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Editorial:

Rebelión en El Salvador

EL ENFRENTAMIENTO entre un coronel y el ministro de Defensa de El Salvador, que parece resuelto por un dudoso e inquietante pacto, tiene una profundidad mayor que la simple apariencia bufa de un coronel que no acepta un traslado; y, a pesar del pacto, puede tener más consecuencias. Ya el simple hecho de que el poder haya cedido, aceptando que el coronel continúe al mando de sus tropas y se anule la orden de traslado al extranjero (agregado militar en Uruguay) sin aplicarle ninguna sanción indica una debilidad o una impotencia gubernamental. El coronel Ochoa tiene fama de eficacia y valor personal en la lucha contra las guerrillas: también la tiene de que su respeto a los derechos humanos es mínimo, si no nulo. Y el ministro de Defensa, general José Guillermo García, es el hombre a quien se atribuye el verdadero poder en El Salvador, a la sombra del jefe del Estado, Alvaro Magaña. José Guillermo García parece estar intentando una cierta operación negociadora con la oposición, incluso con apoyo aparente de Reagan, -el embajador de Estados Unidos, Deane Hinton, ha tenido entrevistas directas con García últimamente-, con vistas a una pacificación. La parte más dura del Ejército repudia ese apunte de solución: y con ella puede estar el jefe de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), mayor Roberto d'Abuisson, a quien se aplica con bastante frecuencia el calificativo de fascista.En la decisión gubernamental de nombrar al coronel Sigfrido Ochoa Pérez agregado militar a la Embajada de Uruguay hay -aparte de enfrentamientos personales- el principio de apartamiento del mando de los jefes militares, incompatibles con cualquier negociación y que se dicen capaces por sí mismos de acabar con la guerrilla si los políticos les dejan las manos libres. Aserto poco verificable, porque las manos libres han servido hasta ahora para las matanzas de numerosos campesinos, pero han progresado poco en la eliminación de los movimientos guerrilleros. En estos mismos momentos hay una ofensiva en curso (con resultados contradictorios, según las fuentes de información: el Gobierno la considera fracasada, mientras los guerrilleros anuncian la ocupación de ciudades como Tejutla) y no hay ninguna señal evidente de que la fuerza pueda llegar a sofocar el movimiento. La guerrilla arde, los países limítrofes están en ebullición....

En esa circunstancia, la insubordinación del coronel Ochoa puede haber sido un intento de actuar como disparadora de otros elementos militares descontentos. El mismo Ochoa ha querido limitar el alcance de su acto, asegurando que en ningún caso se trataba de un intento de golpe de Estado; y el ministro de Defensa, curiosamente, ha tendido también a minimizarlo; a él pertenece el calificativo de insubordinación para reducir el alcance mismo de lo que, con un vocabulario menos exquisito, es una rebelión militar, a la que se sumaron algunos otros coroneles. Pero el grueso del Ejército no se ha movido: por lo menos, aparentemente. El hecho de que el Gobierno se haya limitado a anular su nombramiento de agregado militar y no haya aplicado ninguna fórmula de sanción parece indicar que la presión militar ha ido en ese sentido: no favorecer la rebelión, pero no tolerar ninguna forma de condena al rebelde.

Lo que parece indicar que la cuestión militar en El Salvador es extremadamente aguda y que los proyectos gubernamentales de buscar una fórmula pacificadora no van a prosperar fácilmente. Como la situación general es grave, si la negociación no progresa muy rápidamente y las ofensivas guerrilleras continúan, hay muchas posibilidades de que un próximo movimiento militar vaya bastante más allá que la insubordinación del coronel Ochoa; es posible que muchos mandos militares estén ya actuando fuera de las normas gubernamentales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de enero de 1983