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Tribuna:TEMAS DE NUESTRA ÉPOCA

El grado cero de lo social

La posmodernidad como proyecto es el grado cero de lo social. Concebida como modernidad cultural hace aproximadamente un siglo, la propuesta de superar la racionalidad moderna gracias a un nuevo individualismo hedonista se consolida actualmente como posmodernidad en el mismo momento en que desde la izquierda se asume casi totalmente un modelo que tiene a la sociedad norteamericana como punto terminal. El autor de este artículo impugna, sin embargo, tanto el modelo de la modernización asumido, por los progresistas como el paradigma de la posmodernidad que significa la liquidación de lo social, y cita, para concluir, la apuesta de Jürgen Habermas por la modernidad como proyecto inacabado, susceptible de ser orientado por caminos y objetivos distintos a los actuales.

I. La modernización

Hemos cumplido 10 años de crisis sin que amague su final en parte alguna. La quiebra de los principales mecanismos de la sociedad de la abundancia y el inicuo y aparentemente irremplazable orden económico mundial -que cada año mata más niños y empobrece más pobres- han minado nuestras certezas ideológicas y nos Iban empujado hacia la conservación crispada de lo que aún nos queda. Desde ella, los que mandan y los mandados, en vez de buscar nuevos modelos en los que apoyar un futuro viable, prefieren echar mano de viejas recetas -la inseguridad y las estrecheces son difíciles compañeras de la imaginación y del cambio- confiándoles la función de salvadores sortilegios.Entre ellos, la modernización es hoy, quizá, el más socorrido. Categoría del análisis social, promovida, sobre todo, por los funcionalistas anglosajones en la década de los sesenta. Su núcleo asertivo es muy simple: todas las sociedades están sometidas a procesos de cambio de naturaleza evolutiva, que permiten establecer entre ellas una jerarquía, según el nivel que han alcanzado y el estadio en el que se encuentran. Al punto de partida se le llama tradición, y al de llegada, modernidad. Que el decurso sea de condición endógena (Parsons, Lèvy Jr.) o exógena (Bendix, Lerner); que esté basado en la práctica de la diferenciación (Einsenstadt, Smelser) o de la comunicación (Deutsch, Schramin, Pye); que las elites tengan una función decisiva como centro del proceso (Shils) o sean simples acompañantes del mismo; que la determinación del cambio sea fundamentalmente económica o también política y social (Bellah); lo que importa es que vaya en la buena dirección. O sea, hacia ese modelo de organización social que representan los países capitalistas occidentales, y en particular los USA, y al que deben aspirar -la dimensión normativa de la modernización es capital- todos los otros tipos, formas y niveles de sociedades nacionales.

Esta explítica opción etnocéntrica, que puede encomiarse o vilipendiarse (desde la imputación de interesado paternalismo a la de violento imperialismo), tenía en sus manos, en el momento de su formulación, una baza fundamental: el éxito alcanzado. Pues en las décadas de los cincuenta y los sesenta América del Norte y los países euroatlánticos consiguieron inducir y mantener una notable expansión económica a nivel mundial y lograron establecer cotas importantes de equilibrio político y de bienestar social en los países de su área. La ingenuidad y la arrogancia con la que elevaron luego su sistema social a la condición de modelo único y universalizable tenía ahí su discutible pero, desde la perspectiva de sus formuladores, legítimo fundamento.

Era, pues, inevitable que los rasgos con los que definieron todo proceso de modernización -acumulación de capital, industrialización, espíritu empresarial, urbanización, secularización, posición central del mercado, adaptación funcional, racionalización administrativa, reforzamiento del papel de las elites, etcétera- correspondiesen a los de la triunfadora sociedad en la que vivían. Como también lo eran las críticas e imputaciones que se le opusieron, tanto desde la perspectiva marxista / marxiana (Mandel, Sweezy, Laclau, Samir Amin) como desde la de la teoría de la dependencia (González Casanova, Cardoso, Gunder Frank). Entre nosotros, Carlota Solé dedicó al tema, en 1976, un certero libro.

Un sistema que ni sirve ni funciona

Ahora bien, lo sorprendente es que se intente relanzar este modelo en 1984, desde posiciones progresistas que postulan sinceramente el cambio y que se quieren pragmáticas. Pero no por su objetable orientación conservadora -racionalidad exclusivamente instrumental, constitución del empresario en el gran protagonista social, fortalecimiento de una ignominiosa división internacional del trabajo, exaltación del productivismo industrial, negación del conflicto como vía del progreso, consagración, de facto, del capitalismo oligopólico de las multinacionales como forma privilegiada de organización socioeconómica-, sino por su incongruencia con la realidad de hoy, por su inaplicabilidad a la sociedad actual.Porque las disfunciones de ese sistema han sido tan graves y numerosas, los efectos perversos que ha generado han sido tan importantes, que hace casi 20 años que está suscitando una contestación importante. Baste, desde la esquina de la respetabilidad, recordar un solo nombre y una sola tesis: el Club de Roma y su crecimiento cero. 0Oreferirse, a nivel popular, a la capacidad movilizadora de la ecología como estructura ideológica y como movimiento social. El saldo negativo del sistema comenzaba a aparecer como superior al positivo, y los poderes políticos e institucionales intentaban sin éxito adecentar sus aspectos más criticables. Se había tocado fondo.

Pero es que, además, ese impugnado modelo cuya restauración se propone y que tenía a su favor la fuerza de su funcionamiento expansivo ya no funciona. Pues el estancamiento de los PIB, la inflación monetaria, la inercia empresarial, el paro irremediable, la reaparición de la miseria, los inverosímiles déficit públicos, el caos del Tercer Mundo, la desagregación social, la apatía ciudadana, el fracaso del Estado-providencia y de sus principales mecanismos de protección individual, el hedonismo como símbolo y la irracionalidad como principio han acabado con las seguridades de aquel capitalismo, nos han encerrado en sus servidumbres de hoy, nos han acurrucado en nuestros miedos de siempre.

Por otra parte, es ridículo pretender que se trata de un simple problema de renovación tecnológica y de competitividad internacional cuando los límites del modelo se ponen precisamente de relieve en su incapacidad para volver a insertar, de modo eficaz, en el proceso económico los nuevos aumentos de productividad. Al igual que en su impotencia para promover un sistema mundial en el que las economías nacionales tengan un mínimo nivel de autonomía, que haga creíbles sus programas y políticas, y en el que el mercado sea algo más que el campo y las reglas del juego establecidas por las multinacionales de acuerdo con sus planes y estrategias.

Como tampoco es de recibo que se nos diga, una y otra vez, que el relanzamiento de la economía USA producirá una reactivación general, cuando la relación entre ambas es de signo antónimo. O, en otras palabras, para que el crecimiento de los principales parámetros económicos de Estados Unidos (cotización del dólar incluida) sea compatible con el desequilibrio de su balanza de pagos y con su déficit público, es necesario que los demás financiemos sus desajustes, haciendo imposible con ello, a pesar de tanto costoso esfuerzo, el mantenimiento del precario equilibrio económico del resto del mundo capitalista. Querer negar la violenta realidad de estos hechos con sutilidades retórico-científicas o con invocaciones taumatúrgicas al mercado y al empresario sólo conduce a exasperar nuestra aceptada condición de víctimas.

Claro, que obstinarse en reproponer como solución única de una quiebra tan generalizada un sistema que sirve tan poco y funciona tan mal no es tarea fácil. Y que su legitimación sólo cabe con la complicidad, activa o pasiva, de los detentadores del poder simbólico. Menos mal que los posmodernos, por convergencia fortuita o por conspiración implícita, estaban ahí para que fuera posible.

II. La posmodernidad

La primera gran aparición pública del término moderno hay que situarla en el Renacimiento, cuando impone a la época su propia denominación: edad Moderna. Desde entonces esa estructura paradigmática, que llamamos modernidad, tiene como núcleos esenciales el hombre y la razón, indisociables, tanto en su ejercicio como en su común postulación de lo que Giordano Bruno, Melanchton, Cardan titularán creación, y los hombres de las Luces, progreso.En otras palabras, lo moderno es consustancial con la soberanía de lo humano, cuya plenitud invalida las pautas que, a más de heterónomas, pretenden serles superiores. La exigencia científica de Galileo, la reivindicación de la conciencia individual de Lutero, el rigor intelectual de Vives, la obstinación desmitificadora de Montaigne, la intransigencia moral de Tomás Moro son versiones de una misma racionalidad soberana, en la que sin embargo subsisten, aunque asumidas y reconciliadas por el humanismo triunfante, las contradicciones entre razón y pasión, medios y fines, lo común y lo singular, naturaleza y sociedad.

Esas contradicciones originarias confieren a la modernidad una condición frágil y ambigua, que, como ya advertía Lefebvre en 1962, explican su pronta dicotomización y su vasta polisemia. La Ilustración la dota de la indisputada hegemonía del individualismo racionalista, de la irreversible secularización de las artes y las letras, del dominio del hombre sobre la naturaleza, de la ¡limitada acumulación de bienes y saberes. La Enciclopedia y su privilegiada atención a las técnicas la llevan, por otra parte, hacia el dominio de las aplicaciones y la inducen a consagrar tempranamente la razón instrumental. La burguesía la convierte en estandarte de su lucha por el poder. Y así, ese paradigma de lo moderno que en el XVIII está hecho de razón más humanismo, comienza a ser también racionalidad técnica, liberal en política, burguesa en sociedad. Paradigma todavía unitario, pero escorándose ya hacia una de sus posibles opciones.

Los enemigos necesarios

La primera revolución industrial, la producción en serie, la concentración urbana, la lógica de la economía señorean el siglo XIX. El hombre es productor; el tiempo, cronómetro; el progreso, máquina. Lo moderno se identifica con la civilización industrial, legitima el primado de la riqueza y de la utilidad, reduce y cierra su modelo. Y lo proclama definitivo. Es decir, clásico.Con doble efecto perverso. Autofagia de ese paradigma de lo moderno que se quiere clásico y que, con ello, suscita inevitablemente otro modelo de lo moderno (¿lo posmoderno?); autocuestionamiento de una sociedad que, en sus franjas, se niega a organizarse en torno a la instrumentalidad productivista del hombre-número y de la razón-máquina y que radicaliza las tendencias centrífugas de la otra dimensión de la modernidad, la cultural.

Si el término hubiera existido ya, esta otra modernidad hubiese podido nombrarse, desde entonces, posmodernidad. Pero no existía y tuvieron que inventarlo Baudelaire y Gautier, allá por 1850, precisamente para poder enfrentar ese modelo que era el de su modernidad con la modernización industrialista de los políticos y los empresarios. Sus contenidos coinciden con los del romanticismo: frente a la razón de los medios, la sinrazón de los fines; frente a la regularidad de la serie, la excepcionalidad de lo único; frente al nivelamiento de lo social, la exaltación de lo individual; frente a lo perenne, lo efimero; frente a lo intelectual, lo instintivo; frente a lo público, lo cotidiano; frente a lo lleno, lo vacío; frente a la ética, la estética; frente al orden, el caos. Estamos en 1864 y habla Baudelaire en su Pintor de la vida moderna.

El antagonismo entre esas dos dimensiones de la modernidad (modernización técnico-industrial versus modernidad cultural, hoy posmodernidad) nos acompaña, pues, desde hace más de un siglo. Pero el agotamiento del modelo socioeconómico industrial (tanto en su versión capitalista como de socialismo real), acelerado por la crisis económica de los años setenta, ha acabado con la aparente autonomía en que discurrían y ha puesto de relieve la relación simbiótica que entre ambas existe. Veamos, brevemente, cómo.

La versión modernizadora última se presenta como una respuesta a la crisis, cuya superación se propone mediante el relanzamiento de la economía. La productividad y la rentabilidad, apoyadas en las nuevas tecnologías, se constituyen en principios rectores del acontecer colectivo. La expansión económica monopoliza todas las energías y cancela la problemática del bienestar. Esta disociación de los dos grandes soportes de la sociedad de la abundancia exige, sin embargo, no sólo la impugnación del Estado, sino la descalificación de lo social. Que la ideología modernizadora no puede acometer ni frontal ni directamente. En algunos casos se intenta la crítica de la administración estatal, de su incapacidad gestora, de las interferencias y despilfarros burocráticos. Pero ni siquiera esto es fácil desde posiciones socialistas y socialdemocráticas. Hacen falta voluntarios por encima de toda sospecha. Y ¿quién mejor que los posmodernos?

La que he llamado antes dimensión cultural de la modernidad se bautiza a sí misma como posmodernidad en la década de los setenta y en el campo de la arquitectura. Sus cultivadores principales los encontramos entre los filósofos estéticos y los intelectuales conversos al neoliberalismo radical. Sus temas son los de Baudelaire antes descritos, a los que Mallarmé, Rimbaud, el superrealismo, Dada, el Nietzsche demasiado humano prestan sus expresiones culminantes. Incluyendo los paraísos artificiales, usados y descritos. Nada nuevo, pues, a no ser un penoso robinsonismo cultural, sólo posible en la analfabeta sociedad estereofónica, y un utilísimo furor contra lo moderno y lo colectivo, que se pretende que ponen en peligro la eudemonización del individuo. Furor que reviste múltiples formas, desde el panfleto más o menos por encargo hasta la espontánea disquisición teórico-estética o filosófico-lingüística, cuyo objetivo es acabar con lo social, limpiar lo humano de la costra societaria. Cruzados de esta causa, muchos. Sólo unas líneas, olvidando nuestros epígonos suburbiales, a propósito de alguno de los más destacados adalides parisienses y de sus propuestas argumentales.

La implosión de lo social y sus usos

Michel Leiris y su grito de "modernidad, mierdernidad", Baudrillard, a la sombra de sus mayorías silenciosas, Lyotard en "la condición posmoderna" proclaman el fin de lo social. Para Baudrillard es la masa, coincidencia de "objetos intersticiales, de montoncitos cristalinos que se arremolinan y entrecruzan... en una conjunción difusa, descentrada, browniana", la que produce la implosión de lo social y nos lo muestra como es, realidad no sólo inútil, sino perversa, abismo del sentido, muerte, seducción, rito, repetición, simulacro, gigantesco agujero negro por el que se escapa, último residuo, la imposible vida en sociedad.Para Lyotard, la acumulación de conocimiento que caracteriza nuestra contemporaneidad desemboca en los juegos de lenguaje. En ellos se atomiza la sociedad, diseminándose en redes flexibles que disuelven al sujeto social convirtiéndolo en puro soporte de la palabra en juego. Esta dulce desagregación de la materia societaria reduce la relación social a una "combinación de posiciones individuales regidas por un número indeterminado de juegos de lenguaje que obedecen a reglas distintas". Seamos realistas, reconozcamos la incomunicación entre razón teórica y razón práctica y aceptemos que la desconexión entre los enunciados denotativos de valor cognitivo y los enunciados prescriptivos de valor práctico revelan la inanidad del quehacer científico, clausuran la autonomía de los actores en el plano ético y consagran el sinsentido de la práctica social. Deslegitimación de la ciencia, desautonomización de la ética, desleimiento de lo social. Este holocausto tiene, sin embargo, un futuro: la paralogia. Lyotard dixit.

A la hoguera purificadora de lo social aportan su leña Derrida, Deleuze, Foucault, que nos inician en las delicias del sujeto, en el saber deseante, en el placer como medida de todas las cosas. Con gran provecho de los modernizadores, que así encuentran un responsable a quien poder imputar las disfunciónes de su modelo. El individualismo a ultranza de la cultura posmoderna, su hedonismo narcisista y estéril, su insolidaridad esencial, son los respónsables de la crisis del capitalismo, que comienza, a traducirse en crisis de la democracia. Daniel Bell, en sus Contradicciones culturales del capitalismo, nos ofrece, ya en 1976, el diagnóstico y los remedios. La disyunción de los tres órdenes que hoy coexisten en el seno del mundo occidental -el utilitario, el hedonista y el igualitario- y de sus lógicas antinómicas son los responsables del caos cultural y de la decadencia contemporánea. Para salir de ella, para salvarnos se impone una vuelta a la tradición, a los valores de la familia, de la moral, de la religión.

Esta apelación a la estructura ideológica tradicional que ha servido de eje a la reciente política neoconservadora USA -el último Reagan incluido-, funciona como elemento compensador del abandono de los ámbitos institucionales en los que tiene lugar la socialización primaria, en particular la familia, afectados por la renuncia a la política de protección social. Pero si esta visión apocalíptica de la crisis, con su áspera condena de la modernidad cultural y sus ascéticas recetas sobre la necesidad del esfuerzo son un eficaz revulsivo para la dinamización del proceso productivo no debe abandonarse el principio hedonista, que es la mejor legitimación posible de la extensión y diversificación del consumo, más allá de la satisfacción de las necesidades básicas.

Hedonismo y democracia

Esta función legitimadora reclama un discurso más difuso y ambiguo, en el que todas las dimensiones estén presentes, pero cuya organizacion se opere, fundamentalmente, en torno del hombre como consumidor gozoso. La era del vacío, de Gilles Lipovetsky, está cumbliendo en Francia ese cometido. La revista Esprit, cuna del personalismo filosófico-político, sirve, en su número doble del verano pasado (julio-agosto, 1984), de plataforma de lanzamiento de las tesis del individualismo hedonista.Para el joven filósofo posmoderno la sociedad de consumo, "con su exuberante avalancha de productos, nos abre a la posmodernidad mediante el proceso de personalización de nuestra relación con lo real gracias a sus mayores opciones posibles, que nos lleva a una hiperconcentración en la esfera de la vida privada y al total abandono de la pública. Exit del homo politicus y entronización del homo psychológicus, en forma de neonarcisismo radical, que según Lipotevsky, no se limita a liberar al individuo de las rigideces autoritarias y de los encuadramientos masivos, sino que se extiende a su capacidad de adaptación a lo social posmodemo. Oigámosle en su texto, que no tiene desperdicio: "La autoconciencia ha sustituido a la conciencia de clase; la conciencia narcisista, a la conciencia política... el narcisismo, instrumento de socialización, nueva tecnología de control flexible y autogestionado, socializa desocializando y pone así de acuerdo al individuo con lo social pulverizado".

Pero para que este acuerdo funcione de forma estable y permanente es necesario pulverizar también el yo, desustancializarlo, vaciarlo de contenidos y raíces, labilizarlo. Un yo indiferenciado e indiferente es el único correlato funcional de un social átono. Y esa atonía constituye precisamente la piedra angular de la democracia actual. A medida que crece el narcisismo decrece la militancia partidista, se atenúan los perfiles ideológicos, disminuye la intervención ciudadana, se espectaculariza la política, es decir, aumenta y se fortalece la legitimidad democrática. Pues la posmodernidad sólo admite un modo de funcionamiento común: el consensus por apatía y banalización colectiva. Y así, la democracia hoy es eso, no compromiso ni participación, sino un impreciso y confortable espacio de posibles públicos, que sólo existen en su definitiva renuncia a ejercitarse fuera del ámbito de lo privado. Hasta aquí, Lipovetsky.

Leída desde el Norte, esta tesis, a caballo de la celebración retro-estética de finales del XIX y del egotismo universal de la intelligentsia artística de principios del XX, sólo puede interpetarse como la coartada que la sociedad de masa nos propone para el consumo masivo de la individualidad. Oída desde el Sur y desde algunas esquinas del Norte sólo puede sonar a sarcasmo. Invitar al irrestrictivo disfrute de los gideanos "alimentos terrestres", a los niños de Etiopía o del Sahel, o convocar al placer permanente a los pueblos del Tercer Mundo o a los 36 millones de pobres que, en plena recuperación económica, reconoce el Gobierno USA que existen en su país, apenas puede escribirse de puro contrasentido demagógico.

Y, con todo, la gloriosa intimidad que predican y ejercen los intelectuales posmodernos, que en muchos de nuestros países figuran entre los más decisivos detentadores del poder simbólico, sigue desviando hacia otras dedicaciones a los eventuales protagonistas de la acción pública y sigue dejando los temas y las decisiones comunes en las mismas manos de siempre, que, ahora, son las regidoras de la modernización económica. A mayor abundamiento, la exaltación de los jardines secretos del yo impulsa a la utilización catártica del universo simbólico colectivo, que, con su ilimitada propuesta de imaginarios cumplimentos individuales, intenta equilibrar la extrema reducción de posibilidades efectivas que la crisis actual ha operado.

La palanca de este agresivo individualismo tiene su punto de apoyo en la deriva del Estado contemporáneo, que ha degenerado en una burocracia invasora, interferente e ineficaz. Ahora bien, su legítima impugnación se ha extendido ¡legítimamente a la sociedad. La descalificación de lo social a nivel de práctica ha sido, como hemos visto, cometido de los políticos modernizadores, recayendo en los intelectuales posmodernos la tarea de su recusación teórica. Estamos en el grado cero de lo social.

Habermas, en su discurso de recepción del Premio Adorno, en 1980, calificaba la modernidad de proyecto inacabado y pedía que se orientase hacia otras metas por otras vías. Pienso que ambas tienen como punto de partida la dimensión comunitaria que el individuo descubre en su experiencia cotidiana de lo interprofesional y de lo social. Encontramos la forma más cumplida de nuestro yo en la realización intersubjetiva del ser otro en que los otros nos instalan y somos nosotros mismos, sobre todo en lo que de común tenemos con y frente a los demás. Ese común que, en su consideración propia, sólo analíticamente autonomizable, llamamos lo social. Fuera de él, el individuo es su contrafigura posmoderna: inacabable autoseducción especular, juego de simulacros.

José Vidal-Beneyto es catedrático de Sociología en la universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de diciembre de 1984