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Tribuna:

Catedrales que se caen

El patrimonio artístico español está amenazado, en unos casos por la especulación y en otras ocasiones por los efectos de la contaminación del medio ambiente, entre otras erosiones. El pasado viernes, el Consejo de Ministros aprobó un acuerdo por el que se dictan instrucciones para la adquisición, por parte de la Administración del Estado y de sus organismos autónomos, así como por la Tesorería General de la Seguridad Social, de bienes inmuebles situados dentro del perímetro de los conjuntos histórico-artísticos. Con esta medida, la Administración quiere conservar y rehabilitar los bienes que integran un patrimonio amenazado tanto en las grandes ciudades como en los pequeños núcleos rurales. Mientras esa amenaza se extiende, sigue pendiente la ley del Patrimonio, las catedrales se caen y esta riqueza patrimonial se evapora. En esta página se ofrecen tres detalles puntuales de una situación mucho más amplia y muy preocupante.

España es una primera potencia clarísimamente en el terreno cultural, y más específicamente en patrimonio histórico-artístico. Quizá un buen procedimiento para comprender cuál sea el estado de este patrimonio nos lo dan las catedrales españolas. En efecto, como se sabe, así como la arquitectura civil de otros países europeos puede tener una mayor importancia artística, en cambio, en arquitectura religiosa, un papel decisivo en la historia del arte de todas las épocas corresponde a edificios españoles.Como en otros países, la construcción de las catedrales españolas representa un esfuerzo colectivo y duradero desde la Edad Media hasta fechas muy posteriores. La historia de cada una de las catedrales españolas es una sucesión de proyectos interrumpidos, demoliciones, reformas parciales, ampliaciones y adiciones que modificaron de forma sustancial los proyectos primitivos, alterándolos incluso bien avanzado el siglo XVIII o en algún caso, incluso, entrado el XIX. El caso más significativo a este respecto es el de la catedral de León, que, desde su construcción en el siglo XIII y el comienzo de su ruina en el XV, no ha quedado configurado definitivamente hasta la segunda mitad del XIX Otros ejemplos elocuentes serían, poiejemplo, el de la catedral de Pamplona, románica, hundida parcialmente a finales del siglo XIV para ser concluida a finales del XVIII con una fachada neoclásica de Ventura Rodríguez; o la catedral de Sevilla, que se inicia a comienzos del siglo XV, demoliendo previamente un templo anterior muy deteriorado, y finaliza su construcción en 1506, para hundirse parcialmente luego. La historia de las catedrales españolas es, por tanto, la historia del gusto arquitectónico, y no deben extrañar tantas transformaciones, que todavía podrían haber sido mayores: como es sabido, a mediados del siglo XVI, con ocasión de unas fiestas religiosas, la fachada de la catedral de Toledo fue cubierta con una especie de enorme bambalina que sustituía temporalmente sus formas góticas por otras de corte clásico.

Este inmenso tesoro arquitectónico, producto de esfuerzos colectivos tan considerables y tan largos en el tiempo, ha llegado a nosotros con gravísimos problemas de conservación. Prácticamente todas las catedrales españolas tienen en el momento actual problemas de este tipo más o menos graves, pero, en todo caso, suficientes para que generaciones futuras no puedan apreciar su belleza si la generación actual no es capaz de conservarlas. En términos generales se puede decir que los problemas de las catedrales españolas se reducen a tres: problemas de estabilidad, probiemas derivados de la mala conservacion ordinaria y, en tercer lugar problemas derivados del impacto de las nuevas condiciones de la vida actual, y en especial la polución.

Quizá los problemas de estabilidad puedan parecer más aparatosos. Se nos dice que la catedral de León tiene problemas estructurales por la disminución de la capacidad de resistencia de sus materiales; que en la Seo de Zaragoza se está produciendo un reventamiento de los pilares, o que la torre derecha de la fachada del Obradoiro, en Santiago de Compostela, corre peligro inmediato. Lo cierto es que estos problemas de estabilidad son relativamente reducidos en número y en algunas ocasiones han sido magnificados con la consecuencia de provocar una intervencíón excesiva que hubiera alterado las características mismas de los edificios. Frecuentísimo es, sin embargo, el caso de la mala conservación ordinaria provocada por la carencia de inversiones de mantenimiento en cubiertas, bajantes y desagües que los obispados no han emprendido, en parte por las dificultades económicas pero también, quizá, por una indudablé despreocupación sustituida por actuaciones más espectaculares. Prácticamente no hay catedral española que no sufra de estos problemas. Los casos, por ejemplo, de Segovia, Avila o Palencia son un ejemplo que podría. prolongarse hasta hacer una lista interminable. Finalmente, también la polución, aliada con otros elementos, ha deteriorado gravemente las superficies exteriores.

La catedral de León suma a su problema de estabilidad este tipo de deterioro, que se da también en la de Murcia y que se alía en la de Cádiz a la descomposición de desprendimiento de piedra como consecuencia de la influencia del salitre. Problemas infinitamente menores son los del estudio y tratamiento de las vidrieras necesitadas de protección.

¿Qué hace la Administración en el momento actual ante esta lamentable realidad? En primer lugar debe tenerse en cuenta que prácticamente en todas las catedrales españolas hay un programa de actuación restauradora. En segundo lugar, a diferencia de otras épocas en las que se actuaba directamente sin una investigación previa, la Administración ha encargado, en un número elevado de edificios catedralicios (casi una decena), estudios que permitan las actuaciones posteriores, porque no cabe la menor duda de que lo mejor es no actuar hasta no tener un perfecto conocimiento de la patología del edificio. Esto, indudablemente, produce retrasos incluso considerables, pero, al mismo tiempo, es una garantía de que las inversiones serán ajustadas y de que la actuación será la estrictamente precisa, no produciendo una, cirujía excesiva en el edificio.

Javier Tusell es director glneral de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de febrero de 1982