Crítica:Crítica
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Jonathan Swift, el escepticismo de un panfletista

La cristalización en la monarquía parlamentaria del equilibrio social que dio fama liberal a la Inglaterra del siglo XVIII significó para la burguesía de ese país la posibilidad de acceder no sólo a una porción de poder desde la cual proteger su expansión económica, sino también a una cultura que hasta entonces había sido patrimonio y divertimento de la aristocracia. La apertura de la alternativa política entre whigs y tories indicaba que los nobles ingleses habían comprendido que sólo aliándose a las clases emprendedoras lograrían sobrevivir en el Estado, y al mismo tiempo marcaba el comienzo del fin de los hábitos culturales cortesanos. Este cambio no fue abrupto: durante buena parte del siglo, la literatura inglesa se vio a medio camino entre el ingenio, la sutileza y la claridad clasicista de estilo que suponen cierta vanidad aristocrática, y los deslices de ese gusto, el desenfado mordaz y un sentimiento profano que parecían ser eco del impacto iluminista en la Iglesia.Con todo, surgió entonces en Inglaterra un nuevo público lector que, alentado desde los periódicos, otorgó a los escritores la posibilidad de vivir de su oficio. En un principio, sin embargo, de lo que se trataba era de atender a lo exigido: los partidos necesitaban crear opinión entre los ciudadanos influyentes y por ende era la literatura política lo que se pagaba mejor.

Jonathan Swift

El cuento de un tonel.Ed. Seix Barral, Barcelona, 1979.

Los dos principales publicistas de la época, representantes dilectos de este clima, fueron Daniel Defoe y Jonathan Swift, uno en las antípodas del otro. Defoe, defensor activo de la ética puritano-burguesa, concibió con Robinson Crusoe el himno de una clase ambiciosa y optimista, consciente de su ascenso. El tory Swift, por el contrario, escribió con la pluma del resentimiento. Misántropo, desilusionado de la Ilustración, entrevió el fariseísmo donde otros no lo percibían -porque «odiaba mejor»-, y pudo escribir a Alexander Pope que su objetivo era atormentar al mundo, más que divertirlo.

El cuento de un tonel («Escrito para el perfeccionamiento universal de la humanidad», reza el subtítulo) es básicamente una sátira-panfleto destinada a defender la Iglesia de Inglaterra contra las ideas impregnadas de materialismo de Tomas Hobbes. Lo notable radica en que, mediante una brillante operación de sutileza, Swift consiguió que la obra -escrita en su juventud, mientras vivía en casa de Sir William Temple, y cuya crueldad no tiene nada que envidiar a la de los Viajes de Gulliver- involucrara en su burla a lo presuntamente defendido, para convertirse finalmente en un ataque contra las iglesias en general y contra toda verdad que se pretendiese eterna. Transportado a nuestra época el cometido iconoclasta se cumple de todos modos: la querella en torno a los trajes con que Swift degrada las disputas entre el papado, Lutero y Calvino, bien podría aplicarse a los cismas que se producen en el seno de los credos políticos contemporáneos. Nadie dejará de disfrutar del texto, pues, como advierte el mismo autor, la sátira tiene la ventaja de que «cada uno cree que va dirigida al prójimo y se desentiende sabiamente de la parte de responsabilidad que sobre él recae, para colgarla sobre las espaldas del mundo...».

Predominio de la izquierda

Pero El cuento de un tonel es mucho más que esto. Los inacabables prólogos y dedicatorias, la superposición de relato alegórico y disgresiones ensayísticas, las constantes alusiones a «modernos» y «antiguos» constituyen en conjunto una vasta reflexión sobre el origen de la cultura -o bien: sobre lo hecho y acumulado por los hombres, y la relatividad de su valor en diversas situaciones sociales-, de una crudeza tal como sólo puede ser posible para los escépticos geniales en las épocas en que los basamentos del orden social no ofrecen seguridad ni perspectivas. El desfachatado humor no es más que un síntoma de que el escéptico de marras transitaba por la penúltima etapa de la desesperación.Por último, tanto en El cuento... como en el escrito sobre la Operación mecánica del espíritu pueden encontrarse asombrosas anticipaciones de los teoremas psicoanalíticos acerca de la sublimación y de la cultura como neurosis. En efecto, cuando Swift escribe que «la corrupción de los sentidos es la generación del espíritu», o que «el entendimiento humano... debe estar inquieto y saturado por los vapores que ascienden de las facultades inferiores, para regar la inventiva y hacerla fecunda», no está sino adelantando que lo espiritual nace de la represión de la sensualidad. Tal vez esto explique su manifiesto gusto por lo escatológico, que le valió la crítica tanto de ciertos popes de su tiempo como del circunspecto Aldous Huxley. Lo cierto es que a Jonathan Swift, una de las plumas más refinadas de su época, le importaba muy poco que la crítica condenara sus deslices excrementales. Sabía, como Horacio, que al hombre no le es fácil aceptar que «nacemos entre el orín y las heces». Sus contemporáneos, por lo pronto, acabaron por dejarlo de lado, por más que antes lo hubieran nombrado Ciudadano Honorífico de Dublín. Swift fue enloqueciendo paulatinamente; en 1745, al morir, legó todos sus bienes para la construcción de un manicomio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0008, 08 de mayo de 1979.