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Tribuna:EN LA MUERTE DEL DOCTOR GONZÁLEZ DUARTE

Un maestro de la cirugía

El doctor Plácido González Duarte falleció el pasado jueves en Madrid a los 88 años. Ilustre cirujano, estudió el bachillerato en el instituto San Isidro de Madrid y en la facultad de Medicina de Madrid. Fue discípulo de los doctores León Cardenal, Ramón y Cajal, Madinabeitia y Olivares. Su brillante carrera se inició como médico de la familia de la Real Casa en 1923 y continuó después en los hospitales de la Beneficencia del Estado, desde 1924, de la Beneficencia Municipal, desde 1927, y del Patronato Nacional Antituberculoso, desde 1932.

El doctor Duarte ha sido un hombre totalizador. Quiso -y consiguié- vivir plenamente la integridad de lo que la existencia le ofrecía. Cuando, con ocasión de su jubilación, Xavíer Zubiri escribió para él unas magistrales palabras de introducción a los actos científicos que tuvieron lugar, resaltó esa capacidad del doctor Duarte al afirmar que "la inteligencia es como la reafidad- No se agota en aquéllo en que cada cosa consiste, sino que se mide por la anchurosidad con que abarca todo lo que periféricamente rodea cada una de las cosas reales. La inteligencia se mensura con la realidad en este plenario sentido. Duarte, desbordando los límites precisos de su especialidad, vive periférica pero realmente la plenitud de la mente humana".Fue además, permítaseme el pequeño juego de palabras, una intehgencia operante, y como tal hubo de practicar la cirugía en su totalidad. Los que vivimos tan de cerca su actividad quirúrgica solíamos decir que Plácido era el último gran cirujano general. Toda afirmación maximalista conlleva un cierto grado de error, pero caben pocas dudas que, aun sin olvidar otras grandes figuras de la cirugía contemporánea nacional, fue Duarte un exponente muy señero, de la evolución de la cirugía moderna, del transcurso entre la cirugía-oficio (lo que él llamaba trabajo del operador) y la cirugía como disciplina científica: la labor del verdadero cirujano, el que sabe lo que hace y por qué lo hace. Es decir, un médico que sabe operar, como recordaba Laín Entralgo hace pocas semanas. Pero no es sólo eso; fue también maestro lúcido en guiar la especialización, no tanto para él mismo -cuyo temperamento y facultades le permitieron no abandonar jamás del todo parcela alguna de la cirugía-, sino para los que somos sus discípulos y que de una manera u otra hemos insistido con mayor o menor ahínco en cualquier apartado de la cirugía. Esa cualidad de hacerse cargo de la situación le invitaba y le permitía conocer con la mayor objetividad la realidad del hombre enferino, del proceso que causa el trastorno, acercarse a los tejidos alterados, observarlos, tocarlos, explorarlos y, cuando era preciso -y qué difícil es saber ,cuándo es preciso-, extirpar la parte enferma, reconstruir el desorden. Pocos maestros como él enseñaron a un grupo de estudiantes (escaso, desgraciada e injustamente) la exploración cuidadosa del abdomen, y muy pocos cirujanos conseguían en aquellos años sus campos quirúrgicos tan amplios y accesibles en los que operar era coser y cantar.

A estas cualidades de cirujano eniinente y moderno (en el más justo significado de la palabra) y de maestro por vocación, vocación restringida por circunstancias adversas que impidieron la formación de una escuela numerosa y fructífera, creo que deben añadirse algunas otras que perfilan tan singularísima persona. Trabajador infatigable, capaz de rendir a cuantos intentaban seguirle, jamás rehusó comenzar una intervención, sea cual fuera la hora de la mañana o de la tarde. Como buen luchador creía en el esfuerzo, en el estudio y en el triunfo como corolario. El triunfo lo consiguió plena y justamente. Amaba la vida y la vivió con la mayor fruición, pero sobre todo arnó su profesión, su oficio de cirujano. Disfrutaba reafizándolo de una manera increíble.

El doctor Duarte fue también un hombre de gran interés por la cultura. Amaba la poesía, la pintura (pinté y dibujé bastante y muy bien) y también le gustaba la música (especialmente Beethoven). Se interesó por la filosofia (cursos de X. Zubiri, conferencias de Pedro Laín, Juan Rof, etcétera). Lector de Platán y Bergson, poseía un mundo de ideas sólido que hace sólo pocas semanas, ya muy enfermo, expuso a varios aníigos con gran lucidez, cuando ya le faltaba incluso la fuerza de la voz.

Fue muy fiel a la aniÍstad. Nunca toleró la crítica mordaz, e incluso la trivial e intrascendente le irritaba. Trató a lo mejor de su época y fue correspondido. Los que le conocimos le tuvimos siempre adn-úración, cariño y respeto (obtener respeto -no apartar la mirada- es difícil cuando ello no está matizado por el temor). Por eso tuvo autoridad y todos le amamos profundamente.

Su esposa, Montsie, nos dejó hace algo más de dos años. Su pérdida fue para él un golpe definitivo del que no pudo reponerse. También fue una mujer excepcional. Descansen ambos en paz, pero nosotros no podremos olvidarlos.

Alfonso Orueta es profesor de la universidad Autónoma de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de junio de 1986