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Tribuna:

Los robapinos

Yo creo que el señor Alvarez/Vaguada lo que quiere es cogernos cansados para cuando las municipales. Lo primero organizó un maratón, o sea pedestre, por todo Madrid, para entrenar a la gente en ir a pie hasta la oficina, en slipocean y con un número a la espalda, que hasta don Ramón Tamames, candidato a lo mismo, cayó en la charada y se fue a correr como un teen-ager, sin miedo a caerse en un barranco ni nada, y eso que Madrid está lleno de barrancos.Lo cual que la niña que llegó la última, Clara Cosials, una chica de Vallecas, muy mona por cierto, dieciséis años, o sea sin pasarse, me explicó a mí en una carta las deficiencias mayormente, y luego la conocí y nos sacamos una foto juntos. Tenía el lirismo de haber llegado la última, pero eso ella no lo comprendía. La juventud no es lírica, sino épica. A lo que iba, que luego el señor alcalde nos puso lo mismo, pero en bicicleta, o sea maricón el último, tipo ecológico, sin contaminar, la vuelta a España a Madrid, pero peatonal, sin Utrillo ni Kas ni nada. Y ahora, cuando todavía estamos convaleciendo de aquello, que fue un cirio y los camiones se te cruzaban por todas partes, nos invita y concita a plantar veinte mil árboles en la Villa.

El madrileño que se proponga vivir la vida de Madrid, hacer vida madrileña, no llega a viejo. Lo de Alvarez/ Vaguada, como lo de Mussolini, es vivire pericolosamente. Y menos mal que su memorión, o sea Luis Blanco Vila, ha sacado un tomo sobre la historia de El Ideal Gallego, que es provechosa lectura para los días de muermo y las noches de Navidad, y envío que le agradezco mientras se inventan otra olimpíada de algo.

Ahí está lo de los árboles del Retiro, las talas de las calles, el concejal como enemigo natural del árbol, aconteceres selváticos que nadie ha explicado nunca en Madrid. Don Alvarez/Vaguada, en lugar de explicarlos, prefiere invitarnos a plantar árboles en la Villa y Corte, supongo que respetando los espacios azca y otras zonas ya contratadas con sustanciosas inmobiliarias, tampoco vaya a ser que.

Pero la iniciativa del alcalde, que en sí misma es hermosa y paremiológica -un hijo, un libro, un árbol-, peca de un tanto joseantoniana, por lo que ustedes saben y recuerdan de la repoblación forestal a cargo de los flechas de postguerra y la despoblación forestal subsiguiente, a cuenta del Instituto Nacional de Colonización, que se conoce que se llevaban los árboles a colonizar el Sahara, para que los futuros polisarios pudieran aparcar el camello a la sombra.

Y, sobre todo, que la repoblación colectiva del desarbolado Madrid coincide con el auge, apogeo y fragor navideño de los robapinos, muy particular especie anual del arboricidio madrileño y la delincuencia cheli que consiste en proveer misteriosamente de pinabetos los mercados locales de árboles de Noel, como el de la plaza Mayor y otros. Así que en estos entrañables días Madrid es un filme mudo de Mack Sennet y por un forillo entran los madrileños de buena voluntad a plantar los pimpollos del alcalde y por el otro forillo salen los robapinos con su pino recién cortado, camino de la Plaza Mayor u otros puntos de venta, en la furgonetilla loca o el motocarro tipo Plácido, para vender la ingenua y forestal mercancía que nos pone a nivel europeo en cuanto a unción pagana, película de Hollywood y gloria a Papá Noel en las alturas.

La sauna finlandesa de mi urbanización y el árbol de Noel que nos ha traído el barojiano robapinos me tienen tipo Marcelino Oreja, pero sin portafolios, que el portafolios es hortera si no tienes a Camuñas o a Arias-Salgado para llevártelo. Y me tienen, sobre todo, preguntándome por la ironía bondadosa y desastrosa de este Harold Lloyd municipal que es nuestro alcalde, sonriente como Juan Pablo I, pero con la medalla de Madrid en el sitio del infarto. Profesionales y oriundos cortan y roban tiernos pinabetos de los parques y alrededores madrileños, hoy como todos los años, mientras el señor Alvarez nos invita cívicamente a plantar veinte mil árboles, siempre que no sea en su Vaguada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de diciembre de 1978

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