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El fenómeno religioso en Euskadi

La Iglesia vasca, de la tradición clerical a la secularizacion

Las últimas pastorales de los obispos vascos han suscitado más atención en el resto de España que en Euskadi. Esta relativa indiferencia de los vascos ante las exhortaciones episcopales contrasta, por una parte, con el reciente pasado, pero sobre todo con el peso que lo religioso, y aun lo específicamente clerical, sigue teniendo en el País Vasco. Esta influencia se manifiesta de manera indirecta, y en todo caso muy diferente, a como se patentizó en las décadas anteriores. Tres lustros después de la suspensión a divinis de 60 sacerdotes encerrados en el seminario de Bilbao, que pedían la dimisión de su obispo, y a 10 años del caso Añoveros, la Iglesia vasca aparece hoy, especialmente en Vizcaya y Guipúzcoa, cohesionada en tomo a la jerarquía local, e identificada con el proyecto político autonómico, mayoritariamente asumido por la sociedad vasca.

La pastoral conjunta de los obispos de Pamplona y San Sebastián difundida tras el ametrallamiento por los GEO (Grupos Especiales Operativos, de la Policía Nacional) de un comando en aguas del puerto de Pasajes y el asesinato en Biarritz de un miembro de ETA, no puede ser analizada al margen de la docena de escritos episcopales sobre el problema de la violencia redactados en los últimos años. Desde hace al menos un lustro existe una línea clara de continuidad, basada en la condena explícita de la violencia armada de ETA, así como de la tortura y otras prácticas que puedan favorecer la perpetuación de la dinámica de la venganza.Así, el ametrallamiento de Pasajes, con el balance de cuatro personas muertas, es, para los obispos, "un acto más, especialmente grave, en la cruel espiral de la violencia". En su opinión, todo el que afirme, en nombre de unos u otros objetivos, que "no tiene más remedio que matar", no hace sino "preparar el camino para una revancha de la misma naturaleza". En fin, la amargura de los obispos es grande ante una situación en la que "se enseña al pueblo, por la vía de los hechos, que es normal, que es necesario, que es inevitable matar".

El tono de los escritos episcopales sobre la violencia ha ido haciéndose cada vez más directo, menos exclusivo en su estilo -en una pastoral difundida en junio de 1978 se acababa hablando de la invasión de la pornografía a la hora de describir las causas de la violencia-, pero no puede decirse que haya existido ambigüedad en cuanto al fondo de la condena. Los obispos de Bilbao, en una homilía cuyo texto fue difundido por la Prensa en marzo de 1982, hablaban expresamente de los "asesinatos de ETA" y del carácter terrorista de dicha organización, a la que se calificaba de "enerniga de la humanidad, de la democracia y del pueblo".

Pero si, aparte del lenguaje, no se producen variaciones en cuanto al contenido, sí las hay respecto a sus efectos. Las exhortaciones de los obispos vascos, que todavía suscitan vivas polémicas en otras zonas, pasan hoy casi inadvertidas en Euskadi. Ello guarda relación seguramente con la creciente secularización -hasta cierto punto- de la sociedad vasca, pero el hecho de que la misma indiferencia rodee a otros pronunciamientos o iniciativas no específicamente clericales, como las de los intelectuales, parece indicar que la razón de fondo se encuentra en otra parte.

En el Euskadi actual, todo lo que no venga a confirmar los puntos de vista previos de cada cual es, en general, contemplado con indiferencia y aun con desprecio.

Religión y política

Esta indiferencia contrasta con el peso que lo clerical-religioso sigue teniendo en el País Vasco. Esta presencia tiene sólidos fundamentos históricos. La ideología política dominante en Euskadi, el nacionalismo, está teñido desde sus orígenes de concepciones no ya religiosas, sino específicamente teocráticas. Las obras de Sabino Arana, fundador del PNV, están llenas de referencias al ámbito religioso como fundamento sustancial de la nueva doctrina. La subordinación de lo civil a lo religioso, herencia del integrismo poscarlista de fines del siglo XIX, es consustancial al nacionalismo primitivo. El propio Arana precisó, al diseñar la ikurriña, que la cruz blanca, símbolo de la religión, debía figurar "superpuesta al aspa verde y el fondo rojo para representar la supremacía de Dios sobre la ley y el pueblo".La posterior evolución del nacionalismo fue acomodando el integrismo clericalista primitivo a la lenta modernización general de la Iglesia, pero nunca desmintió lo sustancial de esa seña de identidad originaria. Heredero del carlismo, el nuevo movimiento no tuvo mayores dificultades para contactar con el clero local, especialmente el rural, del que salieron sus más fervorosos propagandistas.

Pero la clave de la situación actual está en la actitud mantenida por el clero vasco en relación a la guerra civil y al período que siguió a la victoria de Franco. La foto de medio centenar de curas vascos rodeando al socialista Julián Besteiro en la cárcel sevillana de Carmona dio la vuelta al mundo como símbolo de lo que el franquismo -y la jerarquía eclesiástica española- trataban de ocultar: que los curas vascos se habían puesto del lado de los vencidos, y que entre éstos figuraban no pocos católicos. Más de 700 clérigos vascos fueron represaliados por los triunfadores tras su victoria.

La influencia del clero en la sociedad vasca se asentó, durante los 40 años, en dos pilares fundamentales: su apoyo a la contestación social y política al régimen y su protagonismo en el terreno cultural, en particular en el campo de la lengua vasca. La contestación al régimen tuvo dos fases. Hasta 1960 se expresó mediante cartas colectivas de denuncia (como la enviada en 1944 al Vaticano), la publicación clandestina Egiz y la predicación. En el período posterior se hizo patente en el desarrollo de los movmientos apostólicos y en la participación conspirativa directa en las filas de la oposición organizada. El papel de la JOC (Juventud Obrera Católica) y la HOAC (Hermandades Obreras de Acción Católica) en el desarrollo del nuevo movimiento obrero de Euskadi, simbolizado por el auge de Comisiones Obreras a partir de 1962-1963, es hoy unánimemente reconocido. El papel de su equivalente rural -Herri Gaztedi, juventud popular- en la extensión del nacionalismo radical, simbolizado por ETA, a amplias zonas, en particular de Guipúzcoa, a partir del primitivo embrión bilbaíno, es también evidente. Desde finales de los años sesenta, numerosos curas pasaron ya a militar directamente, y a veces organicamente, en las actividades políticas antifranquistas, en particular como infrestructura de ETA.

En el campo de la cultura vasca esa influencia fue aún más determinante. La ausencia de una universidad pública favoreció el repliegue de los estudios vascos a los conventos y seminarios. Según un estudio de Ibon Sarasola, el 75% de los escritores vascos era, en 1963, formado por clérigos. Una década después, ese porcentaje había descendido al 47%, pero, a su vez, el 21% de los escritores laicos eran personas que habían pasado por el seminario.

La crisis de la religiosidad tradicional, efecto de los cambios sociológicos producidos a partir de 1960, se expresaría en una rápida disminución del número de católicos practicantes, en una profunda crisis de reclutamiento de aspirantes al sacerdocio y en un espectacular proceso de secularización de curas menores de 40 años.

Crisis de religiosidad

A mediados de los años cincuenta, el País Vasco figuraba a la cabeza de las listas sobre la práctica religiosa en España. En Vizcaya, según un estudio del sociólogo francés M. Boulard, el 40% de los ciudadanos cumplía con el precepto pascual (confesar y comulgar por pascua florida). El porcentaje era del 100% en localidades rurales y semirrurales, como Durango y otras. Aunque no existen datos precisos, se considera que hoy cumple el preceptq dominical entre el 5% y el 10% de la población como mucho. Todavía en 1966 se ordenaron en Bilbao 32 nuevos sacerdotes. Diez años después la cifra se había dividido por cuatro. Actualmente la media es de una ordenación al año. En 1960 cursaban sus estudios en el seminario de Derio 649 aspirantes a la ordenación. Desde 1979, la media anual es de unos 40 senúnaristas. La media de edad de los sacerdotes vizcaínos en activo supera actualmente los 55 años. Tales son los datos de la crisis.El período 1968-1969 constituye el punto de máxima tensión entre el clero de base y la jerarquía. El obispo de Bilbao, Pablo Gurpide, suspendió de su ministerio, en octubre de 1968, a 60 sacerdotes que se habían encerrado en el seminario para denunciar la represión franquista y solicitar la dimisión del prelado. Éste fallecería en medio de la crisis, contribuyendo a aumentar el dramatismo de la situación. Durante el encierro nació el grupo Gogor (Firmeza), llamado a tener una gran influencia social en el futuro. En 1969, seis curas encerrados en huelga de hambre en el obispado serían detenidos por la policía y condenados (por rebelión militar) a penas de entre 10 y 12 años de cárcel.

Unos meses después, en vísperas de la jornada pro amnistía del 2 de noviembre de 1969, se firmaba en París un documento contra el régimen, en el que aparece como signatario, junto al PCE y ETA, el Colectivo de Curas Vascos.

Gran parte, seguramente casi todos, de los miembros de aquel colectivo, como de los del grupo Gogor o de las decenas de ellos que a partir de aquella fecha cumplirían diversas condenas en la cárcel especial para clérigos abierta por el régimen en Zamora, abandonarían los hábitos a partir de 1970.

Los ex curas constituyen hoy un grupo no sólo numeroso, sino muy influyente en el País Vasco, en particular a través de su presencia en los medios de comunicación ligados a la izquierda abertzale y en el campo de la ensañanza de la lengua vasca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de abril de 1984