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Uganda y la maldición de Africa

UN PRESIDENTE que destituye a un general, y un general que responde destituyendo a su vez al presidente: el escenario de Uganda es clásico de los países cuyo subdesarrollo cultural no ha permitido todavía el estadio superior del Gobierno de los civiles o que lo ha perdido. Esta pesadilla de Africa. No es Africa el continente feliz de danzarines sagrados delante del Papa que nos ha mostrado la televisión estos días. « ¡Son como ingleses! », exclamaba, en un transporte de entusiasmo, la seguidora habitual del Papa para Televisión, Paloma Gómez Borrero, refiriéndose a estos africanos de la nata, de la superficie, bajo la cual hierve el hambre, la opresión, el golpe de Estado. Africa sigue siendo el continente donde la esperanza de vida al nacer es de cuarenta años -en Occidente, más de setenta-; donde la desnutrición, los parásitos, las enfermedades infecciosas no han sido nunca dominados; la densidad de la población es de ocho habitantes por kilómetro cuadrado y el 90% de los habitantes se dedican a la agricultura; donde cada región está especializada en un producto -monocultivo-, cuyos precios dependen de mercados internacionales que pueden arruinarles. Y donde se cruzan todas las líneas de fuerza de grandes y pequeñas potencias.Uganda tiene en su pasado una colonización británica muy dura y concebida a partir de la explotación de las «compañías de carta», en el beneficio directo de la metrópoli, lo que le dio, como a tantos otros países del continente, una configuración política peculiar y ajena a su propia identidad. La colonización cedió a una forma federal, representada especialmente por un monarca desplazado en el tiempo, el kabaka de Buganda, al que derribó el que pudo ser fundador de un Estado moderno, Milton Obote: un maestro formado en el sindicalismo, un panafricanista primitivo deja línea de Kenyatta y de Nierere; un «realista moderado», con lenguaje socialista y visitas a Moscú y a Pekín -en los otros tiempos de Pekín-, pero que al mismo tiempo excluía a los comunistas de su Gobierno y lo marginaba de la vida pública. En 1971, Obote sufrió lo mismo que ha sufrido ahora su sucesor en la presidencia: la revuelta del general jefe de los Ejércitos. Se llamaba Idi Amin Dada, y ha sido hasta hace un año un tirano devorador del país, de sus posibles riquezas, de su convivencia y de la vida de sus ciudadanos.

Parece que la revuelta de áhora, protagonizada por lo que se estabiliza como una «comisión militar», tiene detrás al exiliado Obote, que había esperado ser presidente a la caída de Amin, pero que se vió desplazado por Godfrey Binaisa, considerado comb un fruto occidental. Se vio a Occidente detrás de la caída de Amin, que tenía la ayuda soviética, la amistad de Gadafi, el odio de Israel; y en la contención para el regreso de Obote, cuyo perfil de «amable revolucionario» -según su autodenifición- no dejaba de causar una cierta inquietud: el panafricanismo y la tendencia al neutralismo siempre han estado mal vistos. Obote debía volver ahora: hay elecciones presidenciales en el mes de noviembre, y los candidatos debían tener residencia en Uganda seis meses antes. La noticia de su regresó habla sido ya acógida con intentos de manifestación, con mítines, con entusiasmo de sus partidarios. Probablemente hubiera ganado las elecciones, lo cual no parecía estar inscrito en la mentalidad el presidente actual.

Aquí puede estar una de las razones del movimiento militar; pero podría ocurrir que esta «comisión» decida el aplazamiento de las elecciones y un tiempo de «pacificación» del país, como es tan habitual en el tercer mundo; y también es desgraciadamente habitual que estos períodos de ajuste y pacificación se alarguen con la pretensión de ser eternos.

No se tienen todavía datos suficientes para concretar la situación. Es posible un movimiento dentro del movimiento, es posible una contrarrevolución. El país, destrozado por la colonización, por la monarquía tribal del kabaka, por el alzamiento revolucionario de Obote y por la tragicómica tiranía de II Amin y, últimamente, por la inseguridad de este régimen de promesa democrática, es todavía un conjunto de caos. Y sigue sometido a esta maldición de Africa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 12 de mayo de 1980.

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