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Editorial:

Fronteras para la paz

LA DECLARACIÓN que acaban de aprobar en su reunión de Nueva Delhi los jefes de Estado de Argentina, México y Tanzania, y los jefes de Gobierno de Grecia, la India y Suecia, es un acontecimiento internacional de suma importancia; en ella se expresa una actitud sensata ante el problema angustioso de la carrera armamentista, que conecta, sin ninguna duda, con amplios seintimientos populares. Pero, además, su oportunidad es evidente; estamos a mes y medio del inicio en Ginebra, el próximo 12 de marzo, de nuevas negociaciones entre la URSS y EE UU sobre el desarme nuclear y sobre la eventualidad de una militarización del espacio exterior. El hecho mismo de que, por primera vez desde finales de 1983, tales negociaciones vuelvan a ser posibles, despierta esperanzas. Sin embargo, la reunión de Nueva Delhi contribuye a poner de relieve algo que se olvida con cierta frecuencia: el problema de las armas nucleares, de la amenaza de guerra, interesa a todos. Vivimos en un mundo más interrelacionado que jamás lo ha estado. Y por muy superpotencias que sean la URS S y EE UU, no cabe duda que están condicionados, en mayor o menor medida, por lo que ocurre en el resto del mundo. Por eso todos los Gobiernos tienen derecho a opinar, y, en cierto modo, el deber de hacerlo. Cuando los presidentes Alfonsín, De la Madrid, Nyerere, Gandhi, Papandreu y Palme opinan conjuntamente, es indudable que sus ideas tienen un peso considerable; en la medida, además, en que encuentren un amplio respaldo en los círculos más diversos, no será posible que tales ideas sean soslayadas por los gobernantes que tienen la máxima responsabilidad en la cuestión nuclear.En el mes de mayo de 1984, los mismos seis dirigentes habían hecho una primera declaración sobre el rearme nuclear, que era, sobre todo, un llamamiento a la conciencia de los gobernantes y de los pueblos ante la amenaza del holocausto atómico. El documento actual es más concreto en sus propuestas y conclusiones; aborda con precisión las cuestiones más candentes; refleja de forma clara, sin tecnicismos, las medidas que aparecen más apremiantes para poner fin a la actual carrera de armamentos, y que podrían llevarse a cabo sin que ello implicase ventajas ni para un bloque ni para otro. La declaración de Nueva Delhi de los seis se centra particularmente en las tres propuestas siguientes: la prohibición total de las pruebas de armas atómicas; la congelación de los arsenales nucleares para poder ir luego a su reducción sustancial, y la prohibición total de las armas en el espacio.

Este último punto merece un comentario especial, porque Europa se ha sentido afectada de un modo muy negativo ante la eventualidad de la puesta en marcha de la militarización del espacio exterior. Como se sabe, la Administración norteamericana tiene proyectos e investigaciones en marcha en ese sentido, que fueron expuestos por primera vez en el discurso del presidente Reagan de marzo de 1983, que se hizo famoso con la expresión de guerra de las estrellas. Desde entonces, varios Gobiernos europeos han expresado su oposición a la realización de dichos planes. El presidente Mitterrand fue, quizá, el más rotundo en su actitud, pero incluso la señora Thatcher expresó su desacuerdo con la militarización del cosmos, si bien matizó luego su posición durante un viaje a Washington. En todo caso, la opinión europea más extendida es que los proyectos del presidente Reagan en ese campo tendrían efectos desestabilizadores; tienden a lograr una superioridad de EE UU y, por tanto, pueden imposibilitar negociaciones serias con los soviéticos, incapaces, de alguna manera, de poner freno también a la carrera de armamentos. Es un tema en que la contradicción no es solamente Oeste-Este, sino que se manifiestan dentro de la OTAN criterios discrepantes. Ahora, con toda la autoridad que su representatividad supone, los seis de Nueva Delhi dicen con toda claridad en su declaración: el espacio exterior debe ser una frontera de paz; todo lo que signifique su militarización debe ser prohibido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de enero de 1985