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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Nacionalismo catalán y neonacionalismo español

JOSEP-MARIA PUIGJANEREl autor del presente artículo elogia que el presidente del Congreso, Gregorio Peces-Barba, haya reconocido públicamente a Cataluña como nación. Sin embargo, critica veladamente la apelación de Felipe González a recuperar el orgullo nacional, por su posible traducción en la resurrección de un 'neonacionalismo españolista' que, a su juicio, crisparía a los nacionalismos catalán y vasco.

Un manifiesto con el título Cataluña, democracia, solidaridad sacudió levemente el frío político de los últimos días del año que hemos dejado ya para los anales de la historia. El manifiesto tuvo la simpática osadía de romper el silencio cuasi reverencial que se había hecho en torno al recién estrenado relevo socialista en el Gobierno español.El autor, Arnau de Vilanova. No, por supuesto, el médico-filósofo-visionario, coetáneo de Ramón Llull, que llenó décadas de la Alta Edad Media, sino un club de opinión suprapartidista que lleva casi dos años de vida, con sede en Barcelona. El manifiesto, del que EL PAIS se hizo eco era una neta y contundente afirmación catalanista en forma de relación numerada de las cotas mínimas que un nacionalismo catalán nada maximalista tiene derecho a esperar de un Gobierno que se presenta precedido por el estandarte del cambio. El documento suscitó una larga estela de trescientas firmas, algunas de ellas de máximo relieve, entre las que se encuentran las de conocidos militantes y simpatizantes del Partit dels Socialistes de Catalunya-PSOE y, por supuesto, representantes eximios de todo el espectro político catalán, a excepción de los centristas de UCD y, claro está, de Alianza Popular.

Para quien no haya tenido acceso directo al documento, debo decir que, a mi juicio, los redactores del texto lograron zafarse -cosa nada fácil- de la frase desafiante, del verbo retórico, de la sistemática incredulidad con que desde Cataluña solían acogerse los propósitos y promesas políticas de los Gobiernos del anterior partido mayoritario. El manifiesto es más bien una constatación inspirada por la sinceridad y por un evidente esfuerzo de objetividad ante la nueva etapa española, que se ha estrenado bajo el signo del cambio, un signo que no está en el zodíaco, pero que, a nivel estatal desvela esperanzas y genera entusiasmos ya perdidos.

El documento enfocaba sin prejuicios, sin miedo, la compleja realidad de la Cataluña actual. Sin duda, hoy tanto o más que en otras épocas, el hecho nacional catalán se encuentra en una coyuntura histórica singular. Cataluña es una entidad colectiva nacional a la que dan consistencia tanto la conciencia vigilante de los catalanes viejos como la voluntad de incorporación y de participación de los catalanes nuevos. Me refiero, claro está, a una incorporación libre, firme y constante, a partir, sobre todo, de las nuevas generaciones. De paso, conviene decir que Cataluña no tiene en la mano -¿tendrá algún día?- todas aquellas herramientas accesorias para una construcción moderna de su ser nacional. Las conseguirá, si acaso, con derroche de esfuerzo y de lucha pacífica, porque a Cataluña nunca nadie le ha regalado nada, ni siquiera la naturaleza. Lo que tiene es todo ganado a pulso.

El mismo día en que un periódico barcelonés publicaba el manifiesto del Club Arnau de Vilanova, el señor Peces-Barba, presidente del Congreso de los Diputados, aseguraba, también en Barcelona, que no tenía inconveniente alguno en aceptar que Cataluña es una nación. Fue una declaración memorable por osada, por inesperada, por desafiante. Hablar así, a pecho descubierto, de nación cuando la Constitución vigente sólo se ha atrevido a consagrar nacionalidades es un acto de libertad de espíritu político al que, desde una óptica nacionalista catalana, sólo pueden dedicarse elogios. La del presidente del Congreso es, evidentemente, una actitud rara en un político no catalán o no vasco. Hasta ahora, el predicado nación había sido excluido terminantemente de la terminología ortodoxa de los políticos estatales. Aunque, en honor a la verdad, no es lícito olvidar que el mismísimo Felipe González, hoy presidente del Gobierno, contestó hace cuatro o cinco años a la pregunta formulada por un periodista sobre si creía que Cataluña era o no una nación, con esta afirmación tan clara como sibilina: "Sí, siempre que los catalanes quieran". Peces-Barba ha ido por otros derroteros. El suyo ha sido un sí más rotundo a la nación catalana, una afirmación sin condiciones, como si asumiera sin pestañear la historia nacional de Cataluña, como si quisiera apalancar sin recelos el hecho de su presente y de su futuro como nación. Añadió, a renglón seguido, el presidente del Congreso que él concibe España como "una nación de naciones". Esa expresión, que, por cierto, se inscribe en la línea de la más rancia tradición federal, es ya harina de otro costal. Ante ella cesan los aplausos unánimes y cerrados de todos los nacionalistas. Aunque algunos la suscriben, otros se quedan presos de un impresionante silencio. Es el silencio que acompaña a la duda de si las naciones englobadas por la nación no serán naciones de segunda categoría. La duda sobre si se conciben dos clases de naciones: la nación por antonomasia, la Nación con mayúscula, con derecho a poseer su propio Estado, y la nación en minúscula, sin derecho a constituirse nunca en Estado. Con esta distinción no pretendo definir cuál es la estructura más idónea para el conglomerado de pueblos que hoy configuran el Estado español, o incluso la península Ibérica. Lo que sí advierto es que la expresión nación de naciones, aplicada a España, suscita no pocas y quizá fundadas desconfianzas, y no se compadece con la idea más correcta del Estado plurinacional. Porque, vamos a ver: si lo que debe prevalecer son los intereses de la nación grande sobre las naciones pequeñas, el poder de la patria materna sobre las patrias chicas, estamos perdidos. Y no hay que ocultar que, lamentablemente, así lo entiende una gran mayoría de celtíberos, mesétarios o no, que todavía no están para esos trotes del reparto de poder que, lógicamente, conlleva el planteamiento de un Estado autonómico.

Esa desconfianza, ese recelo carcomiente al que acabo de referirme, probablemente no se daría si las naciones que coexisten en la realidad de esa rara y compleja España hubieran sido tratadas como tales, siquiera durante el último siglo, por el Estado. Pero las cosas son como son y no vale esconder la cabeza bajo el ala. Esas naciones han sido, no tratadas, sino maltratadas como tales, sobre todo en aquellas circunstancias históricas en que, por imperativos de la necesidad,-llámese derrota militar, crisis económica o simple cambio de tercio político- hay que poner otra vez en órbita el neonacionalismo españolista. Precisamente ahora nos encontramos en una de estas coyunturas históricas. Ha sido el propio presidente del Gobierno quien ha apelado a la recuperación del orgullo nacional como un valor positivo a integrar e instrumentalizar en el nuevo estilo político. Recordaba oportunamente Juan Luis Cebrián que el vigoroso sentimiento patrio de que acaba de hacer gala Felipe González evoca épocas periclitadas en que se oía por todos los rincones peninsulares el eco retórico de los luceros, algo asi como un revival de los tópicos de la generación del 98. Al fin y al cabo, el regeneracionismo que aquel movimiento finisecular propugnaba era, en última instancia, consolidación de una visión de España desde el centro, mejor todavía, desde Castilla. Baste recordar aquella aseveración granítica, escalofriante, de Ortega y Gasset: "España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral". La pontifical advertencia de Ortega es capaz de helar la sangre y convertir automáticamente en intruso a cualquier político al servicio del Estado no nacido en la meseta. Es inevitable que, si las máximas instancias gubernamentales piensan en serio orquestar un neonacionalismo españolista trasnochado -por unilateral y por excluyente de todos los demás- para inyectar moral de victoria a un país en crisis, se origine a corto plazo una lucha, nada aconsejable, entre nacionalismos. Un neonacionalismo españolista de viejo cuño no hará más que excitar a los nacionalismos vasco y catalán y provocar su inmediata crispación. Porque, ¿puede alguien que piense sensatamenate esperar que por lo menos las dos naciones históricas -Euskadi y Cataluña- tengan estómago político para encajar otra vez la lista de los reyes godos o cantar España es la mejor, del inefable Manolo Escobar?

Josep-María Puigjaner es periodista y escritor, miembro del Club Arnau de Vilanova.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de febrero de 1983