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Una neutralidad forzada y provechosa

Finlandia busca en su peculiar relación con la URSS la salvaguardia de su democracia

Finlandia -337.000 kilómetros cuadrados, 4,8 millones de habitantes-, con un sistema de vida occidental conforme a los patrones nórdicos, tiene ' una vecindad con la URSS, con la que comparte una frontera de 1.211) kilómetros, que condiciona su política exterior. Finlandia, que se independizó de Rusia en los albores de la revolución bolchevique y que mantuvo durante la segunda contienda mundial dos guerras con la URSS, intenta ahora evitar el mínimo roce con Moscú. Un enviado especial de EL PAÍS acaba de visitar el país nórdico.

La historia finlandesa, íntimamente relacionada con la rusa, ha enseñado a este pueblo -hoy nórdico, pero antaño ribereño del curso medio del Volga, excepción hecha de la minoría de origen sueco- a mantener una cauta relación con su poderoso vecino del Este. Esta relación, en ocasiones vituperada desde el Oeste, ha permitido a Finlandia ser el único país fronterizo con la URSS con un sistema impecablemente democrático de corte occidental.Si la situación de cada país es fruto de su historia, en Finlandia es más evidente el aforismo. Cogida por la pinza de las dos grandes potencias vecinas -Suecia y el Imperio ruso-, Finlandia fue hasta principios del siglo XIX una dependencia de la Corona sueca y, desde 1809 hasta 1917, un gran ducado del Imperio ruso. Finlandia tenía una gran autonomía con respecto a los zares, y la caída del Imperio ruso fue el momento que aprovecharon los nacionalistas finlandeses para proclamar en diciembre de 1917 la independencia.

Fue a partir de entonces cuando comenzaron los problemas de los finlandeses con sus vecinos. Primero, en enero de 1918, una guerra civil de tres meses entre rojos y blancos. La derrota de los revolucionarios abrió el camino a un largo período de antisovietismo y a dos décadas turbulentas. Luego, dos nuevas guerras: la de 1939-1940, llamada guerra de Invierno, y la de 1941-1944, o guerra de Continuación, saldadas con sendas derrotas. Tras el armisticio, un país devastado, la entrega a la URSS de un 10% del territorio y el pago a Moscú de onerosas compensaciones.

Nace entonces la Finlandia que hoy conocemos. El país ve limitadas sus fuerzas armadas por el Tratado de Paz de París de 1947 (no puede superar los 41.900 hombres, debidamente contingentados por armas, y no puede hacerse con determinadas armas ofensivas, como, por ejemplo, submarinos o bombarderos), y en 1948 suscribe con la URSS un tratado de amistad, cooperación y asistencia mutua que marca, como mínimo hasta el año 2003, los límites de la política exterior finlandesa.

Surge así la llamada línea Paasikivi, que toma su nombre del presidente conservador Juho K. Paasikivi, quien establece una política exterior basada en el tratado con la URSS, en la búsqueda de la, estabilidad en la Europa nórdica y en no intervenir en los conflictos de intereses entre las grandes potencias. Estos principios fueron desarrollados por el presidente centrista Urho Kekkonen, hasta el extremo de que tal directiz pasó a llamarse línea Paasikivi-Kekkonen. El actual jefe del Estado, el socialdemócrata Mauno Koivisto, también se mantiene fiel a esta política. Una de sus primeras decisiones de envergadura, en 1983, fue prolongar 20 años la vigencia del tratado de 1948.

Relaciones especiales

La sociedad finlandesa tiene asumida formalmente su especial relación con la URSS, y tanto políticos como empresarios y profesores son unánimes al manifestar que ésa es la política que conviene a Finlandia. "No fue fácil meter en la cabeza de los finlandeses la idea de unas relaciones privilegiadas con, y condicionadas por, la URSS", señala Raimo Väyrynen, profesor de Ciencias Políticas en la universidad de Helsinki, sin ninguna relación de parentesco con el ministro de Asuntos Exteriores, Paavo Väyrynen. "Lo pudo hacer Paasikivi porque era un político conservador, y las nuevas generaciones han crecido con esta idea", prosigue. "Los sondeos señalan que el 90% de la población piensa que la política exterior es la adecuada y que el tratado de 1948 sirve a los objetivos de Finlandia. Pero los más jóvenes tienen una actitud más crítica respecto al sistema de vida soviético, que ven gris y poco atractivo".

Es precisamente el extremado cuidado en no alterar al poderoso vecino del Este, guardándose muy bien de realizar manifestaciones o mantener actitudes que puedan disgustar en Moscú, lo que ha creado el término de finlandización, palabra maldita para los finlandeses con la que se pretende definir la acción encubierta y prolongada que lleva a la pérdida de la independencia en la política exterior.

La palabra, sin embargo, ha ido perdiendo fuerza desde que fue acuñada, a finales de los sesenta y principios de los setenta, por los ultraconservadores europeos y norteamericanos.

El interés por mostrar a la URSS que se es país amigo lleva a, Finlandia a pasar tragos moralmente tan discutibles como el devolver sistemáticamente a todo refugiado soviético que osa pedir asilo, o a callar ante la invasión soviética de Afganistán.

Esa credibilidad y esa neutralidad genera situaciones curiosas, como que el material de las Fuerzas de Defensa, nombre oficial de las fuerzas armadas, esté constituido en tercios prácticamente iguales por equipo soviético, occidental y nacional. Los inconvenientes de trabajar con cazas soviéticos y suecos, con carros de combate soviéticos, misiles soviéticos y norteamericanos, helicópteros norteamericanos, armas ligeras y barcos finlandeses, aviones de transporte holandeses, etcétera, tienen esta respuesta por parte del general Pertti Joniken, director general de Asuntos Militares del Ministerio de Defensa: "Como no sabemos de dónde va a venir el ataque, el tener diferentes equipos puede ser un factor de sorpresa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de agosto de 1985