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Reportaje:El Ayuntamiento solicita la calificación de recinto históricó-artístico

La necrópolis de los heterodoxos

El cementerio Civil de Madrid alberga los restos de lo más granado del pensamiento laico y progresista español. del último siglo

El Ayuntamiento de Madrid ha iniciado los trámites para solicitar a la Dirección General de Bellas Artes la declaración de recinto histórico-artístico para el cementerio Civil de la capital, que este mes de septiembre cumple su primer centenario. Inaugurado con el entierro de una muchacha suicida, el recinto de la avenida de Daroca, alberga los restos de lo más granado del pensamiento laico y progresista español del último siglo. Pablo Iglesias, Pío Baroja, Blas de Otero, Américo Castro, Julián Grimau y otros conocidos librepensadores y marxistas duermen el sueño eterno en un cementerio que bajo el franquismo fue un lugar maldito.

Hace unos cinco o seis años, Antonio García Hidalgo, guarda del cementerio Civil de Madrid, le restituyó su graduación a José Castillo. Por propia iniciativa, García Hidalgo fue a la lápida granítica que cubre los restos de Castillo y con sumo cuidado cincelé sobre ella la palabra teniente. Bajo el. franquismo, la sepultura sólo había ostentado una inscripción con el primer apellido del oficial de los Guardias de Asalto republicanos y la fecha de su muerte. Así que, a su modo, con un gesto humilde que todavía le costó una discreta indagatoria policial, el guarda de la necropolis de los heterodoxos españoles cerró una de las heridas aún abiertas de la guerra civil.Muchos españoles desconocen la historia de José Castillo, entre otras razones porque el franquismo se encargó de ello, pero su muerte estuvo muy vinculada al comienzo de la fratricida contienda de los tres años. Castillo, oficial de conocidas ideas, izquierdistas, cayó acribillado a balazos el 12 de julio de 1936. Para vengar su muerte, que atribuían a falangistas, algunos de sus compañeros asesinaron al día siguiente al diputado derechista José Calvo Sotelo, con lo que dieron el último argumento a los que desde hacia tiempo conspiraban contra la República. El resto fue un baño de sangre.

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Antonio García Hidalgo, de 54 años, casado, sin hijos, es guarda del cementerio Civil de Madrid desde hace 35 años, donde vive con su mujer y tres familiares octogenarios. Uno de éstos es su suegro, Venancio Fernández, que durante dos décadas fue el encargado de la necrópolis y del que su yerno héredó el puesto. García Hidalgo, según cuenta, no es ni de derechas ni de izquierdas, pero su vida está tan ligada al cementerio Civil que los que allí yacen son ya sus muertos. Se conoce las biografías de todos al dedillo disfruta platicando con los descendientes, correligionarios o curiosos que van a visitar sus sepulturas.

El Oriente eterno

El cementerio Civil die Madrid es, ante todo, la necrópolis de los librepensadores españoles de finales del pasado siglo y primeras décadas del presente, que en su mayoría eran furibundos anticlericales. A la entrada, casi en frente del panteón de Pablo Iglesias, está el de Antonio Rodríguez y García Vao, erigido en 1892. El monumento funerario está dedicado "a todos los héroes del librepensamiento" uno de los cuales debió de ser Rodríguez y García Vao, del que se dice que "cayó bajo acero homicida". Sobre el sepulcro, una pluma labrada en piedra, y en el frontis, una escuadra y un compás.

Los símbolos masónicos abundan en la necrópolis. La tumba de Ygnacio Díaz, Zuazua, fallecido en 1930, es representativa de los gus-, tos funerarios de esta corriente de pensamiento. Consiste en dos columnas dóricas con tres granadas encima de cada una, que enmarcan un frontón, donde puede verse la habitual escuadra y compás. Sobre el mármol se lee que Díaz Zuazua fue "un hermano víctima ole la dictadura. Por ella fue perseguido y la injusticia le llevó al Oriente eterno".

La tumba fundacional del cementerio Civil de Madrid es la de Maravilla Leal González, fallecida el 9 de septiembre de 1884, a los 20 años de edad. La muchacha se suicidó y, como mandaba entonces la Iglesia católica, apostólica y romana, se le negó el eterno reposo en un camposanto. Y es que, como dice el guarda, "este cementerio lo crearon para enterrar a los que no morían en gracia de Dios". Suicidas, protestantes, masones, ácratas y rojos estaban comprendidos en esa definición.

Desde su apertura, el cementerio Civil ha sido también el de los extranjeros de confesiones cristianas no católicas afincados en España. Hay allí inscripciones en ruso, rumano y japonés, e incluso una en inglés de un militar norte americano que murió en Madrid en febrero de 1974 y que se llamaba Jesse James Outlaw, como el famoso personaje del Far West. Sin embargo, la lengua extranjera dominante en el cementerio Civil es el alemán. Allí están los restos de las familias Loewe y Sclineider, vecinas de Madrid desde hace décadas y promotoras de un comercio de artículos de regalo la primera, y de una empresa de ascensores la segunda.

Algunos de los monumentos funerarios germanos del cementerio Civil de Madrid son un singular testimonio del modo de enterramiento de los países del norte de Europa. Nada de grandes y tétricos panteones de mármol, granito o piedra novelda, sino pequeños jardines, bajo los que reposan los difuntos. El de la familia Wilmer está presidido por la estatua de un flautista que mira a la salida del sol, y consiste en una praderita de tréboles, margaritas y plantas de salón en cuyo centro hay un pequeño lago con dos patos.

Si con motivo del centenario del cementerio Civil el Ayuntamiento de Madrid tuviera que difundir un lema específico, éste debiera ser aquel de Larra que dice: "Aquí yace media España, víctima de la otra media". Los ilustres muertos que reposan en el cementerio Civil pertenecen todos a la España progresista. Entre los primeros ocupantes de la necrópolis están, por ejemplo, tres de los cuatro presidentes de la I República: Estanislao Figueras, Francesc Pi i Margall y Nicolás Salmerán.

El sepulcro de Figueras tiene una curiosa falta ortográfica en su inscripción. Dice así: 'El Partido Federal Orgánico de Valencia a su ilustre Gefe,, 1892". En el de Salmerán puede leerse: 'Dejó el poder por no firmar una sentencia de

La necrópolis de los heterodoxos

muerte". Y de Pi y Margall cuenta Alfonso Izard, jefe de la administración de cementerios municipales y paseante asiduo del cementerio Civil, que una vez, a la pregunta de si tenía enemigos el político federalista, respondió: "No los tengo. Nunca he hecho un favor a nadie".Palos a la oposición

Pero el personaje más popular de los enterrados en el cementerio Civil es, sin lugar a dudas, Pablo Iglesias. El mausoleo donde reposan los restos del fundador del PSOE está a la entrada de la necrópolis, y sus esculturas son obra de Emiliano Barral. El conjunto fue levantado en abril de 1930, cinco años después de la muerte del abuelo del socialismo español, con el dinero recogido duro a duro entre la militancia.

Nunca le han faltado flores a la tumba de Pablo Iglesias, ni tan siquiera en los años más siniestros de la represión franquista, cuando acercarse por el cementerio Civil era motivo suficiente para ser fichado por la Brigada Político-Social. Más aún, este lugar está íntimamente vinculado a la resurrección del PSOE en los años setenta.

El 1 de mayo de 1975, Enrique Moral, hoy teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, tenía 30 años, llevaba seis afiliado al PSOE y ejercía como profesor de Derecho Político en la universidad de Madrid. Ese día, la plana mayor de la militancia socialista intentó, sin conseguirlo, concentrarse frente al monumento funerario de Pablo Iglesias, en aplicación de la reciente política del partido, que recomendaba salir a la superficie. Hubo palos para todos los reunidos y detenciones a mansalva. Moral, activo organizador de la frustrada ofrenda floral, evitó la captura tras una fuga de cuatro kilómetros campo a través.

Mucho antes, bajo una atenta vigilancia policial y con una asistencia reducida a sus familiares directos, había sido enterrado allí el dirigente comunista Julián Grimau, fusilado en abril de 1963. En principio, Grimau fue inhumado en el cementerio de Carabanchel, pero tras insistentes gestiones de su esposa sus restos fueron trasladados al recinto de la avenida de Daroca. Tampoco le falta nunca al dirigente comunista un clavel rojo.

En los entierros del cementerio Civil no hay sacerdotes católicos; si acaso, pastores protestantes en caso de que el difunto haya pertenecido a alguna confesión cristiana no romana. Si se trata de sepultar a un agnóstico, un familiar o correligionario pronuncia lo que Enrique Moral llama el sermón laico. No hay capilla en el cementerio, sino tan sólo la casa del guarda y un pequeño y abandonado depósito de cadáveres, de ladrillo visto, que Alfonso Izard se propone rehabilitar. En realidad, Izard se ha lanzado a una política de obras que dignifique un recinto que durante cuatro décadas estuvo dejado de la mano de Dios, o, mejor dicho, de la del Diablo.

El cementerio Civil, opina Alfonso Izard, es "a la izquierda española como el de El Pardo a la derecha". Pero, fiel a su tradición, de tolerancia, la España liberal no tiene reparos en que sus muertos se mezclen con compatriotas de otro pensamiento. De hecho, él último entierro multitudinario en el cementerio Civil fue el del pensador Xabier Zubiri, fallecido a finales de 1983. En su tumba hay una cruz y una leyenda: "¡Aleluya, Aleluya, Aleluya! Cristo ha resucitado. No es vana nuestra fe".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de septiembre de 1984

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