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Tribuna:TRIBUNA LIBRE

La lucha por la libertad de Prensa

PEDRO CRESPO DE LARAEn todo el mundo sólo unas cuarenta naciones gozan de un sistema de libertades. El resto está sujeto a regímenes autoritarios o dictaduras. Entre unos y otros se produce un enfrentamiento irresoluble en torno al concepto de libertad de Prensa. Para los primeros, la información es indisociable de la libertad; para los segundos, la libertad de Prensa ha de estar supeditada al interés nacional, cuyo intérprete legítimo es el Estado.

Talloires, Madrid y Río de Janeiro: estos tres nombres pasarán a significar en la historia del periodismo sendos toques a rebato, avisadores de los peligros que acechan a la libertad de expresión en el conturbado mundo de hoy.La primavera pasada, la aldea alpina de Talloires (Francia) acogía a la más importante concentración de personalidades de la Prensa mundial, procedentes de veintidós países, que se haya conocido nunca, convocada -con el título de Voces de la libertad- por la Fletcher School, de la Universidad estadounidense de Tufts, y el Comité Mundial de Libertad de Prensa. Allí se alumbró la Declaración de Talloires, que supone una carta magna de la libertad de expresión.

Una semana más tarde, la Federación Internacional de Editores de Diarios y Publicaciones (FIEJ), que agrupa a veinticuatro asociaciones de editores de diarios y publicaciones de otros tantos países de los cinco continentes, celebraba en Madrid su 34º congreso, y sus resoluciones vinieron a respaldar totalmente los términos de la Declaración de Talloires. Recientemente se reunió en Río de Janeiro la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), formada por la casi totalidad de las publicaciones del hemisferio americano, y en sus sesiones de trabajo volvieron a tratarse los asuntos de Talloires y de Madrid, y volvieron a reproducirse en sus resoluciones idénticas actitudes de alerta y afirmación de los principios en que descansa el concepto liberal de la Prensa.

Ocurre que en el mundo de hoy apenas pasan de cuarenta las naciones que gozan de un sistema de libertades. Las demás están sometidas a regímenes autoritarios o a dictaduras. Y cuando unas y otras se encuentran en un organismo internacional como la Unesco y este instituto decide estudiar los problemas de la información, se produce, como es natural, el enfrentamiento entre dos concepciones de la Prensa irreconciliables: una de ellas es la concepción liberal, propia de las sociedades democráticas, según la cual la Prensa tiene que ser libre para poder informar, sin más consideraciones, y la otra es la autoritaria, propia de los regímenes totalitarios, que subordina la Prensa al interés nacional, cuyo único intérprete legítimo es el Estado.

Lean esto: «Agosto 16, 1981 (UPI). Varsovia, Polonia. El jefe del Partido Comunista polaco, Stanislaw Kania, dijo que el partido jamás renunciará al control de los medios de información. Asegurando casi una confrontación con el sindicato Solidaridad, respecto a las exigencias de éste de una información más equilibrada, Kania afirmó que los medios de información de masas no pueden tener un carácter apolítico; los órganos de difusión son un elemento importante, no sólo para la expresión de la opinión pública, sino también un medio para orientarla en el sentido de fortalecer el socialismo en Polonia».

Nuevo orden mundial

Aprovechando un marco idóneo como es el de la Unesco, con su prestigio y alcance universal, los países del socialismo real han prestado su apoyo a los del Tercer Mundo y puesto en marcha una operación a escala mundial contra la libertad de Prensa. En efecto, con el pretexto de que, tras la descolonización, los países del Tercer Mundo han quedado a la intemperie y de que la mayoría de los medios técnicos de comunicación se hallan en poder de los antiguos países colonizadores, las ricas naciones industrializadas; con el pretexto de corregir el desequilibrio de la corriente informativa que, dominada por las grandes agencias occidentales -UPI, AP, Reuters y France Presse-, sólo sirven, según ellos, a los intereses de los países industriales, en perjuicio de los no desarrollados, cuyos problemas se ignoran, y sólo se toma de ellos lo folklórico, lo escandaloso y lo negativo; con éstos y otros pretextos, razonables y atendibles, se propone un nuevo orden mundial de la información. El contenido de éste está aún por definir, pero, por los conceptos y soluciones que apunta, desemboca en una respuesta más injusta que la situación a enmendar.

Se pretende poner a la Prensa al servicio del desarrollo de los pueblos, bajo el control de los Gobiernos; que la Unesco elabore un código de ética para los periodistas y que las agencias de noticias promuevan los fines sociales, culturales y políticos definidos por los respectivos Gobiernos. Se propone también un centro internacional de estudio y planteamiento de la información y las comunicaciones bajo la égida de la Unesco, que vigilaría los medios informativos del mundo entero, dictaría normas de actuación y serviría de centro de formación para periodistas. Se pretende, en fin, convertir a la Prensa en instrumento al servicio de los que mandan. En todo ello, si bien se mira, hay que reconocer una coherencia meridiana, pues ¿qué otra concepción de la Prensa puede salir de un organismo integrado por más de 150 Estados, de los cuales unos 110 están dominados por regímenes autoritarios o dictaduras?

Contra los peligros de esta Prensa autoritaria, ocultos en argumentos respetables y atractivos, advierten los congresos de Talloires, Madrid y Río de Janeiro. Sus resoluciones condenan tajantemente los intentos de control alentados por la Unesco y están inspiradas en los fundamentos de los grandes ideales que. liberaron a los pueblos de la opresión y asentaron los derechos humanos como postulados necesarios de la convivencia.

Dice, entre otras cosas, la Declaración de Talloires: «Creemos que la libre información y circulación de ideas es esencial para la comprensión mutua y la paz mundial»; «la negación de la libertad de Prensa niega la libertad del individuo»; «los códigos de ética periodística no pueden ser formulados, impuestos o controlados por los Gobiernos sin convertirse en un instrumento de control oficial de la Prensa y, por tanto, en una negación de la libertad de Prensa»; «rechazamos las opiniones de los teóricos de la información y de aquellos funcionarios nacionales e internacionales que afirman que mientras que el pueblo de algunos países está preparado para la libertad de Prensa, el de otros está insuficientemente desarrollado para gozar de esa libertad».

El congreso de Madrid, al respaldar totalmente los términos de la Declaración de Talloires, afirma «su compromiso con el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (que dice): cada persona tiene el derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye la libertad de mantener opiniones sin interferencias y de buscar, recibir e importar información e ideas a través de cualquier medio y sin tener en cuenta las fronteras, y convoca a todas las naciones y organismos internacionales a respetarlo fielmente». También afirman los editores de diarios «su creencia de que los organismos internacionales, como la Unesco, deben abandonar sus intentos de regular la cobertura informativa de las noticias y de formular reglas de conducta para la Prensa ... ».

La asamblea de la SIP en Río de Janeiro resuelve, después de respaldar la Declaración de Talloires, «condenar, una vez más, los intentos de incluir en un cuerpo de doctrina internacional conocido como el "nuevo orden mundial de la información" una serie de conceptos que conspiran contra la libertad y la independencia».

En distintas intervenciones se valoró la importancia de la actitud de Estados Unidos frente al nuevo orden mundial de la información y a las tendencias de él derivadas, y de ella dio testimonio el vicepresidente norteamericano, George Bush, que acudió a Ría para decir: «Déjenme decir algo sobre la postura de EE UU en tomo a la propuesta de la Unesco. Estamos rotundamente en contra de ella. Nos oponemos a los códigos internacionales de ética periodística, a las licencias para ejercer el periodismo, a los códigos de publicidad y a cualquier otro sistema similar que implique juicios y restricciones. La censura, bajo cualquier otro nombre, sigue siendo censura».

Pedro Crespo de Lara es secretario general de AEDE y vicepresidente del Comité Mundial de Libertad de Prensa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de noviembre de 1981