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NOVENA DE FERIA DE SEVILLA

La casta torera de Emilio Muñoz

La tarde era de Paquirri, con tres orejas cortadas y la decisión de ser el triunfador de la feria. De tal forma había llenado la tarde, que pensaba dedicarle esta crónica y titularla «Paquirri, al poder», ya explicaré por qué. Pero lo que ocurrió en el sexto cambió los méritos y la noticia de la corrida, pues surgió la evidencia de un torero de casta asombrosa, con la ambición legítima de ser figura del toreo por derecho propio.Ese sexto toro tuvo peligro desde que apareció por el toril. Serio y con cuajo, hizo una pelea dura en los dos primeros tercios, y en el último desarrollaba sentido. Era un toro para quitárselo de en medio sin más contemplaciones. Pero Emilio Muñoz quiso hacerle faena. Cada muletazo era un sobresalto, y todo el trasteo, de verdadera angustia. Se sucedían los gañafones y las coladas, que el torero sorteaba como podía, y volvía a la cara, crecido, dispuesto a someter al animal.

Plaza de Sevilla

Novena corrida de feria. Toros de Torrestrella, desiguales de presentación y comportamiento, con tres ejemplares de trapío (los últimos) y, predominio de mansedumbre y problemas. El Viti: estocada (ovación). Pinchazo y estocada (palmas). Paquirri: gran estocada (oreja, insistente petición de otra y dos clamorosas vueltas al ruedo). Buena estocada, rueda de peones y descabello (dos orejas). Emilio Muñoz: estocada baja (silencio). Estocada caída (vuelta al ruedo). Paquirri dio, al acabar la corrida, una vuelta al ruedo a hombros y fue sacado así de la plaza, aunque no le permitieron hacerlo por la puerta del Príncipe.

La pelea era de poder a poder, emocionantísima, casi suicida, y hubo un momento en que pareció que el toro empezaba a tomar la muleta. En dos o tres viajes ya no derrotó. En uno de pecho se quedó corto y Emilio Muñoz quiso repetir el pase, no cabe duda que para obligar a la fiera a que siguiera la muleta, a corregir su instinto de coger. Sin embargo, el peligro no había desaparecido en absoluto y en el siguiente remate el toro enganchó al torero como para partirlo en dos: lo prendió por un muslo y luego, sin dejarlo caer, por la axila. Aún metió las astas cuando el espada se arrebujaba en la arena.

Emilio Muñoz se incorporó y tal como hiciera en su anterior actuación, después de una seria voltereta, se volcó sobre el morrillo, para cobrar una estocada hasta la bola. Aquí hay torero. Emilio Muñoz pide paso por el camino del valor auténtico, y si nada imprevisible sucede lo va a tener, para ocupar en breve tiempo con todos los honores uno de los primeros puestos del escalafón. Sus actuaciones en La Maestranza se han estrellado con la mala suerte de los toros difíciles, o francamente imposibles, como era el tercero, un manso integral que se fue a tablas ya durante el tercio de varas y de allí no salió, ni en banderillas, ni en el breve trasteo con la muleta. Pero quizá venga por bien esa mala suerte; quizá a este torero, que ha ido tan apoyado durante su etapa novilleril, le convenga este aprendizaje duro por el camino del infortunio y del peligro. Ya habrá tiempo de que le salga el toro boyante para interpretar las suertes como él sabe hacerlo.

La corrida, con torrestrellas desiguales de tipo y comportamiento, algunos de mucho respeto, fue la más interesante de la feria, sin duda porque la lidiaron tres de los mejores espadas con que contamos. Cuando se dice que en la época actual no hay toreros conviene recordar a estos tres, cada uno importante dentro de su personalidad y estilo, los cuales habrían hecho, no nos cabe duda, muy buen papel en anteriores etapas de la tauromaquia.

Ahí está Paquirri, un león, entregado en todos los tercios, desde que recibe a los toros a portagayola hasta que los tumba de fantásticas estocadas a volapié puro. Día a día se comete con él la injusticia de destacar el poco arte que tiene para ejecutar las suertes, y no hay tal cosa, como pudo verse en el muy noble quinto, con el que se empleó a fondo para depurar al máximo la ejecución del natural. Pero no se subraya como merece su poderío y su va lor, como demostró en el anterior toro, que era difícil por el genio y la violencia de sus embestidas, y mediante una técnica d e magnífico lidiador consiguió atemperarlas, hasta dominar al animal, que acabó acometíéndole, entregado en varias series de naturales. Un Paquirri asi merece un puesto en la cumbre, «Paquirri, al poder». sin reservas, porque es torero y. para demostrarlo, lo entrega todo cada tarde.

Y ahí está El Viti, que encabezaba la terna; diestro experimentado, maestro en el arte de lidiar reses bravas, muletero excepcional, que toreó con eficacia y hasta con brillantez, a veces, frente a dos toros deslucidos. Aquí, de nuevo, eran verdad esos tradicionales silencios respetuosos de la Maestranza. Se podía oír el volar de una mosca mientras El Viti dictaba,la lección de tauromaquia, reposado, sin un pase de más ni a destiempo, en el sitio preciso. Los que con perfecto dominio de querencias y distancias empleaba para cambiar de terreno a la res levantaban el murmullo de la admiración.

La corrida, argumentada, llena de detalles y faenas de diverso estilo, fue un gran espectáculo y culminó con la emocionante pelea ante el peligro de un chiquillo de dieciséis años, que lleva en el corazón la casta torera.

Gran expectación

Todos los días se ha llenado La Maestranza, pero la expectación fue enorme en las corridas del jueves (cartel del arte) y de ayer. Para esta tarde, última actuación de Curro Romero, y mañana, la tradicional miurada, se esperan también llenos de «no hay billetes».

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de abril de 1979