Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Vicente Escudero, un "bailaor" sustancialmente varonil

El bailarín Vicente Escudero falleció anteayer en Barcelona (véase la segunda edición de EL PAIS de ayer), será enterrado hoy en Valladolid, la ciudad en la que nació hace 92 años. Ayer fueron trasladados los restos mortales del gran artista desde Barcelona, donde se produjo su muerte después de sufrir una embolia cerebral que le paralizó medio cuerpo. Los ayuntamientos de Valladolid y Barcelona se han encargado del traslado y del sepelio.

¿A santo de qué se me allega a las mientes un texto del suplemento-homenaje de EL PAIS a Quevedo, si pienso en el bailaor que se nos fue -quieras que no, a todos- anteayer? ¿Por qué me acuerdo, haciendo memoria de Vicente Escudero, de aquel hermoso, aunque corto artículo de José Miguel Ullán que se titulaba «Su lengua como espada», y que tengo con chinchetas encima de mi cama de Cádiz?Bueno, quizá sople en esa relación mental una intrincada semejanza de duras y ariscas gallardías, de válidas y valerosas automarginaciones, de finales sustancias y consecuencias en las respectivas artes y personas de don Francisco y de Vicente; nunca se sabe bien lo que se intuye. Lo que sí sé es que uno estaba echando de menos la noticia de la muerte de Vicente: tenía ganas de que acabara su chungo cuestabajo económico, físico, anímico, en la Barcelona -pudo ser el Madrid- que tanto sitio le diera.

Aun en sus mejores años, su baile se parecía a él mismo: amojamado, escueto, un tanto rígido. Y verdadero. Suyo. Amasado con culturas de ayer y de hoy, pero un ayer y un hoy plenos: de muy antiguo y de muy cerca. Un baile sustancialmente varonil (para Vicente, que el bailaor levantara los brazos por encima de la cabeza ya le sonaba a mariquita, y así lo proclamaba y lo escribió en su arbitrario y sincero Decálogo). Cuando Carmita, compañera larga de danzas y de amores, se le echó a empeorar de lo incurable, Vicente, siempre próximo a la expresión escrita, redactó un completamente en serio ultimátum a Dios, del que me ha hablado Manuel Viola, el pintor que le escenificó sus últimas actuaciones en aquesta villa. Fue en el teatro Marquina; en el descanso y al final, el camarín de aquel añejo e impresionante cruce de bacalao y de jefe sioux se llenaba de jóvenes y mayores afanosos de tocarlo, de hablarle. Me trincó una noche por la manga, con una mano como de pájaro: «Tú no te vas, gaditano. ¿No sabes que yo también soy medio de allí? Pero si eres de Valladolid, hombre». Me miró con una mirada entre compasiva, perdonadora y esperanzada, seguida de un segurísimo «¿y qué?».

Cultural y contracultural, el hombre y su baile, orto y heterodoxo, ritual, sin duda, a través de sus manes, lares y penates gitanos, se notaba en su arte el viejo hieratismo fetén que se va o que se malimita. Un disco grabado en los Usas esos me trajo también al Vicente Escudero, no ya bailaor, sino cantaor y de Ileno, resucitando las «rosas panaeras» con una primera letra popular del siglo XVIII y la segunda de don Antonio Machado, así por las buenas.

Mucho se va con él. Mucho.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de diciembre de 1980