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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

Después de la Alianza Atlántica

Una decisión tan trascendental para el pueblo español como es el ingreso de nuestro país en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ha sido tomada con excesiva celeridad por el Gobierno Calvo Sotelo tras los sucesos del 23 de febrero pasado. Pero además de la actitud de los partidos de derecha, que han aplaudido abiertamente esta decisión, ha pesado en esta cuestión una falta de energía y de medidas en contra de este ingreso por parte de los partidos de izquierda.

El tema más trascendental de los que han pasado por las Cortes durante este último año es, sin duda, la petición por parte del Gobierno de Calvo Sotelo de una autorización para la adhesión al Tratado del Atlántico Norte, petición que salió adelante con los votos favorables que en la Cámara representan las distintas opciones de derecha. Era, y es, un tema en el que nos estamos jugando una parte importante de nuestro futuro y del futuro de la paz mundial, y, sin embargo, ha pasado con más pena que gloria ante el ritmo tan acelerado que ha impuesto para su tramitación UCD. Algo que no era más que una opción política internacional mientras Suárez permaneció al frente del partido y del Gobierno se convirtió bajo el mandato de Calvo Sotelo, tras el 23 de febrero, en uno de los pilares fundamentales de su política, reflejo extraordinariamente nítido de hacia dónde soplan los vientos en el seno del partido del Gobierno.Sin casi darnos cuenta, nos encontramos firmando un tratado que tras de sí mantiene una superestructura militar cuya importancia en la actual coyuntura internacional está en aumento, al son, evidentemente, de los afanes hegemonistas de la Administración Reagan y de los grandes sectores económicos que la respaldan.

Pero no nos podemos llamar a engaño. Sabíamos perfectamente que esto podía ocurrir cualquier día, que tarde o temprano la derecha iba a sacar una carta que en nuestro caso ha venido guardando tan celosamente. Incluso preveíamos que sería el verano el momento en que la iniciativa iría tomando cuerpo de cara a su tramitación este mismo otoño, y así ha sido. De todas formas, no acabamos de salir de nuestra sorpresa: después de tantos años esperando este momento, la izquierda, hemos de reconocerlo, no hemos sabido reaccionar con la suficiente garra, con la suficiente valentía como para generar un movimiento enfrentado a una dinámica cuyos planes son trazados aquí, pero también lejos de aquí, y cuyas consecuencias son, en principio, imprevisibles.

Y es precisamente esta imprevisibilidad, este entregarnos atados de pies y manos a un futuro tan incierto, a un futuro que se dicta lejos, muy lejos de nuestra propia sociedad, lo que hemos denunciado una y mil veces, lo que yo mismo denuncié con ocasión del debate parlamentario y lo que me hace temer que esto no haya sido más que el preludio de tiempos que se nos presentan muy negros, a menos que lo remediemos.

Al borde de la manifestación

En un momento como éste, en el que el recrudecimiento de las tensiones a nivel internacional, de las tensiones entre los dos bloques, está orientando al mundo hacia un verdadero abismo, es una manifiesta irresponsabilidad darle un empujón para que se acerque más al borde. En un momento en que la transición hacia la democracia es víctima de los ataques más importantes que haya recibido desde la muerte del dictador, entrar a formar parte de la OTAN no hace más que zancadillear y poner en un serio peligro este proceso, que tanto nos está costando. Porque la OTAN no va a permanecer quieta ante el desarrollo de los acontecimientos que se den en el Estado español, la OTAN va a tomar parte activa en los mismos, y los ejemplos sobran en la historia reciente de Europa.

Una superestructura militar como la de la Alianza Atlántica encuentra su razón de ser en una intervención hacia el interior de sus Estados miembros, en la misma medida que en su intervención hacia el exterior de la propia Alianza. Necesita de situaciones políticamente controladas, lo que conlleva la aparición de formas autoritarias absolutamente centralizadas y acordes con su carácter eminentemente militar. Por lo que nuestra integración conlleva toda una serie de implicaciones, tanto hacia el interior como hacia el exterior, situándonos dentro de un aparato al servicio de intereses que precisan de una política intervencionista hacia los países del Tercer Mundo y del mundo árabe.

Por esto mismo, no llego a comprender la ceguera política de partidos como el PNV y CDC, que, a partir de la defensa a ultranza de una filosofía occidentalista y atlantista en materia de política internacional, pasan a dar el más rotundo de los apoyos a una iniciativa que, al margen y por encima de sus consecuencias internacionales, hipoteca y condiciona el desarrollo de la democracia en el Estado es pañol, uno de cuyos pilares fundamentales son las autonomías; autonomías que en nuestro caso son sinónimo de convulsión y tensiones entre el poder central y la periferia, y mucho me equivoco o esta situación no debe de gustarles absolutamente nada a los sectores dirigentes del mando atlántico.

El compromiso de la izquierda

Como decía antes, la izquierda no puede sacudirse su parte de responsabilidad ante esta situación. El primer partido de la oposición, el PSOE, se ha contentado con instrumentalizar electoralmente el tema, y ni siquiera se ha planteado en serio la reivindicación de una consulta popular. Ello, unido a una indudable ambigüedad en el fondo de sus argumentaciones, ambigüedad derivada de su concepción de la política internacional y de su afán de no desequilibrar la balanza interbloques, ha dejado el trámite parlamentario a merced de una UCD que, insatisfecha de su seguro triunfo, optó por hurtar el debate y la discusión a una opinión pública ya de por si escéptica ante el desenlace de¡ problema. Mientras que el resto de la izquierda, desde posiciones indudablemente más modestas, no conseguíamos dar la talla que requería la situación.

Sin embargo, esa mínima labor que hemos podido desarrollar durante estos tres meses nos va a ser imprescindible, puesto que la batalla real comienza precisamente ahora: la batalla por dar un vuelco a una decisión ya tomada. Es la batalla desde dentro de la Alianza Atlántica y en su contra. Ello supone que debemos exigir una política de acoso continuo a la iniciativa gubernamental y al proceso de negociaciones que preceda a la integración definitiva, política en la que el Parlamento habrá de ocupar una posición central.

Pero lo más importante, lo verdaderamente importante, es que renazcan los deseos de paz y de democracia, que esos deseos conformen una conciencia activa en los más amplios sectores sociales y que poco a poco vayamos minando la política bipolar a nivel mundial, vayamos minando los bloques, como única vía para la transformación del actual orden social internacional.

Juan María Bandrés es abogado y diputado por Euskadiko Ezkerra.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de diciembre de 1981