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Tribuna:Crónicas urbanas

Servicio de urgencia

Un forzudo de bata blanca preguntó quién era el responsable de aquel sujeto, pero allí nadie abrió el pico, porque sus familiares estaban en ese momento ya a la altura de Calatayud, en dirección al Pirineo, en un coche cargado de esquís, y entre ellos se cruzaban apuestas acerca de qué diablos operarían al abuelo durante estas vacaciones. Pero el viejo era de los que no se arredran, y, tras ser expulsado de la sala de urgencias de aquel hospital, para iniciar sus jornadas de liberación se permitió el lujo de darse un masaje a manos de una oxigenada rubia con trenzas. No tenía dinero, pero, para abonar los servicios prestados, abrió el cajón de la cómoda, sacó el joyero y le regaló a aquella obrera del amor un guardapelo de oro y demás baratijas de sus hijos. Era el principio de una venganza contenida de varias vacaciones en que le habían estirpado una especie de bulto en la cococha izquierda, le habían abierto en canal para nada concreto o metido un tubo por el recto para explorarle el colon sin éxito alguno. Toda una costumbre de los modernos habitantes de las grandes urbes de nuestro tiempo.

Desde el servicio de urgencias del gran hospital parecía que la ciudad se encontraba bajo un extraño combate en la noche, las camillas rodaban en el vestíbulo empujadas por enfermeros con la colilla en la boca y las ambulancias seguían desembarcando más bultos desangrados en la rampa de acceso. Sin contar hemorragias, apendicitis, infartos, cólicos misereres y abortos de costumbre, el parte de guerra hasta ese momento era el siguiente: un herido de navaja en una reyerta de chulos, un niño que se había tragado un tenedor, un drogadicto rescatado en estado de coma en el retrete de una cafetería, varios albañiles quebrantados por caída del andamio, una actriz secundaria que se había bebido medio litro de lejía, una vieja planchada por un coche, un árabe con un tiro anónimo en el vientre, un homosexual al que habían descerrajado el trasero con una palanqueta y un abuelo con peluquín de color azafrán, sin el menor síntoma de daño alguno, abandonado en el pasillo del sanatorio por su familia que se largó a esquiar a Baqueira-Beret.Aunque el corredor estaba atascado de camillas en vía muerta, el día había sido muy tranquilo y en el quirófano de urgencia los cirujanos de guardia, armados con serruchos del cinco, daban buena cuenta de los casos más extremos, cortaban intestinos a ojo de buen cubero, empalmaban arterias, hacían raspados de matriz o lavados de estómago, ponían una goma en cada nariz canturreando fragmentos de zarzuela por debajo de la mascarilla. De pronto, en el fondo del sótano se oyó un grito de mando, seguido de un gran cacareo de monjas.

-¡Largo! ¡Fuera de aquí!

-¿Qué sucede, doctor?

-Llamen a un guardia. Que se lleve a ese señor de la peluca.

- ¿Qué ha hecho?

-Es la cuarta vez.

Por detrás de una mampara de vidrio apareció el abuelo con bisoñé de color azafrán, conducido férreamente del brazo por dos enfermeras hacia la sala de espera, donde había gente afligida comprimiéndose el moquillo con el pañuelo. Un forzudo de bata blanca con voz estentórea preguntó quién era el responsable de aquel sujeto, pero allí nadie abrió el pico, porque sus familiares estaban ya a la altura de Calatayud en dirección al Pirineo en un coche cargado de esquís y entre ellos se cruzaban apuestas acerca de qué diablos operarían al viejo ahora. Podían sacarle la vesícula, rebanarle la próstata, amputarle un trozo de algo o encerrarlo sin más en un pulmón de acero. En el registro de entrada del gran hospital constaba el número de su cartilla del seguro y por ello se supo enseguida, mediante ordenador, que aquel hombre había sido intervenido quirúrgicamente tres veces en un solo año. Durante las vacaciones de Semana Santa le habían extirpado una especie de bulto en la cococha izquierda, en el mes de agosto le habían cortado en canal por nada en concreto y en el puente del día de difuntos le habían metido un tubo por el recto para explorarle el colon sin éxito.

No se puede deambular impunemente por un servicio de urgencia de la Seguridad Social, como tampoco debe uno entretenerse demasiado en el depósito de cadáveres. Llegas allí a entregar un paquete o a saludar a un amigo y al menor descuido alguien te envuelve en una sábana, te extiende en la piedra, y al instante unos fantasmas verdes van hacia ti con un cuchillo tratando de repararte algo y te hacen la autopsia. Aquella familia era muy ordenada. Iba a misa, pagaba los impuestos y tenía el respeto de todos los menestrales del barrio, pero quería ir tranquilamente a Benidorm o a Baqueira Beret o a las Rías Bajas sin tener que cargar con el abuelo. Para eso siempre usaba el mismo truco, como hacen otros. Antes de emprender un viaje ponía al viejo en unas parihuelas y de forma compungida, llenándole de besos, le ingresaba en el hospital en medio de un barullo de ambulancias con enfermos graves, le abandonaba en un pasillo y a, partir de ahí todo quedaba en manos de la suerte. Pero esta vez un médico, después de palparle el hígado, descubrió el juego y el tipo del peluquín color azafrán fue arrojado a las tinieblas.

Jornadas de liberación

Aquel día, a las siete de la tarde, el anciano se encontraba solo en la calle bajo las estrellas de enero. Que a uno le echen a patadas de un quirófano y que tampoco estés bien visto en el depósito de cadáveres es lo último que le puede pasar a un hombre de mediana dignidad, aunque aquel sujeto no era de los que se arredran fácilmente. Para empezar encendió un puro en la esquina, disparó un esputo de ira en la calzada y al amparo de una marquesina pensó un momento qué podía hacer. La familia estaba muy lejos chapoteando en la nieve, el piso había quedado cerrado, él no tenía llave, y la ciudad se veía rutilante de luces en la noche. El viejo se subió las solapas del abrigo y decidió meterse en un cine porno, que tenía dos salas. Entre bocanadas de cigarro habano le preguntó aviesamente a la taquillera.

-¿Qué ponen ahora?

-Sexo profundo.

-¿Y después?

-Orgía para hembras calientes.

-Deme dos entradas.

En la oscuridad se oían ardientes quejidos, en la pantalla se debatía, un fregado de cuerpos pelados que hacían el amor al compás del bolero de Ravel y en el patio de butacas había otros solitarios como él, diseminados uno en cada fila con un periódico para el entreacto. Aquello era un número fino, de modo que los muslos y los senos de la novicia tenían un esfumado en rosa, la cámara rondaba por la silueta del pubis vadeando el tarro y de repente allí mismo la imaginación del viejo estalló. Se encontraba perfectamente bien. En ningún momento sintió la mínima angustia por verse abandonado. Al contrario, la soledad le había llenado la cabeza de proyectos.

De regreso a casa el hombre compró algunas revistas eróticas y se detuvo media hora frente al escaparate de un sex-shop. Era un mundo misterioso de botellines, aparatos ortopédicos, ungüentos, correajes, ligueros y cajas cerradas, que escondían tal vez una antigua aberración dormida, aunque todo eso podía esperar a mañana. Ahora tenía que despertar al conserje para que le ayudara a forzar la puerta del piso. Como así lo hizo. Y a medianoche, el abuelo se encontraba ya sentado de nuevo en el salón familiar deshabitado, rodeado dé anaqueles con tomos de jurisprudencia, severos muebles castellanos, bandejas de plata, búcaros de porcelana, vitrinas de losanjes emplomados y óleos de caballeros cristianos con golilla. La familia estaba durmiendo lejos, en un albergue de montaña, pero en casa ahora mandaba él. Apoltronado en el sillón del yerno se puso a ojear una revista pornográfica y de la sección de anuncios eligió el número de teléfono más excitante. Elegancia, capricho, fabuloso relax. Bellísimas señoritas, chicos, trasvestis. Juventud, delicadeza y simpatía. Domicilio y hotel.

-Oiga. ¿Es usted Fedora?

-Diga.

-Quiero uno de esos masajes. Mándeme a una prójima.

-Muy bien, señor.

-Que sea rubia con coletas.

Para iniciar las jornadas de su liberación el viejo se permitió el lujo de darse un masaje a manos de una rubia oxigenada y para eso escogió el lecho matrimonial de sus queridos hijos. Después de la gran faena el hombre se sintió espléndido. No tenía dinero, pero abrió el cajón de la cómoda, sacó el joyero y le regaló a aquella obrera del amor un guardapelo de oro y una sortija con cuatro brillantes. Luego quedó dormido como un pachá.

Un secreto capricho

Al día siguiente comenzó a trabajar desde abajo. Necesitaba algunos billetes para cumplir un capricho, que había guardado durante mucho tiempo en secreto. Cogió un saco de buen tamaño, lo llenó de bandejas, cuberterías de plata y ceniceros de cristal tallado y se fue con el cargamento a una tienda de empeños. Las 100.000 pesetas le bastaron para entrar triunfalmente en el sex-shop, donde se hizo servir de todo, muñecas hinchables, látigos, vestidos de tanguista, bragas rojas con cabecitas de gata, preservativos con crestas de gallo, vibradores depilas, equipos de domadora, potros de tortura, hasta agotar las existencias. El pedido llegó a su domicilio en grandes cajas, que fueron abiertas por los cargadores en el salón principal. Pero el abuelo quería, más cosas todavía y allí mismo se hizo el trato. Podía entregar el televisor, el tocadiscos y una pianola de principios de siglo a cambio de esa maniquí de goma, rellena de agua templada, que simulaba los suspiros del orgasmo mediante un transistor incorporado.

-¿Desea algo más?

-Tres litros de afrodisíaco.

-Eso vale una pasta. Es japonés.

-Pueden llevarse la biblioteca.

Estaba viviendo un sueño oriental. Por la mañana se levantaba a las once, desayunaba enormes bollos con mermelada en una cafetería, se metía en una sesión de cine porno, almorzaba en restaurantes de cinco tenedores, dormía la siesta con la mejor chica del elenco en las salas de masaje donde había hecho famosa su peluca de color azafrán y veía otras películas eróticas por la tarde mientras los chamarileros le iban vaciando la casa de enseres hasta quedar, despoblada de todo, menos de las últimas joyas de la familia, que reservó para pagar en especie las orgías nocturnas a domicilio. Hasta ahora el cuerpo le había respondido perfectamente a cada deseo imaginativo, gozaba de una salud de hierro y los pasillos de casa comenzaron a llenarse de botellas derribadas de champaña y otros restos de francachela. Pero el abuelo tenía una aspiración inconfesable, una clase de pez oscuro deslizado en la mucosa del cerebro. Aquel anuncio de la revista le traía el recuerdo de una dulce morbidez, le agitaba un fondo turbio que no se atrevía a liberar, aunque le excitaba mucho. Chico y travesti directamente. Servicio veinticuatro horas. ¿Te seduce la intriga de algo nuevo, único, excepcional en su estilo? Conoce nuestro método. Tenemos una particularidad que nos distingue. Si nos llamas, la descubrirás.

El viejo estaba sentado en la gran poltrona del yerno mirando fijamente el teléfono, con una duda enquistada. En el salón quedaban ya sólo dos muebles, era un espacio desolado sin alfombras, libros, cuadros, tresillos, mesas, floreros, lámparas, que se habían llevado en sucesivas carretas unos gitanos del Rastro. Las paredes desnudas habían sido adornadas con los colgajos del sex-shop y por allí se veían látigos, correajes, aparatos de tormento, muñecas y vestidos de gasa, todo presidido por un sillón casi frailero donde ahora el viejo se encontraba aposentado con el teléfono a los pies. Entonces tomó la decisión de llamar.

-Oiga.

-Dígame.

-¿Eres tú ese chico que se anuncia?

-Sí.

-¿Quieres venir a casa?

En ese momento la familia de este abuelo precoz también estaba llegando a Madrid, muy tostada por la nieve del Pirineo, en un coche cargado de esquís y se dirigía hacia el hospital para recoger el bulto de su antepasado cruzándose apuestas entre hijos y nietos acerca de qué le habrían operado esta vez. El riñón tenía muchos partidarios, lo mismo que la próstata. Ellos se acercaron directamente a recepción en medio de un barullo de camillas y gente descalabrada y preguntaron si el paciente Amadeo Pérez Rey, cartilla del seguro número 43.128, se encontraba internado en la UVI. Después de una búsqueda inútil por salas, pasillos, quirófanos, consultas y depósitos de cadáveres la familia regresó a casa y allí en el rellano se sorprendió al ver la puerta abierta de par en par, con la cerradura descerrajada. En seguida pudieron ver todos el espectáculo. El viejo aparecía sentado con majestad en el sillón frailero, único mueble del salón principal, vestido de tanguista con medias negras, tacones de aguja, bragas rojas con liguero, mantón de Manila y una peineta en la peluca de color azafrán. Llevaba los labios pintados en forma de corazón, tenía dos alas de murciélago decoradas de violeta sobre los párpados y la cara revocada con polvos de arroz. El espanto tumbó de espaldas a la familia, pero el abuelo les dijo con una sonrisa muy dulce, que estaba esperando a un amigo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 1983