¿Hacia una "liberalización" de Guinea-Conakri?
Catedrático de Derecho Político. Embajador extraordinario de España en AfricaEl fenómeno peculiar del eurocomunismo tiene también un reflejo peculiar y, por ahora, más ambiguo, en algunos países progresistas africanos, excesivamente inclinados hacia el bloque del Este. Se inicia, así, en ciertos regímenes -unos, pioneros en la descolonización, como Guinea-Conakri, y, otros, recién descolonizados, como Angolaun cierto «deslizamiento», con autocríticas incluidas, todavía más referidas a los modelos y planes de desarrollo que a niveles ideológicos, hacia posiciones más estrictamente neutralistas-progresistas y, lógicamente, hacia una mayor aproximación con los países occidentales.
En este sentido, el coloquio celebrado en Conakri, del 3 al 16 de noviembre, bajo el título genérico de «Africa en marcha», es un dato político realmente importante. Significación especial no sólo por las organiaciones asistentes -prácticamente, todos los africanos, y comunistas europeos y no europeos-, sino también por los debates y conclusiones y, de modo concreto, por la «declaración sobre los derechos de los pueblos y los derechos del hombre».
Derechos humanos y derechos populares
En cierta medida, la declaración de Conakri es una respuesta política al relanzamiento, por parte occidental, de la filosofía de los derechos humanos clásicos. Partiendo de las conocidas posiciones ortodoxas -el derecho, como producto histórico y de clase-, los derechos humanos sólo pueden concretarse eficazmente en la garantía previa de los derechos de los pueblos, es decir, éstos condicionan la efectiva realización de los primeros. Los derechos de los pueblos, así enunciados, englobarían lo que, en los países occidentales, denominamos «derechos sociales y económicos», junto a los derechos por la independencia nacional, a los que, obviamente, tienen que estar sensibilizados, y justamente sensibilizados, los nuevos Estados africanos que, a través de sus luchas anticoloniales, consiguen su soberanía después de la segunda guerra mundial.
De una manera concreta, los asistentes al coloquio afirmaron solemnemente:
- Los derechos a la autodeterminación y a la independencia nacional.
- El derecho a utilizar toda forma de lucha para conquistar su independencia nacional y preservar los intereses vitales de la nación.
- El derecho a elegir la vía de desarrollo correspondiente a sus aspiraciones legítimas, a sus tradiciones nacionales y a las condiciones concretas de su país.
- El derecho a un nuevo orden económico internacional, fundado sobre la equidad, el respeto a la independencia y a la soberanía nacional, en un espíritu de solidaridad y de cooperación internacionales.
- Los derechos socioeconómicos, como el derecho al trabajo, a la educación y a la cultura, el derecho a la salud, a la seguridad social, a la información, etcétera.
- El derecho a proseguir una lucha radical, y concretamente, contra el subdesarrollo científico, técnico y material.
Pero, al mismo tiempo, se reconoce, como afirmación muy positiva, que expresa claramente una política de aproximación a los supuestos ideológicos occidentales, «el deber de todo Gobierno democrático de velar por el respeto escrupuloso de los derechos del hombre en un país, precisando que el único motor generador del respeto de los derechos del hombre es el sistema polítido-social, que garantiza la verdadera libertad, la verdadera democracia, la dignidad humana para la liquidación de todas las bases de explotación del hombre por el hombre y la opresión de los pueblos».
La concurrencia ideológica, expresión jurídica de una coexistencia, convierte la respuesta africana en una actitud que, desde luego, puede tener consecuencias políticas importantes -internas y, especialmente, internacionales- a plazo más o menos inmediato. La propia enunciación, citada anteriormente, del derecho a la elección de la vía de desarrollo marca ya un claro deslizamiento a posiciones más pragmáticas y realistas. Los modelos únicos, estereotipados, y de importación, son así anulados o, al menos, sujetos a críticas y autocríticas. O, dicho en otros términos, se evidencia, sin renunciara los principios, una nueva perspectiva económica, cuya traducción concreta podrá especificarse en una mayor colaboración con los países occidentales, dato paralelo a una diversificación en sus relaciones internacionales, tanto políticas como económicas.
Deslizamiento político en Guinea-Conakri
En este contexto, Guinea-Conakri, partido-Estado anfitrión y organizador del coloquio y del informe previo, puede jugar un papel renovador de los esquemas estratégicos hacia las grandes potencias presentes en Africa, y, singularmente, de motorización de una nueva política internacional africana y extra-africana más pragmática. Es evidente que nuestros supuestos europeos del pluralismo político y del papel de la oposición no constituyen un valor prioritario. La interpretación rusoniana del Estado-pueblo-partido, que en Sekú-Turé es muy clara, lleva a unas conclusiones y planteamientos que los europeos difícilmente aceptaríamos, pero sí podemos comprender en los «Estados que se constituyen», salvando, claro está, el respeto a los derechos humanos básicos.
La saturación ideológica -Lenin, Rousseau, Mahoma- ha llevado a ciertos países y, en este caso, a Guinea-Conakri, a un replanteamiento crítico de su modelo de desarrollo. Guinea, a diferencia de Senegal y Costa de Marfil (que, en 1946, constituyeron un amplio movimiento panafricano, el RDA), se desgajó años más tarde, del reformismo de sus vecinos francófonos, para llevar a cabo una experiencia que, ahora, con valentía, plantea Sekú-Turé una cierta autocrítica. Autocrítica que no significa abandonar los principios revolucionarios progresistas, pero sí adaptar medios y fines. Este es, a mi juicio, el valor positivo en la actitud del presidente Sekú-Turé: iniciar una crítica a un modelo económico que, en muchos casos, no ha resultado eficaz, planteándose correlativamente una nueva política internacional que integre «la más amplia cooperación posible con todos los países». La liberalización aquí hay que entenderla todavía como una liberalización hacia el exterior, pero es, sin duda, un paso primero para lograr, en el plano interno, una sociedad más pluralista y abierta.
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