Los clásicos, gran atracción del festival de Berlín
ENVIADO ESPECIALComparándolos con el escaso interés que hasta ahora ha despertado la sección a concurso del Festival de Cine de Berlín, los autores clásicos a los que se rinde homenaje ofrecen una modernidad y un sentido tan vivo de la narración cinematográfica que tientan en ocasiones con la posibilidad de acudir a contemplar sus viejas películas antes que arriesgarse con la aventura de un filme nuevo. Sin duda, ese panorama variará en los próximos días, pero hasta ahora ha sido la proyección de la copia más íntegra que ha podido reconstruirse del Nosferatu que Murnau dirigió en 1921, el acontecimiento más importante del festival.
En 1976, Enno Patalas se propuso invetigar en las distintas copias que de esta obra maestra existen en diversas filmotecas, entre ellas la española, y ahora puede presentar una versión de 92 minutos en la que el bello relato de Murnau se abre a nuevas consideraciones.
Con el mismo interés se están siguiendo las cinco películas de Hitchcock recuperadas tras su retención por las distribuidoras a causa de ciertos problemas legales con sus derechos: Vértigo, El hombre que sabía demasiado, La ventana indiscreta, La cuerda, Pero, ¿quién mata a Harry?, que forman, junto con el ciclo de Lubistch, el atractivo más seguro del certamen.
Porque la competición no ha justificado aún su programa con suficiente fuerza. La decepción general ante la última película de Jean Marie Straub, Relaciones de clase, viene claramente motivada por su asombrosa falta de imaginación ("es como estar viendo una pared durante más de dos horas", se comentaba al finalizar la proyección), sólo ligeramente menor que la provocada por Maurice Pialat con su película A nos amours.
El pacífico silencioso
Rodeada de una familia histérica, su soledad sólo es comparable a la que el espectador siente en la butaca calculando el tiempo que aún resta de proyección. Sensación similar a la que fomenta el filme holandés-belga, El pacífico silencioso, que cuenta el drama de una mujer que regresa de América Latina y decide matar a su hermano enfermo. No le va a zaga la producción húngara Ligeras heridas, que, en clave de dudosa comedia, denuncia indirectamente los problemas de vivienda que existen en aquel país: drama que no inspira mucho humor, aunque el autor lo pretenda con ahínco.No es de extrañar, por tanto, que en ese panorama destaque el lirismo del filme soviético Romance de guerra, de Pjotr Todorovskij, que repite el viejo tema de la recuperación de una antigua historia de amor, pero con una frescura simpática a la que colaboran sus buenos intérpretes. De momento, no hay mucho más en la competición.
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