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Editorial:

Mitterrand y Reagan

MITTERRAND ES más fácil para Estados Unidos de lo que lo fue Giscard y todos los presidentes que han seguido el nacionalisrrio exacerbado que implantó y dirigió el general De Gaulle. Es más fácil Miterrand en la medida en que es más atlantista, más inclinado hacia formas tenues de lo supranacional. Por otro lado, su etiqueta de izquíerda de origen marxista y la presencia de ministros comunistas en su Gobierno le hace mostrar, para evitar sospechas, los gestos más duros de repudio hacia la Unión Soviética sobre el asunto polaco. Su necesidad de respaldo financiero y confianza económica para sus modificaciones internas le obliga además a ofrecer garantías a sus capitalistas -con tendencia a no participar y si es posible a sacar su dinero hacia Suiza- de que Washington apoya.Toda esta aproximación de Mitterrand hacia Estados Unidos no le impide mantener firmes unos puntos de vista muy ajenos al pensamiento de Reagan, como lo ha hizo en las tres horas de entrevista -entre dos vuelos de Concorde- que han tenido lugar en la capital americana la semana pasada. Uno de los puntos en discusión es el del gas siberiano, cuyas obras de comercialización Francia ayuda a financiar y de cuyo producto espera beneficiarse (como España). Reagan es contrario a este proyecto y ha intentado congelarlo dentro de su política de sanciones a la URSS por el caso polaco: teme que una Europa con cierta dependencia energética de la URSS sea una Europa pasiva y entreguista. La forma de presentar el tema por parte de Mitterrand es la de que probablemente se trata de una manera de compensar el daño que hace a la economía europea el plan económico y financiero de Estados Unidos. Reagan estaría más fácilmente dispuesto a aceptar el gas soviético que una reforma de su plan económico.

El otro punto de discordia es el de Latinoamérica y, en estos momentos precisos, el de América Central. Francia vende armas a Nicaragua, y no acepta la situación de Guatemala, ni las soluciones de Washington para El Salvador... Lo que cree Mitterrand es que la política intervencionista y el mantenimiento del terror y la dictadura van en contra del deseo general de democratlzar seriamente la extensa zona peligrosa. Mitterrand y Reagan comparten la misma necesidad de evitar un comunismo en los países amenazados, y de controlar una eventual expansión de la URSS, por sí misma o a través de Cuba. Es en los métodos en lo que los dos estadistas occidentales difieren.

Las diferencias entre Mitterrand -y una mayoría de los gobernantes y los pueblos de Europa- y Reagan son, así, más que nada de ideas o de filosofía política. Europa aún cree, y parece que cada vez con más firmeza, que todos los puntos de discordia, desde el global Este-Oeste a los menores, deben ser tratados con espíritu de conciliación, con atención superlor a las situaciones sociales y políticas, con ánimo de coexistencia, aunque sin desarmar la OTAN ni dar sensación de debilidad. Estados Unidos opta, en cambio, por la exhibición de fuerza, que supone es mucho más eficaz y sustituye a cualquier otra política. Esta diferencia básica está haciendo brotar una especie de nuevo antiamericanismo -canalizado por el pacifismo y por una tendencia nacionalista- en los países europeos. Lo mismo que ya se aprecia, quizás con mayor énfasis, un antieuropeísmo de los grandes círculos políticos de Washington y en general de los despechados americanos que han votado a Reagan.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 16 de marzo de 1982