El 'graffiti', un arte que nació en la ilegalidad

El graffiti nació espontáneamente como un arte de la calle, sin pretensiones más lejanas que la de inmortalizar un nombre, una firma o un dibujo rápido sobre paredes y objetos. Desde hace tres años, el graffiti que iluminaba o ensuciaba, al decir de otros, los trenes del subterráneo en Nueva York empezó a extenderse más allá de los barrios suburbiales del Bronx para llegar al Soho, codeándose con los más altos valores del arte contemporáneo. La galería Sidney Janis, especializada en obra de artistas de mucho prestigio, ha traído este año, en su primera visita a la feria de Arco, a seis de estos jóvenes pintores.Torrick Ablack, Toxic, uno de estos artistas del aerosol, empezó pintando en el metro cuando tenía 13 años. Tenían que esconderse de la policía, que les perseguía y arrestaba por hacer estos enormes diseños multicolores que cubrían lados enteros de los trenes subterráneos. "Ahora ya no me atraparían", dice cuatro años después.

Para salir de la cárcel tenían que pagar 5.600 pesetas; los diseños sobre lienzo de estos artistas cuestan ahora entre 720.000 y 2.520.000 pesetas aproximadamente. Ahora, quienes los persiguen son los galeristas, que han transformado el lienzo en práctica moneda de cambio.

"Aún así yo prefiero pintar sobre metal, sobre cualquier objeto y no sobre lienzo", declara Toxic mientras se balancea con la música break que lo acompaña desde su radiocasete día y noche.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0024, 24 de febrero de 1985.