VERANO

La noche de Otulum / 1

Rafael Argullol, nacido en Barcelona en 1949, es profesor de Estética y escritor. Ha publicado, entre otras cosas, la novela corta Lampedusa, el libro de poemas Disturbios del conocimiento y el ensayo El héroe y el único. La noche de Otulum nos narra un viaje a una región mexicana exótica y misteriosa, en la que reina la sombra de una visión llena de belleza y horror.

Cuando llegué al supuesto aeródromo de San Cristóbal no vi ningún avión, ninguna avioneta, ningún artilugio que tuviera la apariencia de volar. Eran la seis de la mañana y el primer sol caía opaco, pesadamente, sobre una explanada interminable presidida por dos o tres desvencijadas construcciones de uralita. A lo lejos, como chirridos infernales, se oían los desagradables cantos de los gallos. Pensé que era un pésimo inicio: me escocían los ojos, había dormido poco y mal, no había desayunado el imprescindible café matutino y además probablemente había sido estafado. En realidad no tenía ningún billete de los que pueden ser considerados normales en el mundo, sino sólo un papelucho en el que un malhumorado gordinflón me había estampado un sello la tarde anterior. Con él -me aseguró cansinamente- podría tomar el avión que me llevaría a Otulum. Pero no debía retrasarme -me amenazó con cierto entusiasmo-, pues las plazas eran rigurosamente limitadas y los aspirantes todavía inciertos.Tras permanecer un rato oteando maquinalmente el horizonte decidí indagar en las silenciosas casuchas. En la primera no había nadie ni nada, a excepción del penetrante olor a moho que supuraba la uralita. Sin mucha convicción entré en la segunda y distinguí la cabeza oscura de un muchacho apoyada en una mesa de escritorio junto a un teléfono también oscuro. Después de provocar diversos ruidos, dos grandes ojos somnolientos se alzaron hacia mí.

-Espero el avión de las seis -dije con conciencia de decir algo grotesco.

El muchacho indio me miró asombrado, sin que yo adivinara si el motivo de su asombro residía en mi afirmación o sencillamente en mi sola presencia. Busqué palabras más ajustadas.

-¿Sabes a qué hora sale el avión para -Otulum?

Hizo un gesto vago con las manos:

-Don Enrique no llegó ... -contestó ambiguamente.

-¿Te refieres al piloto?

-No llegó...

Se mantuvo callado, tal vez a la expectativa de reanudar su sueño:

-¿Dónde podría tomar un café?

-Aquí no se puede, señor.

EL AVIÓN

Salí de nuevo al exterior. La luz era más hiriente que antes y el calor empezaba a dejar sentir su agobio. Deambulé por la explanada con la duda de retornar a la ciudad para pedir explicaciones al gordo de la oficina turística. Era demasiado pronto para pensar en ello y opté por sentarme en un oxidado taburete con la intención de fumar un cigarrillo. Mientras lo hacía, mi atención se fijó torpemente en las páginas amarillentas de un periódico deportivo atrapado bajo una tabla de madera. El árbitro de un combate de pesos mosca había cometido un error descomunal al descalificar al más noble de los púgiles. Estuve a punto de levantar el madero para continuar con la lectura de la crónica cuando de pronto recordé la visión del teléfono oscuro y me encaminé otra vez hacia la casucha.

-¿Por qué no lo llamas por teléfono?

El muchacho, medio dormido todavía, pareció asustarse.

-A don Enrique -insistí¿Tienes el número de su casa?

Sí.

-¿Pues por qué no le llamas? -Porque no está en su casa.

-Y entonces, ¿dónde está?

-En otra casa.

-¿Y también tienes el número de esta otra casa?

-Sí.

-Bien, pues telefonéale allí.

-No puedo.

-¿Por qué no puedes?

-Porque no es su casa.

Estaba impacientándome, pero me contuve al observar la expresión del muchacho. Parecía apesadumbrado, como si de un momento a otro pudiera estallar en sollozos. Cambié de táctica:

-Oye, y el avión ¿dónde está?

Esta pregunta le gustó y los ojos se le iluminaron alegremente.

-Ah, el avión está en el depósito. ¿Quiere verlo?

Asentí con la incomprensible sensación de que el asunto se estaba aclarando. Seguí a mi guía hasta un edificio, tan escuálido como los otros dos que ya había visitado, pero más grande. Abrimos entre ambos la puerta corrediza y apareció una minúscula avioneta que probablemente no sobrepasaba los tres metros de largo. Su estado era lamentable, con diversas abolladuras, la hélice medio corroída y una de las ruedas pinchada. Me pareció tan absurdo que aquel fósil pudiera volar que me eché a reír. El muchacho también se rió antes de informarme con toda seriedad:

-De mayor yo también seré piloto. Muchas veces don Enrique me lleva con él.

A continuación empezó una detallada descripción de los muchos recursos del vetusto monstruo y de las mil hazañas aéreas que había emprendido.

EL COMANDANTE FLORES

Cerca de las nueve, un automóvil entró autoritariamente en la explanada y tras levantar una vistosa nube de polvo se detuvo ante el depósito. Descendió de él un hombre delgado y de mediana edad, con el cabello de color azabache, todavía húmedo e ímpecablemente peinado. Sus ojos, negros y penetrantes, brillaban tanto como sus dientes.

-¿Algún mensaje para mí, Julián? -preguntó velozmente.

-El señor le está esperando para ir a Otulum.

Entró sin mirarme en la casucha de la mesa y el teléfono seguido por el muchacho indio. Tras unos n-únutos volvió a salir y se acercó a mí.

-Soy el comandante Enrique Flores -dijo con naturalidadDiscúlpeme por el retraso, pero he tenido mucho que hacer.

Pensé que al menos habría tomado café y le alargué el papelucho de la oficina turística.

-No hace falta, guárdelo usted mismo. ¿Podría ayudarme? Vamos a salir inmediatamente.

Flanqueados por Julián, nos íntrodujimos en el depósito y empujarnos la avioneta una veintena de metros hacia el centro de la explanada. Luego, siguiendo las indicaciones del piloto, orientamos la quilla hacia levante.

-Conviene cortar el viento en el despegue -alegó neutralmente don Enrique.

Animado por esta confidencia, le señalé la rueda deshinchada.

-No se preocupe. Eso no tiene la menor importancia -dijo con seguridad- Cuando quiera.

Julián sonrió y me vi obligado a subir la breve escalerilla que había tendido debajo de la portezuela. Tiré mi bolsa de mano al fondo de la cabina y me acomodé como pude en uno de los raídos asientos. Por la otra puerta entró el piloto e inmediatamente me sugirió que me sentara a su lado para conservar mejor el equilibrio.

-Si llama quien tú ya sabes dile que volveré mañana -gritó al muchacho a modo de despedida.

Vuelto hacia mí, sin que yo le pidiera ninguna explicación, me aclaró:

-Estoy en una delicada situación amorosa, y Julián es el mejor guardián de mi secreto.

Puso el motor en marcha y el aparato retumbó sórdidamente. Busqué con disimulo el cinturón de seguridad hasta que mi acompañante me aseguró que no lo había ni hacía ninguna falta. A través del sucio cristal podía observar a Julián haciendo ademanes con una señal de madera como si efectivamente emprendiéramos una delicada maniobra. Por fin la avioneta comenzó a avanzar dando bruscos saltos al contacto con el suelo. A medida que aumentaba su velocidad parecía más evidente que cualquier ráfaga de viento era suficiente para estrellarla contra la polvorienta pista. Sin embargo, contra mis previsiones, el frágil armazón fue elevándose dando tumbos en el aire hasta dejar a nuestras espaldas la mancha parduzca de la explanada.

-Usted no lo creía, ¿verdad? -dijo el piloto con viva satisfacción.

Sonreí educadamente y me apresté a observar los paisajes vacilantes que se sucedían a nuestro alrededor. Pronto la vegetación se hizo suficientemente densa para que la tierra desapareciera de nuestra vista. Volábamos tan bajos que a cada momento,creía oír el roce de los árboles con el acero. De cuando en cuando, al aparecer ante nosotros alguna. colina, la avioneta remontaba el vuelo para, acto seguido, descender otra vez a. su altura anterior. Sólo en los primeros veinte minutos guardó silencio el piloto, medianamente concentrado en su tarea. Luego, tras bostezar y agitarse nerviosamente, me empezó a mostrar puntos irreconocibles en el laberinto verde de la selva.

-No sé si -odio o ame, este lugar -advirtió-, pero lo cierto es que siempre me produce una extraña atracción.

-¿Ha nacido en esta región? aventuré.

-No, en el Distrito Federal. Vine aquí casi por casualidad. He pensado muchas veces en marcharme, pero cada vez que me lo-propongo acabo abandonando la idea.

CONFIDENCIAS

Acto seguido volcó sobre mi un alud de confidencias. Había estado en el Ejército varios años como piloto militar. Luego, a causa de ciertos negocios, se instaló en Chiapas. Sus actividades mercantiles, prósperas al principio, sufrieron un paulatino colapso y también algo parecido sucedió con su matrimonio. Estos reveses de la vida le habían obligado a buscar un traba o semiclandestino -de que yo estaba cerciorándome en aquel inomento- y una amante clandestina por completo. Reía con facilidad, gesticulaba mucho y, lo que era peor, abandonaba frecuentemente los, mandos para realizar con mayor libertad curiosos aspavientos. Cuando le pregunté por Otulum su expresión se tomó seria y circunspecta. Me miró solemnemente:

-Toda esta región es misteriosa. Por eso no puedo escapar de aquí.

Esperaba que continuara con su fogosidad anterior, mas guardó silencio como si estuviera ensimismado en íntimas ensoñaciones metafisicas. No pude averiguarlo porque tras unos instantes, desentendiéndose ya totalmente de su labor, se puso a hurgar en la guantera. La avioneta era como un insecto zumbando entre plantas gigantescas. Sin embargo, por alguna absurda razón, aquel loco me inspiraba confianza. Por ello, cuando lo vi blandiendo triunfalmente una petaca acepté inmediatamente su invitación.

-Es bourbon del mejor. Ya verá -aseguró.

Bebí un largo trago que deseen dió como lava a mi estómago va cío. Mi compañero engulló con avidez dos o tres sorbos y también yo, contagiado por sus suspiros de satisfacción, repetí la operación. En aquellas circunstancias quedaba claro que si era necesario llamar a las puertas del infierno era mejor hacerlo alegremente.

-¿Qué le parece? -preguntó.

-Excelente -respondí cada vez más convencido de estar en el inr.iás admirable de los mundos.

TABERNA VOLADORA

Flores sacó no sé de dónde un par de puros, y el resto del viaje transcurrió en lo que asemejaba ser una taberna voladora. Aún ahora estoy convencido de que mi anfritrión se equivocó de rumbo y luego rectificó su error, pues la duración del trayecto pasó de los 30 minutos previstos a cerca de tina hora. Yo dudaba del combustible y sentía una morbosa curiosidad ante el aterrizaje. Por eso no presté mucha atención a la brusca presencia de las pirámides esparcidas en la selva.

-Aquel es el Templo de las Inscripciones -señaló con el dedo el piloto.

Era sin duda hermoso el espectáculo de aquellas ciclópeas estructuras grisáceas atrapadas por la espesura de los cedros, pero me resultaba todavía más fascinante atender a las habilidades de un borracho que intentaba retornar a tierra firme. Bebimos el resto del Whisky contenido en la petaca y Flores, con el cigarro incrustado entre los labios, irguió la cabeza con súbita profesionalidad. El aparato vaciló con rudeza enfilando el único espacio abierto entre la vegetación. A medida que descendíamos, la cabina temblaba furiosamente -sumida en un aleteo agónico. Pero el contacto con el suelo fue asombrosamente suave, teniendo en cuenta la condición de los neumáticos, y sólo en el frenado, final la avioneta padeció un ligero giro. Ante mi mirada escéptica, Flores sonrió y me dio una palmada en el hombro.

-Le recomiendo el hotel Tulij a. Yo siempre voy allí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de agosto de 1986