Crítica:Los premios del festival de cineCrítica
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Las ideas nuevas son escasas

O. M. ENVIADO ESPECIAL, Cannes 85 ha sido un festival decepcionante por muchas razones: porque han escaseado las buenas películas; porque aún son más escasas las ideas nuevas o los nuevos cineastas interesantes; porque los viejos conceptos -estrella, autor, puesta en escena, etcétera- dan alarmantes signos de cansancio; porque cada vez es más evidente que el tinglado es demasiado grande, con excesiva gente, películas y palabras; porque el dominio francés que se pretende imponer como equivalente de dominio europeo es una falsedad que sólo conviene a franceses y estadounidenses; porque...

Se habla de crisis del cine casi desde su nacimiento. Méliès ya se refería a la célebre crisis, que se repitió antes de acabar los años diez. Luego, con la aparición del sonoro, la televisión, el vídeo doméstico, el tocadiscos, las segundas residencias, el pin-ball o las hamburgueserías, que todo vale para explicar por qué los cines no se llenan, está claro que quizá convenga hablar de transformación. Así, de la misma manera que están cambiando las formas de consumo de la imagen, también debería cambiar el festival de Cannes. Por ejemplo, hoy nadie puede creer seriamente que es más democrático porque admite en su seno más de 800 títulos. Los mecanismos que posee el certamen para privilegiar unas secciones en detrimento de otras son lo bastante conocidos como para que las inocentes proclamas de la igualdad de oportunidades no suenen a cínica justificación de la situación actual.

No hay escándalo

El resultado de esto es que ya no hay escándalos ni polémicas; que la propia enormidad del festival acaba con su validez corno plataforma publicitaria. Sólo sirve para los más poderosos. Eso sí, tienen que ser cuidadosos, no excederse. Por ejemplo, a Mishima, de Paul Schrader, no se le perdona que sea una película ambiciosa, que no se adapta a las normas. Su autor lo es realmente, opta por algo tan imposible como intentar explicar la obra y la vida de un personaje ambiguo, fascinante y repulsivo a un tiempo. En Cannes, todos los directores son considerados como autores, pueden celebrar conferencias de prensa y encuentran periodistas dispuestos a difundir el ruido. Lo cierto es que casi nadie tiene algo que decir o preguntar, que todo el mundo está tan en su papel y que la sensación dominante es idéntica a la que proporcionan aquellas entrevistas deportivas que comienzan con el impagable."En su opinión, ¿es justo el resultado?".

Claro que no han faltado películas buenas, como Dance with a stranger, del británico Mike Newell, o la muy funky Desperately seeking Susan, de la norteamericana Susan Seidelman, ambas dentro de la quincena de realizadores, donde también ha podido verse La ciudad y los perros, un Vargas Llosa dirigido por Francisco Lombardi que figurará en la selección competitiva de San Sebastián. En Un certain regard la estrella ha sido Wim Wenders y su Tokyo-ga, pero el papel de revelación ha quedado para Medhi Charef y su Le thé au harem d'Archimède, una producción de Costa-Gavras financiada por el Ministerio de Cultura francés, y para Malcom Mowbray, cuya A private function ha sido muy apreciada en tanto que comedia divertida y crítica.

El cine español ha pasado inadvertido, aunque en la Rue d'Antibes, una sala alquilada por el Instituto de la Cinematografía española ha acogido nuestra más reciente producción, con buen tratamiento publicitario pero víctima de la atonía del propio certamen, que renuncia al juego de los descubrimientos, tan desprestigiado desde que se convirtió en norma y demasiadas veces el gato se transformó en liebre.

En conjunto, si se acepta como lícito sacar deducciones genéricas de los muchos productos concretos que han desfilado por Cannes, éstas han de tener en cuenta la temática que se repite en más ocasiones. La crisis de identidad, el propio cine, los relatos de hace más de 30 años y la afición por las civilizaciones exóticas para el director son los temas comunes a una gran parte de las películas que veremos en la temporada 1985-1986. La realidad inmediata no es casi nunca abordada, como si la época no fuera propicia para la ficción. Hay un reflujo de los filmes de anticipación y se prefiere volver a los años cuarenta o cincuenta. Las películas con cierta voluntad histórica tienden a contar la otra cara de los mitos gloriosos de la resistencia o la democracia, de la misma manera que italianos y germanos compiten en quitarle hierro al fascismo de las masas, reducido a una difusa patriotería y unas concretas ventajas burocráticas La pretendida resurrección del western, que se quería emblematizar con la presencia de Clint East wood, va por mal camino si todos los que se han rodado o se están fabricando parten de guiones tan débiles como Pale rider.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 20 de mayo de 1985.

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