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Reportaje:

Disparidad de cálculos sobre el valor y el número de monedas falsificadas en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre

Los cálculos sobre la cuantía de la acuñación fraudulenta en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, denunciada a principios de esta semana en Madrid, son dispares. Se aceptan como muy aproximadas dos cifras: casi 3.000 piezas fueron intervenidas en casa de José Muñoz, uno de las presuntos responsables del delito, y el valor total de las distribuidas se acercaría a los cuatrocientos millones de pesetas. Se sabe también que la fabricación de toda clase de monedas aberrantes fue muy sencilla y que no hay, por el momento, sistemas de seguridad que puedan evitar, con total garantía, que el hecho se repita en el futuro.

Casi ninguno de los nuevos coleccionistas de monedas que frecuentaban el mercado de la plaza Mayor resistió la tentación de comprar alguna de las extrañas piezas que hace unos nueve meses ofrecían con toda naturalidad varios de los vendedores ambulantes, hombres de la calle cuyos distintivos eran las gabardinas, las bufandas, las cajas de madera y una curiosa predisposición a la intimidad o, al menos, a la confianza. "Miren ustedes: éstas son monedas con errores, con auténticos errores de fábrica. Si ahora valen como cinco, mañana valdrán como treinta. Sólo hay que esperar. No es fácil, ni mucho menos, encontrar colecciones como éstas en todo el mercado mundial".Luego extendían sobre las mesas de los tenderetes un amplio catálogo y explicaban sus características con la lógica simple y familiar de los vendedores de mercado de abastos, aunque sus mejores argumentos eran en realidad la gabardina, la bufanda y un inconfundible toque de autenticidad en el acabado de las piezas. En sus muestrarios había monedas normales por su forma y anormales por su composición, y monedas aberrantes, absurdas. "Tengo series de piezas de una, cinco y veinticinco pesetas en oro, plata, aluminio y metal cobrizo. Las series en oro valen 200.000 pesetas; las de plata, 45.000, y las de aluminio y metal cobrizo, 10.000. Como ustedes ven, el cuño de las piezas es normal: en el anverso aparece la efigie del Rey, y en el reverso, el escudo de la Casa Real. Tengo también monedas de oro del tamaño de las de veinticinco pesetas, salvo en el grosor, que es doble: éstas valen 90.000. Llevo otras con la efigie de Franco en tamaño diez duros acuñadas sobre cospeles de veinticinco pesetas. Si prefiere variedades más exóticas, aquí tengo, por 2.500 pesetas, como las anteriores, esta moneda de cincuenta céntimos en metal cobrizo o mejor todavía, esta colección de billetes de cien con un único número de serie; auténticos billetes, digo. Y si prefiere algo más extraordinario todavía, llevo monedas de doble imagen con la efigie de Franco acuñada sobre la del Rey y el antiguo escudo sobre el de la Casa Real. ¿La procedencia? Bueno... Estos trabajos los hace, en ratos libres, un operario de la Casa de la Moneda". Los nuevos aficionados imaginaban sin ningún esfuerzo a un viejo grabador que se entretenía jugando con los cuños y los cospeles, como un niño juega con los tapones de las botellas de refresco, y miraban estupefactos las monedas de doble imagen, primero de frente y después de medio perfil, como se miran las postales mágicas en las que con un ligero movimiento la modelo guiña un ojo o hace cualquier otra picardía.

El escepticismo de los numismáticos

Hay en España más de 300.000 coleccionistas de monedas, pero muchos de ellos no son exactamente numismáticos, sino gentes que han descubierto el encanto de reunir cosas pequeñas y agradables al tacto. Los 118 profesionales de la Sociedad Española de Comerciantes de Numismática tampoco se atreven a calificarse como expertos. "Expertos, en un sentido estricto de la palabra, no hay: la numismática comprende más de 2.500 años de historia; se puede, como mucho, ser experto en una determinada época, y numismáticos que conozcan a fondo una época no habrá hoy más de quince o veinte". Sólo unos veinte manejan con cierta propiedad la lupa aplanática de seis aumentos y entre ellos, sólo unos pocos lo gran interpretar con propiedad lo pequeños caracteres que pueden descubrirse, después de muchas horas de observación, con ayuda de una complicada lente binocular.

Horror en la Casa de la Moneda

Para los entendidos, José Muñoz Alvarez, el hijo de la dueña del restaurante La Panocha, no era en absoluto un experto: se le apreciaba más por su arroz a la caldereta que por su ciencia, y tampoco se sabía que en su colección privada hubiese alguna pieza de valor especial, "una pieza con halo", como suelen decir los exquisitos. Pero hace sólo unos días el grupo de funcionarios de la Brigada de Policía Judicial terminaba una larga investigación y lo detenía por su presunta complicidad en un caso de acuñación fraudulenta: al parecer era uno de los responsables de la fabricación de las extrañas monedas que algunos vendedores habían ofrecido a los nuevos coleccionistas de la plaza Mayor, acaso después de ser rechazados por los ortodoxos. En la numismática, el valor de las piezas y el de los errores está siempre asociado a la escasez. Todos lo recordaban ahora: unos anos antes, alguien había puesto en el mercado un aluvión de monedas horrorosas, incomprensibles y, lo que era peor, abundantes. De acuerdo con las investigaciones, él, José Muñoz, compraba y reunía cospeles o láminas preparadas para la acuñación; Ramón Delgado Barbell había actuado como intermediario en las ventas del producto final y, en efecto, un empleado de la fábrica se había encargado de trabajarlas: se trataba del acuñador oficial de primera Adrián Vaquero Quijada.Adrián Vaquero había entrado en la Casa de la Moneda hace unos veinticinco años. Después de tanto tiempo, ya tenía la consideración de hombre de confianza: de sus cinco hijos, dos trabajaban en la Casa, y un tercero, esta vez una hija, esperaba entrar en cualquier momento. Sin embargo, muchos de sus compañeros lo calificaban como "un hombre de temperamento irregular; hoy daba conversación y al día siguiente negaba los buenos días". Algunos de ellos atribuían sus cambios de carácter a su situación familiar, y comentaban sus gastos "exagerados para un hombre que no gana más de 70.000 pesetas mensuales".

Casi todos piensan que alguien debió de proponerle un día el negocio de la acuñación fraudulenta. Los arcos magnéticos de seguridad, instalados a las puertas de la fábrica, no tenían la sensibilidad necesaria para detectar la entrada o la salida de unas pocas monedas, y el contador de las máquinas Schuller sólo contabilizaba el número de piezas que caían a los barreños. Si se tenía paciencia, era muy sencillo, acuñar un número, casi tan alto como se quisiera, de imposibles duros de oro, de pesetas cobrizas de fantasía o de monedas bicéfalas, que eran, para un hombre de derechas como él, toda una alegoría. Puesto que en las oficinas de la fábrica se podía conseguir a voluntad cambio en moneda nueva, Adrián sólo tendría que hacer discretamente un sencillo truco: echaría, por ejemplo, un cospel, de oro en el depósito de la máquina; cuando la pieza amarilla cayera al barreño, la cambiaría por una de las que llevase en el bolsillo. Después, según su estado de ánimo, saludaría efusivamente o no a cualquiera de los 45 guardias civiles que se encontrase, camino de la salida, al volver a casa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de octubre de 1981

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  • No existen garantías de que los hechos no puedan repetirse en el futuro