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Editorial:

Elecciones sin cambio Pakistán

LAS ELECCIONES celebradas el lunes pasado en Pakistán han sido presentadas por el poder como el primer paso de una evolución hacia la democracia, después de más de siete años de dictadura militar. Las últimas se produjeron en 1977, y fueron ganadas por el Partido Popular de Ali Bhuto; los militares no aceptaron este resultado; surgieron diversos conflictos, que desembocaron en la toma del poder por el general Zia Ul Haq y el establecimiento del régimen islámico-militar. En abril de 1979, Bhuto fue ejecutado.Cuando se habla ahora de evolución hacia la democracia hace falta relativizar fuertemente el significado de esos conceptos. Mediante un referéndum celebrado el pasado mes de diciembre, el general Zia se ha atribuido un nuevo plazo de cinco años al frente del Estado. Las elecciones del lunes pasado a la Asamblea Nacional, lo mismo que las de hoy para designar las asambleas provinciales, se desarrollan en condiciones muy distintas de lo que es norma en los países democráticos. Los 11 partidos de la oposición (agrupados en el Movimiento por la Restauración de la Democracia) están prohibidos. Cientos de sus dirigentes y cuadros (más de 2.000, según sus propias fuentes) han sido encarcelados para que no pudiesen "crear obstáculos" en el desarrollo "normal" de las elecciones. A pesar de ello, los resultados de la votación no son datos indiferentes: aportan indicaciones interesantes sobre el estado de espíritu de la población, y tendrán que tenerlos en cuenta los partidos de la oposición. De un lado, no se ha producido la abstención masiva con la que éstos contaban; una parte considerable de la población ha considerado que valía la pena votar, ya que tenía ocasión de hacerlo incluso para expresar actitudes críticas hacia el régimen. En este orden, el rasgo más notable es la derrota sufrida en sus circunscripciones por no pocas de las personalidades del Gobierno. Tal ha ocurrido a cinco ministros de los 11 que se presentaban, y asimismo a otros altos cargos. Han sido derrotados por candidatos individuales, que no tenían derecho a presentarse en nombre de un partido; pero el significado de tales resultados puede interpretarse como algún tipo de distanciamiento del régimen militar. Sin embargo, las consecuencias en el plano gubernamental serán con toda probabilidad escasas. Los poderes de la nueva Asamblea no están claramente definidos; dependerán en gran medida del propio general Zia, y éste ha declarado: "Conservaré el paraguas de la ley marcial tanto como lo juzgue necesario, si bien espero que bastarán unos meses".

No se puede olvidar que el islam, no ya como religión, sino como principio y norma de la vida civil y jurídica, está profundamente arraigado en la sociedad paquistaní. Sin duda, el partido Jamaat-Islamí, partidario del fundamentalismo extremo, ha sufrido una seria derrota; solamente han sido elegidos ocho diputados de dicho partido, sobre los 60 candidatos que apoyaba. Pero la escasa inclinación al extremismo no contradice la aceptación general de un marco teocrático para el Estado y la vida social. Ello dimana de la misma fundación del Pakistán, que se creó como Estado independiente, separado de la India, tras horribles matanzas, y la entronización de la religión musulmana como razón de ser de la nueva formación política.

La evolución del Pakistán es un factor de suma importancia en el conjunto de la situación de Asia; no sólo porque cuenta con más de 80 millones de habitantes, sino porque ocupa una situación geopolítica crucial en las contradicciones de dicho continente. Ha acogido a unos dos millones y medio de refugiados de Afganistán, que constituyen una base esencial de la resistencia contra la ocupación soviética. Después de las elecciones, es seguro el continuismo de la política exterior de Islamabad, inclinada sobre todo a EE UU y China. Los cambios en el sistema interior serán más bien de imagen; la sustancia no cambiará por unas elecciones islámicas más o menos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de febrero de 1985