Una crisis a largo plazo
Al cabo de casi una semana de incidentes, la calma, de forma precaria, vuelve despacio a Tunicia. Los transportes y los comercios funcionan de nuevo más o menos normalmente, pero se percibe una cierta intranquilidad en el ambiente.El Ejército y la policía están en las calles y, aunque el sábado próximo es la fecha que el Gobierno se ha fijado para restaurar oficialmente la normalidad, contando, seguramente, con encontrar desde hoy hasta entonces un compromiso con los sindicatos -después de que varios centenares de los que considera agitadores hayan sido detenidos- existe el convencimiento de que las causas profundas que están detrás de estos incidentes, independientemente de una posible manipulación extranjera de la situación, no es posible resolverlas ni en tan breve plazo, ni siquiera en plazos mucho más largos.
Tunicia inicia un ano de 1984 difícil y crítico, como ocurre, por demás, entre otros vecinos del Magreb. Aunque el primer ministro, Mohamed Mzali, parece haberlo hecho bien desde que está en el poder, muy particularmente en 1983, en que logró reducir la inflación y alcanzar un cierto crecimiento, el deterioro acumulado de la coyuntura económica desestabiliza por sí solo su gestión.
Marruecos, que se encuentra en una situación parecida en lo económico, ya ha conocido en los primeros días del año pequeños incidentes que amenazan con extenderse.
Quizá por ello, la oposición marroquí veía el jueves, en la crisis tunecina, un anticipo de lo que pudiera ocurrir en Marruecos y advertía al Gobierno de sus posibles consecuencias, a la par que le pedía que tomara unas medidas que en verdad éste no puede tomar sin cambiar el contenido mismo del sistema económico vigente en el país.
En Túnez no se ha tomado ninguna provisión parecida, pero está claro que el hombre de la calle no está de acuerdo con el carácter extremista y violento que ha tomado la protesta por estas alzas de precios.
Ayer decían algunos que está muy bien discutir, negociar y presionar al Gobierno, para que no agobie tanto a los trabajadores, pero que los comerciantes saqueados, los automovilistas que han visto sus coches quemados, y los transportes públicos destruidos, no son responsables de la crisis.
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