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Crítica:CINE

Comienzo de un cineasta

El anillo de niebla es la primera película larga de Gómez Olea, y esta condición primeriza se le nota mucho. El filme está lleno de faltas de ortografía fílmica, que obstaculizan con muchas y reiteradas torpezas e imprecisiones la aparición de un estilo de narrar o de poetizar con imágenes, de ese indicio de que hay detrás de éstas la mano de un cineasta. Y éste sólo surge en algunas secuencias del comienzo del filme y en la zona final de éste.Gómez Olea y García del Vall, pierden un tiempo precioso en los arranques del filme. El espectador comienza a enterarse de qué va éste cuando tiene llena su mirada de interminables minutos malgastados en imágenes con deficiente elaboración formal, que dispersan los hilos de atención y que no proporcionan los datos para entender qué ocurre y menos aún qué va a ocurrir, ese misterioso umbral que hay en toda imagen fílmica lograda que la carga de aliento premonitorio, de antecedente de la que le sigue en el discurso cinematográfico.

El anillo de niebla

Director: Antonio Gómez Olea. Guión: A. García del Vall. Fotografía: G. Valbuena. Española, 1985. Intérpretes: Sally Sitton, Mercedes Sampietro, Beatriz Galbó. Estreno en Madrid: cine Bulevar.

Al escatimarle al espectador signos vertebrales y sentido de la inminencia, y dárselos, cuando se los da, de manera embarullada, director y guionista desorientan al espectador y, al desorientarle, le impiden frente a las imágenes ser libre, soltar su imaginación.

Muy a destiempo, comenzamos a enterarnos de que el filme nos esta ofreciendo, en forma de rompecabezas, el entramado de una investigación efectuada cara a cara por una mujer-médico-investigadora y una computadora q e procesa tal entramado. Este cara a cara no está narrado por Gómez Olea, que se limita a fotografiarlo a través de un archirrepetido juego de plano-contraplano, en el que se ha eximido de hacer montaje e indagar con la cámara dentro de esos planos y contraplanos, considerados como signos y como metáforas.

El director ofrece ese careo entre mujer y computadora en bruto, sin hacer esfuerzo por seleccionar en él qué hay de inerte y qué de significativo, de separar oro y ganga, es decir, sin indagar en su interior, en un alarde de pasividad de la puesta en escena, que así se convierte en falta de ella. Y el espectador, que llegó desorientado al careo entre mujer y máquina, se desorienta más y más a medida que éste avanza.

Sólo cuando este dúo entre máquina y mujer deja paso a la zona final del apunte de historia -un intenso relato de error- comenzamos a ver cine en El anillo de niebla, pues hasta esa media hora final, sólo hemos visto algunas, muy pocas, aproximaciones balbucientes a él.

Basta esta media hora final para descubrir que hay en Gómez Olea un cineasta. Sin ser de extraordinaria calidad, hay en estas secuencias suficiente tensión narrativa y poética para hablar de indicios seguros de que el director de esta mala película, si algún día tiene entre manos un guión serio y un presupuesto adecuado a él -este filme ha costado la ridiculez de 8 millones de pesetas, aproximadamente una décima parte del coste de un filme medio español-, podrá con toda seguridad hacer cine e incluso cine insólito, personal. Por ahora hay que decir que lo ha hecho sólo en buenas y arriesgadas ráfagas, arropadas todavía por los pañales de la inexperiencia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de noviembre de 1985

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