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Tribuna:Hoy hace 100 años nació 'el príncipe de la poesía catalana'

Del esplendor en la hierba: Josep Carner, en su centenario

Poeta antes que nada, pero también periodista y articulista político -escribió en castellano en El Sol-, traductor de Shakespeare, Dickens y Molière entre otros, autor teatral, director literario, diplomático y profesor universitario, Josep Carner fue calificado por sus contemporáneos como 'el príncipe de la poesía catalana'. Nació en Barcelona el día 9 de febrero de 1884, hoy hace 100 años. Su nombre está asociado con el novecentismo, la normalización lingüística y la plenitud literaria de la Cataluña europea y moderna. Pero su actitud cívica y su empeño como escritor van más allá de la mera perfección de sus versos y de su lengua. En 1923 abandonó Cataluña para seguir la carrera diplomática. "La Barcelona que da tantas becas y prebendas a propios y extraños no ha tenido un refugio para su gran poeta", escribió entonces Gaziel. Este exilio profesional se trocó en exilio político, por mor de la derrota republicana en la guerra civil, primero en México y luego en Bruselas, donde dirigió el Instituto Hispánico. Convertido en símbolo del exilio durante muchos años, su ilusión de retorno sólo pudo cumplirse poco antes de morir, en 1970, coincidiendo con la concesión del Premi d'Honor de les Lletres Catalanes. De él dijo Giuseppe Ungaretti: "Raramente un hombre se muestra poeta en la vida, en la vida de cada momento, como Josep Carner". De sí mismo dijo el poeta: "Se cansarán de mí. Sólo soy un poeta. No hay casa para tal mueble".

Cuando en 1907 Josep Carner publicaba, en la revista Empori, el artículo De l'acció dels poetes a Catalunya, tenía 24 años y cuatro libros importantes para su trayectoria poética: El Llibre dels poetes (1904), Primer llibre de sonets (1905), Els fruits saborosos (1906) y Segon llibre de sonets (1907). De l'acció dels poetes a Catalunya es una lúcida reflexión sobre el espíritu que la lengua impone a la poesía, actualización lingüística de la virtud del poeta. Reflexión importante y más para un escritor cuya lengua literaria, después de 400 años de azarosa supervivencia, había renacido, ya en pleno siglo XIX, al impulso de las energías que las ideas del romanticismo y el desarrollo industrial después, imponen a toda la vida en Europa.En este ensayo, Carner establece tres etapas de modernidad poética en Cataluña. En la primera, el poeta descubre una lengua dormida y rudimentaria que utiliza para la elegía, la expansión beata de sus sentimientos, o para conmemorar solemnidades de la tribu. En la segunda, recuperada ya una cierta dignidad, la utiliza para la descripción y para la lucha. En esta fase el poeta es el cantor del ideal político, el portador de profecías y de memoriales de agravios, el forjador de un vocabulario capaz de dar forma y figura a una tierra, a un país. En la tercera etapa, el poeta no tiene ya necesidad de conquistar su derecho al canto, ni tampoco de otorgarse finalidades redentoras.

Era necesario fundar una patria moderna y dotarla de una lengua ciudadana, natural y útil para el juego elegante, la tesis científica, el discurso político, la literatura y el pensamiento modernos. A esta alta operación estaban llamados los poetas y ésta fue la misión encomendada a los escritores. Era evidente, pues, que la poesía tenía una utilidad social y el poeta un papel importante en el esfuerzo de todo un pueblo hacia su modernización cultural y social. Y entonces se empezó a describir al país con mirada novecentista, es decir, de hombres que se duchaban, fumaban tabaco inglés, practicaban el deporte y tenían un lugar en el rol de la intelligentsia reconocida.

Una forma clásica

Probablemente fue este factor sociológico, esta necesidad fundacional, la causa de que la poética carneriana se apartara, aparentemente, de la de sus contemporáneos más próximos y que, optando por una forma clásica, obtuviera unos resultados figurativos, pura presencia objetiva de una realidad aceptada y deseada conscientemente como cotidiana, que, en principio, parecen distintos a los del simbolismo vigente en los albores del siglo XX.

Es curioso que Josep Carner marque distancias respecto del romanticismo, él que, en pleno siglo XX, realiza una operación semejante a la realizada, en el XVIII, por los grandes románticos. Pues, ¿puede haber actitud más romántica que la de creer posible convocar el espíritu de Grecia, aunque fuera a través de la Alemania goethiana, para dar forma a la Cataluña del recién iniciado novecientos? Carner es un romántico en la medida que es un poeta moderno que siente intensiamente la nostalgia de la mirada y la naturaleza clásica. Esta mirada y esta naturaleza iluminan Els fruits saborosos, libro publicado en 1906, donde unos poemas parnasianos, teñidos por una estética de la cotidianidad, pudieron representar la imagen arquetípica de una Cataluña ideal y de la poesía noucentista. Después, abandona el arquetipo y extraerá de la realidad lo que ella sola segrega: la angustiante pero entrañable repetición de loshechos que componen la vida de los hombres y de los pueblos. Auques i ventalls (1914), Bella terra, bella part (1935), La primavera al poblet (1935) son ejemplos fastuosos donde actúan sabiamente las dos pasiones clásicas: la piedad y el terror -éste en su forma moderna de ironía-. En esta tesitura, la poesía de Josep Carner evidencia un gran talento para revestir con brillos purísimos los hombres las cosas reales de cada día. Porque no se trata sólo de describir tina realidad, sino de conseguir una presencia figurativa capaz de ser- experiencia y apariencia al mismo tiempo, de formalizar un mundo: los cuerpos, los escenarios, la virtud de las gentes que en él viven y mueren. Los ecos ancestrales y la presencia de una tradición vigente que dé sentido y medida a la voluntad de poder ser más perfectos, más modernos.

Tradición y talento

Para conseguirlo, la poética de Josep Carner pone en funcionamiento dos fuerzas que, en su poesía, se aúnan la una a la otra: el conocimiento ole la buena tradición poética y el talento individual capaz de, a partir de la primera, dar el salto cualitativo que representa toda obra nueva y original. Y así, Carner es hoy, como todo gran poeta, nuestro estrictolcontemporáneo, de lectura obligada para todo aquel que piense que la poesía es, además de la expresión de sentimientos, unánimes, una forma de cultura. Alcanzada una plena madurez poética con La paraula en el vent (1914), la poesía de Josep Camer prosigue en su proceso de perfección asimilando e interiorizando, creando obras poéticas capaces de, siendo origiriales, hacer resonar en ellas la gran poesía de todos los tiempos. L'oreig entre les canyes (1920), La inútil ofrena (1924), El cor quiet (1925), El veire encantat (1933), son libros en los que la tradición gen.uina, prefigurada por una lengua ya sin secretos, ha sido forjada y cultivada para entrar, llería de naturalidad, gracia y dignidad, en la gran tradición poética universal doride todas las fronteras y peculiaridades desaparecen para formar parte de otro tipo de figura: la de la gran literatura, sin adjetivos locales. Ejemplo de ello es su gran poema moral, expresión honda de la lucha de la persona humana con su destino, Nabí, escrito en 1935 y publicado, en castellano, en México, el año 1940, y en catalán, en Buenos Aires, el año 1941. Cuando, en 1957, publica Poesia, volumen que recoge 703 poemas publicados entre 1904 y 1953, todos ellos revisados, cuando no rehechos drásticamente, más 148 inéditos, Josep Camer parece querer insinuar que es un nuevo libro, el definitivo, el válido para el juicio de la posteridad. Pues no se trata de una compilación, ni de una obra completa. Escribirá aún tres libros más: Museu zoológic (1963), en versión catalana y castellana; Bestiari (1964) y El tomb de l'any (1966) recogidos, junto a su volumen Poesia, de 1957, en sus obras completas publicadas en 1968, dos años antes de su muerte. Pero es a este libro de 1957, Poesia, publicado por editorial Selecta, y editado, en ausencia del poeta, gracias al esfuerzo de otro gran poeta, Marià Manent, al que debemos referirnos para intentar una síntesis de la poética carnerianaque sea, al mismo tiempo, explicación de su modernidad.

Exaltada la expresividad subjetiva por la libertad y la originalidad -fuerzas básicas de la creación romántica-, la poesía comienza una lucha frenética para buscar una forma de explicar todo aquello que, siendo inherente a la experiencia humana, la razón y la ciencia olvidan, o por desinterés o por voluntad consciente de negar su existencia. La retórica tradicional parece haber perdido esta capacidad, y se establece una cierta oposición entre la forma clásica, dotada de un diseño previo, y la forma moderna que depende del propio proceso creativo. Así, la poesía, a partir del romanticismo, deviene investigación y comienza la crisis del yo omnipresente y sentimental que había iniciado el proceso. Carner, hijo de esta tradición y formado en la lectura de sus mejores representantes, escoge, díscola y críticamente, una posición distinta frente a su referente poético. Con generosa objetividad elige sus motivos en la realidad cotidiana eludiendo, con inocente sabiduría, aquel yo romántico que, ensimismado, ofrece su experiencia sublime como único objeto de interés. Por otra parte, esquiva discretamente la que será explícita solución al subjetivismo, ya sentido como vergonzante, en este nuestro siglo: la fe en la pureza formal de la palabra y en su capacidad para revelar el proceso de creación entendido como forma del conocimiento. Creo innecesario advertir que, llegados a este punto, la crisis de personalidad que el autor siente y provoca en su obra, no es más que un esfuerzo frenético para seguir cultivando un yo que, al sentirse en peligro, necesita todavía más cuidados. Que el énfasis en la técnica y la importancia absoluta de la materia formalizada no son más que una manera de seguir demostrando una libertad y una originalidad cada vez más imposibles o, quizá, ya inútiles. De todo esto creo que se ha dado cuenta el artista de hoy y,como consecuencia, asistimos a la tan aireada crisis de las vanguardias.

Absolutamente moderno

Pues bien, la operación carneriana, sin el suplemento de triste y resignada lucidez de nuestros coetáneos, encuentra una posible solución al problema saltando, aparentemente, hacia atrás. Como dice Juan Ferraté en el prólogo a La primavera al poblet de su edición publicada por editorial 62 en 1978: "Este salto lo situó, de hecho, en la gran línea de la tradición poética occidental que comienza en Teócrito y Calímaco, hacia el 300 a.C., y se pierde en la pura inanidad en el curso del siglo XVIII, justo antes de que surjan Blake y los primeros románticos alemanes". Sin embargo, aun siendo una opinión exacta en referencia al problema de la relación del autor con su obra, también es cierto que, en Josep Carner, tanto los recursos de figuración, como los motivos, o incluso su inherente carga sentimental y reflexiva, son los de un poeta absolutamente moderno. De manera que, en su poesía, el dominio del lenguaje aparece como elegante naturalidad; la inspiración como resultado de las dos pasiones fundamentales, el terror y la piedad, matizadas y cinceladas por el talento poético individual; y la experiencia, algunas veces irónica y muchas veces patética, siempre parece como verdad. Por todas estas condiciones, más la presencia de una tensa perfección y de una radiante armonía, la lectura, hoy, de la poesía de Carner es una fiesta.

Dolors Oller es crítica literaria y profesora de la Universidad Autonórna de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de febrero de 1984