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Editorial:

Polonia, más allá del espectáculo

PARTE DE la política mundial está concebida hoy a la manera de espectáculo, de demostración. Una política audiovisual. Las manifestaciones, desfiles o actos de Solidaridad en Varsovia, en una fecha fija y significativa -el aniversario del día en que el pueblo advirtió la independencia de su propia fuerza-, tienen ese aspecto de espectáculo para hacer ver al régimen, a la URSS y, sobre todo, al mundo exterior la permanencia de su protesta. Jaruzelski había dado su propio espectáculo días -antes en una ceremonia militar bien montada: coreográfica, escenográfica, con un texto medido de inflexibilidad con brevísimos apuntes conciliadores. El resultado de este espectáculo doble es el de que los manifestantes obligan a Jaruzelski a,no abandonar el terreno en el que ellos quieren que esté: en el del represor, el gobernante que no puede salir de la ley marcial si quiere mantener su ficción de legalidad. A su vez, Jaruzelsi exhibe la situación de violencia como obra de una minoría desbandada, que ni siquiera atiende las instrucciones de comedimiento dadas por la Iglesia; por tanto, en este orden de razonamiento justifica su necesidad de proteger el pais.Pero hay un más allá. Jaruzelski y la Unión Soviética deben tener con respecto a Polonia motivos de preocupación mucho más graves que los que puede suministrar la pugna espectacular del 31 de agosto. Manifestaciones -con tres muertos- y desafíos no pasan de ser la punta de un iceberg cuya enorme masa está por debajo del acontecimiento. Puede decirse que es prácticamente la totalidad de la población la que no acepta la forma de dictadura militar impuesta ni la generalidad del régimen comunista. Como toda.irrupción de una dictadura, la de Jaruzelski tuvo que aparecer precisamente porque la totalidad de la nación, con las excepciones fácilmente contables de quienes viven del régimen o de quienes tienen motivos para temer el cambio, había repudiado el sistema. El largo año de la resistencia polaca trasciende de un mero tema nacional: es un signo vivísimo de la incapacidad del sistema comunista, del desarrollo aberrante de la revolución de octubre de 1917, que ha llegado a su propio aniquilamiento. Lo es más aún que los sucesos que suelen citarse junto al nombre de Polonia: los de Hungría, y Checoslovaquia. En Budapest aún podría creerse en una cierta manipulación y en una forma de engendrar la subversión por elementos de la guerra fría; en Praga podía creerse que lo que se buscaba era una inflexión del comunismo para volver a empezar desde el cero de la democracia popular, desde el principio, de otra forma de libertad. Polonia no ha dejado lugar a dudas de que ha sido la clase obrera, y no los intelectuales soñadores ni los agentes de la CIA, o la mano negra de la Iglesia, o la propaganda de las toscas emisoras de radio americanas, la que ha repudiado el régimen interno y, simultáneamente, la instalación de ese país en un sistema o en un bloque que no aceptan: y, a partir de la clase obrera, todos los estamentos del país. Es cierto que todos esos otros factores superpuestos alientan y estimulan esa insurrección, y algunos de ellos tratan de llevarla mas allá de lo posible. Pero de la misma manera que el aliento o el fomento de la URSS a ciertas situaciones en el mundo islámico, en Africa o en América son elementos secundarios que no podrían funcionar sin una causa primaria, las intervenciones en Polonia son poco significativas.

La causa primaria de los polacos es bien sencilla: treinta y cinco años de régimen no han conseguido más que repartir la miseria, en lo diario; no han creado un pensamiento o una doctrina convincentes, en lo moral; y el caudal de esperanzas para el futuro se ha agotado. No las hay dentro del sistema. La permanencia y crecimiento de la Iglesia católica, arraigada de antiguo, puede considerarse clomo la fijación del punto doctrinal esencialmente distinto del que se proponía desde el Estado. Y el nacionalismo, también nacido de la vieja tradición de un país cien veces agredido desde fuera, como la negación de una forma de internacionalismo que se convertía en otro tipo de opresión: una opresión de semblante amistoso, sonriente y fraternal, pero que ha esquilmado al país.

Es todo eso, mucho más profundo que los espectáculos de Varsovia, lo que debía preocupar, y sin duda preocupa, a las altas clases dirigentes de la URSS y de los países comunistas. Lo que puede preocupar, desde fuera, es la falta de salida para estas situaciones anacrónicas, desprovistas de médula. Y el hecho de que una sensación de cerco, de amenaza o de guerra les pueda permitir la conversión de lo que un día presentaron -porque lo creían- como la gran fórmula de la nueva humanidad en una simple fortaleza defensiva, en una cuestión de vida o muerte, de todo o nada. Dentro de la cual la vieja revolución se devora a sí rriísina, se aniquila. Los espectáculos de Varsovia pueden no servir para nada: ni los manifestantes van a cambiar así el régimen que detestan ni los represores van a impedir la negación cada vez más absoluta de todos los ciudadanos. El 31 de agosto, sobre todo, nos ha mostrado esa permanencia de las posiciones adversas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 2 de septiembre de 1982