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Editorial:

Mantener el tipo

EL PRESIDENTE norteamericano, Ronald Reagan, está a punto de ceder. Los observadores económicos de su país comienzan ya a doblar sus campanas por la política monetaria antiinflacionista seguida inflexiblemente hasta ahora por la Casa Blanca. Dicen -y no les falta razón- que el programa del presidente está conteniendo la economía norteamericana de tal modo que puede provocar una severa depresión antes de fin de año. Desgraciadamente hay numerosas recetas para sumir fácilmente a cualquier economía en la recesión; pero muy pocas, si es que hay alguna, para conseguir con tal facilidad el relanzamiento. Las señales de alerta han partido de los sectores del automóvil y de la vivienda, enormemente sensibles al encarecimiento del dinero. Tanto el coche como la casa suelen comprarse a plazos en Estados Unidos, y el altísimo nivel alcanzado por los tipos de interés, como consecuencia de la restricción en la oferta monetaria, está repercutiendo brutalmente en las ventas de ambos productos.Reagan no lo podrá resistir. Ha contenido, y está aún conteniendo, la economía para que no se desboque la inflación, a la que ya está prácticamente dominando; pero los riesgos de mantener firmemente esta política de dureza monetaria aparecen ahora como demasiado grandes. Si pudiéramos ser profetas en esta era de incertidumbres apostaríamos por un reblandecimiento de la política monetaria norteamericana antes de finales de este año. Ello quiere decir que el presidente norteamericano no podrá aguantar los costes políticos, económicos y sociales que trae consigo una depresión profunda como la que ya está asomando la oreja, principalmente, desde el automóvil y la vivienda.

Los expertos recuerdan ahora casi a diario las profecías de Friedman en el sentido de que si la masa monetaria crece menos que la inflación inevitablemente se produce a los seis o siete meses una crisis económica. Y así fue. Pero tampoco olvidan que Nixon se equivocó dando la vuelta al argumento friedmaniano: aumentando la masa monetaria no se produce necesariamente una reactivación de la actividad económica. Por eso, voces de prudencia parecen estar acosando ahora al inquilino de la Casa Blanca para que no se deje caer en una depresión de la que nadie le garantiza una salida airosa ni rápida.

Dicen también los especialistas de Wall Street -unos con la boca pequeña y otros mordiéndose el labio inferior para disimular su sonrisa- que los tipos de interés del dinero en Estados Unidos son fijados por el mercado, por el libre juego de la oferta y la demanda, y aseguran incluso que la Reserva Federal -equivalente al banco emisor en EE UU- goza de una enorme independencia con respecto al poder ejecutivo. Pero todo el mundo sabe, pese a las teorías predicadas por Washington, que el presidente Reagan puede hacer lo que le plazca con los tipos de interés: puede subirlos o bajarlos porque puede reducir o aumentar la cantidad de dinero disponible. Por eso Reagan tiene la gran ventaja sobre el resto de los humanos de dar marcha atrás cuando lo desee.

Reagan no está obligado a mantener eternamente altos los tipos de interés del dinero, que tanto daño están haciendo a las economías europeas. Puede humillar a sus aliados hasta un cierto límite, y ese límite se lo va a imponer la tasa de crecimiento del PIB en Estados Unidos en el tercer y cuarto trimestres de este año. Si no cambia de política, la depresión puede ser grave para la primavera de 1982. Por eso son cada vez más los observadores que apuestan a que Reagan no podrá mantener el tipo hasta entonces. Y la solución que apuntan es soltar la masa monetaria antes de que sea demasiado tarde. Si Reagan quiere, nadie va a impedírselo. Estados Unidos es el país creador de dinero por excelencia en el mundo. La Reserva Federal es el banco central emisor del mundo de hoy y, por tanto, el presidente puede fabricar los dólares que desee. La ventaja principal de ser cabeza de imperio sigue siendo la de acuñar moneda; y el dólar, que tantos problemas nos acarrea en estos momentos, es la moneda que le crea.

Atención, pues, a los índices de producción y venta de coches y de casas en Estados Unidos durante los próximos meses, porque ellos determinarán, tarde o temprano, si Ronald Reagan mantiene el tipo de interés alto o da marcha atrás y ablanda su política antiinflacionista ofreciendo más dólares y, por tanto, a mejor precio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de agosto de 1981