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Crítica:

Xavier Grau

Un principio de temporada tan fuerte ofrece entre sus muchas ventajas y contInuas invitaciones sólo un inconveniente reseñable: el de que algunas muestras individuales de gran interés no van a disfrutar de la atención que merecen y que otro momento menos agitado seguramente les habría proporcionado.Tal es el caso de la de Xavier Grau. Tratándose de su primera muestra individual deja claro que estamos ante un pintor en pleno dominio de sus recursos. En relación a su obra anterior da la impresión de que en algún momento de su trayectoria se ha abierto una ventana de aire que ha puesto todo en movimiento. Nada de violencias o borrascas; tan sólo una suave brisa haciendo vibrar pincel, color y dibujo. Como bien señala al introducirlo su compañero de oficio y antiguas cruzadas José Manuel Broto, esto no es sino el producto de «un cambio decisivo en la actitud del pintor».

Xavier Grau

Galería Buades. Claudio Coello, 43. Madrid.

De aquí su verdadero alcance, pues, a pesar de ser su primera muestra individual, Grau no es un desconocido. Miembro de lo que, por extensión del nombre de la revista, se ha venido conociendo como grupo Trama, durante los últimos cinco años ha participado de manera destacada en numerosas, polémicas y militantes exposiciones colectivas, defendiendo siempre los postulados de la abstracción más radical, en apariencia, sobre la que tanta tinta se virtiera en pasadas temporadas. Sin embargo, el salto adelante en su obra ha sido posible, at parecer, gracias, entre otras cosas, a un decidido recoger velas en el campo de la teoría. Sus resultados no sólo son así más libres y frescos, sino que, llevando su atrevimiento hasta el extremo, como señala Broto, de trabajar sus cuadros «a la manera clásica», actúa directamente contra todas las normas que hasta ahora había defendido: frontalidad, all over...

Moraleja: cuando alguien entra en un callejón sin salidano siempre es mejor, como ha sostenido recientemente un crítico quizá demasiado empachado de telefilmes, elevarse sobre él y superar a saltos los obstáculos. A veces, sobre todo cuando nadie nos persigue, dar media vuelta, encender un cigarrillo y salir por donde se ha entrado resulta más cómoda y, sobre todo, más limpio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de octubre de 1979