La escapada del gran piano
Tommy Flanagan TríoTeatro María Guerrero. Madrid 26 de octubre de 1984
En la inauguración del Festival lo echamos de menos, porque Tete Montoliu tocó un petrof, pero el segundo día se levantó el telón del María Guerrero, y allí estaba: el piano bosendorfer, siempre reluciente, siempre de punta en negro. Se había escapado al jazz una noche más, y ya son muchas, mal que les pese a sus congéneres, que le deben haber retirado el saludo.
Vino a tocarlo un personaje adecuadísimo: Tommy Flanagan, el bopper diplomático, que aprendió la ciencia del comedimiento a otros colegas de la escuela Detroit, y la perfeccionó durante muchos años al lado de Ella Fitzgerald. Tiene Flanagan calidad, técnica y, sobre todo, claridad de estilo. Y esto último, si hacemos caso a Goethe, equivale a claridad de ideas.
Aunque, por su experiencia de acompañante de miss Fitzgerald, nuestro hombre se debe saber todas las canciones populares, en sus conciertos es muy estricto, y se ciñe a un repertorio puramente jazzístico. El recital del María Guerrero lo edificó con obras propias y de indiscutibles como Thad Jones, dispuestas en torno a evocaciones de los grandes pianistas-compositores del jazz: dos largos medleys, inteligentemente construidos, en memoria de Duke Ellington y Thelonious Monk, y un tercero más breve dedicado a Tadd Dameron.
El trío fue ejemplar. Había que ver cómo se escuchaban los músicos, cómo estaban pendientes los unos de los otros, tanto si tenían que tocar como si no. George Mraz acompañó con swing, no se puso pesado en los solos y, en algunos pasajes, contrapunteó con gracia las ironías que Flanagan sacaba del piano; la atención por el atril le venía quizá de sus tiempos de Jiri Mraz, gran esperanza checoslovaca.
Art Taylor, batería, no cogió los palos hasta Off minor, en mitad del homenaje a Monk, bien entrado el concierto. Luego estaría con ellos aún más mesurado que antes con las escobillas. Cuando por fin le dejaron hacer un solo largo, fue nuevamente discreto, y no lo hizo tan largo. Total que, tras la propina -un Oleo finísimo, que más que de Rollins parecía de Watteau- todos quedamos contentos.


























































