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Tribuna:

Horta en Leningrado

Es apenas 4 de septiembre, pero ya es otoño en Leningrado. Han enrojecido las copas de los árboles más tiernos, como si amaneciera. Bajo la llovizna pegajosa y el viento, el agua de los canales en que por debajo de los puentes circunflejos se contempla la ciudad asombrosa, es como una emulsión que se alborotara justo antes de convertirse en hielo. La ciudad misma, sin embargo, triunfalmente artificial, su arquitectura, su urbanismo, maneja las luces, las perspectivas y el tiempo con total desprecio por las primeras necesidades y la realidad, pese a la presencia reprobatoria del crucero Aurora, mecido por las aguas del río Neva. Todo es lujo aquí, festejo, ornato, antojo, experimentación, inteligencia. Y a pesar de lo emotivo de los copiosos encuentros con RaskoInikov en las heladas esquinas, el artificio de Leningrado libera al paseante para absorber la capital de los zares como quiera.Yo ya conocía la leyenda de su belleza italianizante, amarilla y blanca y de oro trasladada a las brumas y a las noches blancas del norte. Pero como cada ser es un nudo de tiempos y motivos propios, más allá de Pushkin y Dostoievski, y del desilusionado suicidio de Esenin en el hotel Astoria, y de Lenin en SmoIny, y de la heroica defensa de la ciudad en la segunda guerra mundial, el punto magnético de Leningrado era para mí una pequeña tela de Picasso que se encuentra -yo lo sabía- en el tercer piso del Museo del Hermitage. Sólo saciando mi curiosidad por este cuadro podría, luego, extenderla por el resto de ese prodigioso museo y por toda la ciudad.

¿Por qué? La razón es muy simple: yo acababa de terminar de rodar un cortometraje documental que culmina en ese cuadro, Fábrica, pintado en Horta de San Juan (Picasso la llama Horta de Ebro), en Tarragona, en 1909. Había pasado gran parte del mes de agosto bajo el seco sol catalán meditando sobre esa cristalización del llamado cubismo analítico de Picasso, siguiendo sus pasos por los sitios dónde se gestó, reconstruyendo su mundo y sus circunstancias. Gertrude Stein dijo: «El cubismo es un fenómeno netamente español.» Aunque este pronunciamiento de la pitonisa norteamericana -que nada sabía de España, fuera de su amistad con Picasso- sea discutible, no se puede pasar por alto la parte que le cupo al paisaje catalán en la formación de ese momento del cubismo picassiano.

Mi interés por todo esto, como de costumbre en mí, tiene raíces líricas, por no decir domésticas. Poseo una casa en el pueblo de Calaceite, situado a media hora de Horta de San Juan, y, en la noche, desde los balcones de mi casa en una colina, veo un puño de luces brillando en el horizonte montañoso: Horta de San Juan, donde viven amigos y conocidos. Picasso pasé allí dos épocas de su vida, una, en 1899, cuando era un muchacho de dieciséis años, y la otra convertido ya en el gran Picasso, el verano después de haber pintado Les demoiselles d´Avignon, en 1909, lanzado en su vertiginosa carrera de creación y fama.

Picasso dijo en una ocasión: «Todo lo que sé lo he aprendido en el pueblo de Pallarés». El pueblo de Pallarés era Horta, en el sur de Cataluña, y Manuel Pallarés su amigo y compañero de estudios en la Lonja de Barcelona. En junio de 1898, Picasso, que cayó con escarlatina en Madrid, regresó débil a Barcelona. Pallarés lo invitó a ir con él a su pueblo, Horta, para reponerse. Los dos amigos tomaron el tren a Tortosa, donde los esperaba el hermano de Pallarés con caballerías. Montando, emprendieron viaje montaña adentro, costeando el Ebro, primero, separándose luego de él para penetrar los macizos de roca gris y ocre y los pobres valles que conducen a Horta. Allí, en una angosta casa en lo alto del pueblo, la familia de Pallarés lo recibió, atendiéndolo hasta que recuperó sus fuerzas. Recorriendo el pueblo y sus alrededores, haciendo amistad con carpinteros, guarnicioneros, cordeleros, Picasso recogió tipos y paisajes en una serie de apuntes y telas de factura tradicional que se encuentran en el Museo Picasso de Barcelona. Luego, con su amigo Pallarés, abandonaron el pueblo, se internaron por la montaña hasta llegar a un sitio que hasta hoy se llama el Mas de Quiquet; desde allí escalaron, caminaron, se internaron, hasta instalarse en ciertas cuevas, o bajo ciertos saledizos de roca, donde permanecieron durante meses, pintando, dibujando, hablando y explorando esas sierras. Salvadoret, el hermano pequeño de Pallarés, de cuando en cuando les subía alimentos y material de pintura en una mula hasta su refugio. En una ocasión, Picasso casi se despeñó por un barranco y Manuel Pallarés lo sujetó. Desde entonces Picasso diría: «Le debo mi vida a Pallarés.»

Quizá en más de un sentido. Porque es a partir de ese verano en Horta cuando el genio de Picasso parece comenzar a brotar definido, cobrando fuerza y contornos específicos, como si su esencia se hubiera sedimentado en las soledades de las montañas catalanas. Pero claro, Picasso, no era de los que se dejan marcar por una sola cosa: abierto, al contrario, a los huracanes de todos los

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Horta de Leningrado

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estímulos y las influencias, su temperamento poseía tal fuerza que era capaz de metabolizarlo todo para transformarlo en una dicción propia. Los diez años que siguen a esta primera visita a Horta son los años de los 4 Gats, de Barcelona, del Bateau-Lavoir y la invasión del arte negro y el jazz americano y los ballets rusos, de las primeras películas, los primeros aviones, los primeros coches, de Gertrude Stein, de Braque, de Max Jacob..., en fin, la estética europea convulsionándose y pariendo nuevas estéticas: Picasso, primero en su período azul, luego el rosa, luego el período negro, que culmina en 1909 con Les demoiselles d´Avignon, busca, intenta, ofrece, y es aceptado. Intuitivamente, él y su amigo Braque llegan al cubismo, que no significa ningún planteo estético consciente (Picasso dijo: «Cuando hicimos cubismo no teníamos ninguna intención de hacer cubismo, sino de expresar lo que sentíamos»), aunque es posterior a la gran retrospectiva Cézanne de 1907.

En todo caso, el cubismo no es formulado completamente hasta que ambos amigos -que habían estado haciendo una pintura de interiores y cafés, dominó, naipes, mujeres, guitarras, periódicos- parten en ese venturoso verano de 1909, cada uno hacia su veraneo propio, encaminándose Picasso, de nuevo -¿por qué justo ahora?-, a Horta de San Juan, acompañado esta vez por Fernanda Oliver, «la belle Fernande», que por entonces fue su amor, y que luego escribiría Picasso et ses amis.

Los primeros -y según creo los únicos- paisajes cubistas de Picasso fueron pintados en esta permanencia en Horta en 1909, sin duda bajo la influencia de Cézanne. No pasan de media docena, ya que aún en Horta continuaría pintando interiores y retratos. Pero todos ellos tendrían una consistencia, una unidad de propósito que, aunque Picasso niegue, como siempre, toda intervención intelectual en su pintura, que postule una ausencia de teoría e incluso en alguna ocasión haya asegurado que él y Braque comenzaron a pintar en forma cubista como un chiste, los paisajes de Horta constituyen, en sí, toda una estética.

Casi en la cima de Horta se encuentra la antigua plaza: escenográfica, admirable en sus proporciones, es un recinto casi completamente cerrado por construcciones homogéneas con portales (¿siglo XVI o XVIl?) y por una iglesia que luce una airosa espadaña que señala la silueta del pueblo desde lejos. Aquí, en una pequeña fonda que ya no existe, pero situada en la esquina de la calle hoy llamada Pintor Pablo Picasso, se hospedaron él y Fernanda. Picasso traía los bolsillos llenos de dinero gracias a la venta de sus cuadros, y cuando veía pasar un pobre bajaba corriendo y, un poco absurdamente, le llenaba las manos de billetes. Él y Fernanda, en este viaje, no hicieron una vida al aire libre, como la del primer viaje: a ella le gustaba tocar la guitarra y sobre todo jugar al dominó. Frecuentaban la posada que quedaba en la calle de abajo de la plaza, donde pasaban gran parte de la tarde y la noche, como si hubieran traído el ambiente de café parisiense a Horta. Pero cuando en el pueblo se supo que Picasso y Fernanda no eran casados, algunos lugareños lanzaron piedras contra los vidrios de sus ventanas, y los dueños de la fonda les pidieron que abandonaran el establecimiento. Esto no afectó a Picasso. Su amigo, un señor de apellido Membrado, le facilitó unas habitaciones en la casa que quedaba frente a esta fonda, y allí siguió viviendo la pareja infame hasta el final de su estancia en Horta, y allí Picasso siguió pintando. Además de los paisajes, pertenecen a esta época la importante serie de cabezas y bustos femeninos (Fernanda), construidos también en forma cubista, y que, me parece, emanan directamente de su pintura del paisaje catalán.

La sencilla gente de Horta de San Juan se está dando cuenta recientemente de la importancia de su pueblo en la evolución de Picasso. No quiero postular la tesis de que sin ciertos elementos indudablemente cúbicos que se encuentran en el paisaje en tomo a Horta no hubiera existido el cubismo, porque pienso que, pese a lo que diga Picasso, el cubismo es, sobre todo, una aventura intelectual, y el paisaje es Fernanda y es una botella de anís y es un trozo de pan, y de nuevo es el paisaje. Pero el metabolismo sensorial- intelectual de Picasso era riquísimo, capaz de incorporar mil cosas y sintetizarlas en unos cuantos trazos. Y sin embargo, para mí, que conozco y amo la región, el color del cubismo -o más bien su falta de color- es el color de esta región de Cataluña, y no me es difícil encontrar trozos de la topografía imaginaria de Horta -sus paredes de piedras, sus mas, sus fardos de paja, sus casas cúbicas- diseminados en toda la pintura cubista, hasta en la de los amigos de Picasso, hasta en la de sus imitadores que jamás conocieron ni Cataluña ni Horta.

Hoy, para mí, resulta imposible mirar el pueblo de Horta y su paisaje sin pensar en los seis fienzos cubistas que allí pintó Picasso: el paisaje ha llegado a parecerse al arte, la naturaleza a imitarlo. Lo que no es raro. Y además Picasso sabía muy bien que este conocimiento inverso de la naturaleza era valioso y real. No en vano cuando Gertrude Stein, al ver su retrato hecho por Picasso, le dijo al pintor «Pero si yo no me parezco nada...», a lo que Picasso le respondió: «No te preocupes, ya te parecerás...» Y cuando los pobladores de Horta protestan que en Horta jamás existieron las palmeras con que Picasso la adomó, piense, en el Museo del Hermitage, cuánta más realidad incambiable posee Horta en Leningrado, que esa Horta trasegada y agitada e cambia día a día, y en la cual va siendo más y más difícil encontrar la posición ideal e inexistente de las tres palmeras del cuadro de Leningrado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de septiembre de 1979

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