Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Reencuentro con Pepito Zamora

Una mínima pero acertada exposición de dibujos (en el estudio Soto Mesa, de Madrid) vuelve, muy oportunamente, a fijar nuestra atención en un nombre importante y olvidado -y aquí si viene bien el tópico de desgraciadamente olvidado-: José de Zamora (1889-1971). Bajo el diminutivo cariñoso, íntimo, un poco obsceno (por su continuo apelar a la juventud), y tan español sobre todo, de Pepito Zamora, se encuentra la efigie y la vivacidad de toda una época clausurada, y hoy, buscada de nuevo. Zamora era el representante nato de la frivolidad como estilo de vida, del liberalismo como ética y de la elegancia como tradición... Una cosmovisión donde la ironía es crítica y el desdén un asentimiento fingido. Ya que si José de Zamora es importante como dibujante y figurinista -creador de una escuela en la que se ha hecho lo mejor de ese arte en el siglo-, lo es más aún por su carácter de símbolo, de personaje-testigo de una época.

Desde 1910 (los dibujos que ahora se exponen pertenecen a los tres primeros años de esa década), Zamora comienza a dibujar en publicaciones semanales de entonces, como Nuevo Mundo o La Esfera. Poco después marcha a París y allí trabaja unos meses -como diseñador- en el taller del principal modista de la belle époque y creador del concepto alta costura, tal como aún-hoy pervive: Paul Poiret. En Chez oiret se vestían princesas, cantaítites, mujeres de mundo, grandes actrices, cocottes de lujo... Y allí Zamora conoce a otro diseñador que empieza, Erté (el primer nombre hoy día en el figurinismo), y que no hace mucho recordaba emocionado al español, en sus memorias, Things I remember. de 1975. Pepito Zamora -ya es su propio nombre- vuelve a España al estallar la primera guerra mundial y continúa diseñando y relacionándo se. En 1918, en San Sebastián, Sergio Dhiaguilev y Ana Paulova le encargan figurines para sus ballets.

Poco a poco, tras el desastre bélico, se abre el mundo lujoso, brillante y nuevo de los felices veinte. Todo un programa de vida (que incluso alcanzó a España) y que parece presidido por aquel oportuno título de Paul Morand Ouvert la nuit. Zamora alterna Madrid y París diseñando, ilustrando libros, ideando trajes y teatros y, sobre todo, viviendo. Es amigo de Mistinguett, Josephine Baker, Colette, Jean Cocteau... Y en España, entre las más elegantes fiestas de la high life y el ámbito bohemio y casi hampón de los barrios bajos o del café-cantante, pasea en una cohorte de atildadísimos y muchachitos, el escándalo de la gomina, del khol o de los anillos raros... Cansinos-Assens, Valle-Inclán, Gómez de la Serna son amigos suyos, pero sobre todo el círculo decadente del novelista y aristócrata Antonio de Hoyos y Vinent. Juntos todos, Hoyos, figurón sordo y maladif, la condesa de Laguna, la bailarina exótica Tórtola Valencia (aficionada a la magia y al ocultismo), el satánico y perverso marqués de Villalobar y Pepito Zamora (delgado, impoluto, vividor art-decó) exhiben por el olor de la noche y de los palacetes su ambigüedad, su atrevimiento, su gesto y sus compañías: voces del mar o voces similares de la más seductora juventud dorada. Me cuentan que un día Zamora, hablando con Gómez de la Serna, se interesa en asistir a la cripta de Pombo, y Ramón (con ese ribete monacal que ha sido tan de los españoles) le contesta: Pepito.. usted, cuando quiera, pero sus amiguitos, no, ¿eh?...

Son -entre 1920 y 1936- los años cenitales de la labor y la vida de José de Zamora. Su dibujo, estilizado, refinado, entre lánguido y vivaz, está aprendido en las rocallas modernistas y en los arabescos negros de Aubrey Beardsley, pero (más frágil, más rápido, menos colmado de esplendores) entra ya en el arte decó. Es un dibujo entre exquisito y testimonial -ilustrador, figurinista-, que terminará acercándole a nuestro hombre a un naïf voluntario. Claro que de la casta y rasgo de Zamora vendrá Víctor Cortezo y toda la tradición del diseño de modas y para teatro.

En 1941 -por la ocupación de Francia-, Pepito Zamora vuelve a Madrid. Poco después se instalará en Sitges, cuya vida alternará con el centro. Por entonces -en los años cincuenta está ya de nuevo en escena- hablará de él César González Ruano: Sigue jugando al joven frívolo a sus años. Hace falta para esto ser, de verdad, muy poco frívolo. Y quizá el punto en que la frivolidad más genuina tiene que ponerse a prueba a sí misma es cuando comienza a sentir que la lámpara se va apagando. Pepito Zamora sigue trabajando y viviendo -en la pobre España de nuestra larguísima posguerra-, pero (aunque no eluda riesgos y aventuras) no son ya los días en que compartía los Kedives y el Satán con el marqués de Vinent, o con esos otros dos pintores y dibujantes decadentes que también habría que rescatar: Antonio Juez y Julio Antonio. Zamora va vivierido su propio olvido. Su mundo desaparece. Pero él seguirá teniendo impecables desparpajo y lucidez. Y así, cuando en 1970 escribe unos folios para el catálogo de la que iba a ser su última exposición (que no le cogió en vida), escribe: Creo firmemente que Pirri, El Cordobés, Manolo Escobar y Alfonso Paso son las personalidades que nos merecemos. Adviértase el fino rigor de la ironía. ¡Qué al día estaba Pepito Zamora, pintando cuadros naïf y dibujos en que recopilaba su mundo y su estilo! Murió en Sitges -realmente olvidado-, en diciembre de 1971. De él (insisto) ha de quedar no sólo una tradición de línea, sino una tradición de estilo de vida. Y, por supuesto, la efigie de toda una larga época.

Por lo demás -y siento no poder evitar otra vez el tópico-, ¿qué hubiese sido de Pepito Zamora en una cultura más coherente y pulida que la española? Recuerdo a Erté -hace unos años- paseándose en triunfo por una exposición de sus dibujos, vestido de visón, el pelo completamente blanco, sublimada la vejez entre jovenzanos y admiradoras... La luz y el comentario, alrededor de una cultura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de octubre de 1979