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Tribuna:TRIBUNA LIBREInterrogantes ante la nueva Constitución / y 2

Frente a política y religión, ética y cultura

Teólogo¿Será capaz la nueva «Constitución española» de integrar aquellos viejos y estos nuevos valores que fueron y son el alma de la concienca española, que por ello pueden convertirse en fermento de fraternidad y convivencia; y de no imponer aquellos otros que puedan por el contrario ser fermento de distancias, de memorias irreconciliantes, de diferenciaciones innecesarias? ¿Qué actitudes serían necesarias en los españoles para que a la vez que un texto legal reconciliador surja un talante y una permanente voluntad de fraterna concordia?1. La anterior hegemonia de la religión y la política

Deberíamos comenzar desenterrando aquellas grandes dimensiones y actualizando aquellas responsabilidades del alma hispánica, que han estado más silenciadas durante los últimos decenios. Una ilegítima absolutización de lo religioso ha impedido no pocas veces a los españoles descubrir la diversidad de tareas en otros órdenes (cultural, social ... ); y esos valores religiosos, que tenían que haber sido el fondo del que nacen otras múltiples urgencias y responsabilidades, se han convertido a veces legitimadores de situaciones que anulaban las instancias culturales y éticas de los ciudadanos y de los grupos sociales.

El cambio de régimen político va a llevar entre nosotros una inversión de muchos valores y actitudes anteriormente vig9ntes. A una religión que se erigía en fuente única y en dominadora de toda la ética, se opondrá ahora una ética que, excluyendo toda religión, se eleve a sí misma a valor absoluto, cuasireligioso. A la anterior abnegación del protagonismo político y a un silenciamiento de la dimensión política de todo hombre, seguirá ahora una acerada afirmación de la política y de su significado para la existencia de otros valores que esa vida necesita también para lograr su plenitud; plenitud que no se inicia ni se agota con la política. A una cultura que fue domesticada al servicio de un régimen y de unas fuerzas políticas, seguirá otra que se concebirá también como arma para instaurar el régimen y fuerzas de sentido contrario. A una hipoteca de la religión y de la cultura, seguirá otra hipoteca de signo distinto. En ambos casos, una y otra han perdido su autonomía y han quedado prostituidas.

2. La inviolable autonomía de la ética y de la cultura

Nosotros quisiéramos postular como la más sagrada y urgente tarea para la actual conciencia española el redescubrimiento del valor y de la autonomía tanto de la ética como de la cultura. Frente a dogmatismos, violencias e imposiciones reclamar formación e información, conciencia crítica, esperanza con razón, sospecha y reconocimiento mútuo del prójimo diferente. Porque donde hay capacidad crítica y sensibilidad ética, allí tendrán también su, legítimo lugar la religión y la política, pero nunca podrán ser invertidas en fanatismo ni en dictadura. Quisiéramos a la vez postular la afirmación pública de todos aquellos grupos humanos que durante el último siglo no dejaron de afirmar, con toda razón, que el primer problema de este país es el de la educación y de la cultura, de ética y de sensibilización. No que los problemas religosos no tengan una real significación para la vida humana, ni que los políticos carezcan de urgencia, pero sin cualificación ética y cultural a la altura del tiempo, este país quedará a merced de los ladrones, y no hará sino cambiar el signo de su dominación y el nombre de su barbarie.

La ética crea entre los hombres las bases del respeto mútuo y de la aceptación personal, junto con la posibilidad de la comunicación, del enriquecimiento y de la colaboración. Ella es el lugar de posible encuentro para hombres de actitudes religiosas y políticas distintas. A su vez la cultura crea la conciencia, comprensiva, creadora y crítica, el ensanchamiento de los propios límites, la capacidad de mirar y admirar al prójimo como otro en su peculiar significación y de reconocer al adversario su riqueza e incluso su superioridad. Si a nuestro país se le hiciera creer que los grandes logros de la nueva situación consisten sólo en la nueva libertad para poner un papel que se llame voto, en una caja de cristal o en la libre posibilidad de mirar cuerpos desnudos en revistas ilustradas, se le habría encadenado a nuevos poderes, más férreos que los anteriores por menos visibles y más degradantes, ya que juegan con los más sinuosos instintos humanos. Se le habría dado la apariencia de libertad para mejor quitarle la realidad de la libertad. La democracia es el marco imprescindible para que los hombres sean conscientes y protagonizadores de su destino, y esto sólo será posible mediante el cultivo de unos valores y el logro de unas realizaciones. ¿Quién nos mostrará, qué valores son realmente humanos y qué realizaciones realmente humanizadoras? ¿Cómo conjugaremos concretamente en la vida pública los diversos proyectos de hombres y de sociedad? Estos interrogantes nos llevan a plantear los problemas de la necesidad de una nueva ética y de una nueva cultura para la sociedad española.

3. La llamada ética civil¿Qué se quiere decir con esta expresión? Ante todo algo de carácter negativo: que no se podrá seguir imponiendo la ética cristiana desde el poder, declarar por principio inmorales o mirar con desprecio y recelo a quienes no compartan esa fe y la moral que de ella deriva, discriminar cívica ni políticamente a quienes la rechazan explícitamente ni tampoco a quienes explícitamente la confiesan. Positivamente en cambio la ética civil, ¿qué es?, ¿como se elabora?, ¿con qué contenidos y normatividad?, ¿cómo se conjuga con las otras éticas que cada hombre, deriva de sus posturas de intimidad, religiosa o no religiosa? De momento, nos conformamos con decir que tal ética civil es considerada por el cristiano como legítima teóricamente y prácticamente como necesaria, que él está dispuesto a colaborar en su elaboración e instauración, aún cuando confiese que para él es *insuficiente, ya que no puede llenar las exigencias y explicitar los valores que él considera normativos a partir del evangelio. En este sentido, los cristianos aportarán las perspectivas propias, pero no intentarán imponer a los demás como ley civil lo que para ellos es tina exigencia derivada de la confesión de fe y de su libre adhesión a la Iglesia.

El discernimiento de estos campos, por un lado religión y ética y, por otro, la ética necesaria y válida para todos, en orden a crear una convivencia rica de posibilidades y densa de valores, a la vez que la ética propia de cada grupo religioso o cultural, es una de las tareas más urgentes de nuestro momento. Discernimiento y creación; respeto para el prójimo a la vez que afirmación consciente y tranquila de la propia posición sin encubrimiento vergonzante ni clandestinización de la propia identidad religiosa; oferta gratuita y no proselitista de. los valores propios, es decir, aquella que acontece en el respeto absoluto a la libertad del prójimo. Esos son objetivos urgentes, a fin de que nuestra sociedad sea una real comunidad comunicativa, y no se convierta, por el contrario, en una superposición agresiva y agresora de los diversos grupos humanos, entre sí, o bien, por el contrario, sea degradada a masa indiferenciada sin rostro ni color, donde los valores queden condenados al anonimato de la clandestinidad o de la pura intimidad personal o familiar.

Una sociedad, que por reacción contra una anterior dictadura, llevando al límite las características formales de la democracia, operase una «desertización ética» de su vida pública, haciendo imposible la afirmación y el cultivo público de los grandes valores e ideales, se con vertiría automáticamente en el fermento más eficaz de una revolución inevitable. Porque el hombre no se deja reducir a mero sujeto de producción y consumición; necesita conferir sentido a la existencia, hacer proyectos de .ultimidad, encontrar significa ción a su destino personal. Por ello terminará reclamando idea les a la vez que realidades inmediatas, esperanzas de vida verdadera a la vez que seguros para esta efímera vida, memorias a la vez que promesas absolutos referidos a la vida a la vez que relatividades que se agotan en la cuotidianidad.

Los actuales movimientos anárquicos derivan de esa desecación espiritual de la sociedad y de una secularización absoluta de la política, que sólo provee al hambre del cuerpo y no a los anhelos, desvelos, pasiones y temores radicales del hombre; una política que le condena al silencio de quien pace sin levantar cabeza, a la incomunicación de quien no puede ver ni vivir más allá de los horarios y productos, al anonimato de quien ha perdido su nombre propio en medio de la masa y, por ello, ya no es necesario a nadie como persona, y puede morirse sin que se muera para nadie. Es esa amenaza al ser mismo del hombre, de su identidad en el mundo y de su significación ante alguien, la que desencadena las más duras pasiones revolucionarias de nuestros días. Y esto, lo mismo en Oriente que en Occidente, en los primeros que en los terceros mundos, aún cuando las carencias e_inhumanidades inmediatas que éstos sufren velen por el momento esa profunda inhumanidad que nos amenaza a todos.

4. Los anteriores vacíos y las actuales responsabilidadesEn España estamos especialmente mal preparados para semejante tarea. Ahora es cuando más vamos a percibir los lados negativos de la fase anterior, que se sitúan no tanto en el plano político cuanto en el plano ético y espiritual, porque aquéllos son exteriores y fácilmente perceptibles, y éstos, en cambio, son interiores a cada uno de nosotros, y reaccionamos desde ellos sin saberlo. Cuando a un país se le hatenido tan largo tiempo subyugado, sin poder ejercer las propias iniciativas, responsabilidades y órganos, entonces esas iniciativas, responsabilidades y órganos se atrofian. En el orden ético eso significa que la indebida perduración de una situación autocrática ha inhibido las responsabilidades de los ciudadanos al someterlos a un régimen dogmático, que genera paulatinamente una desmoralidad y desemboca necesariamente en una desmoralización, es decir, en aquella situación interior de quienes, caídos unos valores y nortes de existencia, no tienen otros valores a los que servir y otros nortes por. los que orientarse; desorientación y desvalimiento de quien ha ignorado u olvidado cuáles son las responsabilidades que no se pueden delegar en nadie y cuáles las acciones personalizadoras independientemente de la eficacia que reporten; desvalimiento de quien no sabe ya, qué acciones son fuente de paz y fraternidad y cuáles, por el contrario, son fuente de discordia, distanciamiento y guerra.

En los próximos años se nos van a desvelar cuáles fueron los más graves vacíos del franquismo: vacíos de responsabilidad personal suplida por el poder, vacíos de compromiso moral, vacíos de formación e información cultural con carácter crítico, vacíos de creaciones culturales derivadas de la iniciativa en libertad, vacíos de participación y responsabilización. Y esos vacíos son difícilmente superables en corto plazo. Porque la libertad, los valores culturales, las opciones éticas y religiosas se pueden favorecer, pero nunca sé pueden imponer, prohibir o suplir.

En tal situación se van a producir situaciones espirituales profundamente dolorosas y difíciles. Y para salir de ellas se intentarán unos saltos al límite, que pueden ser tan mortales como la situación anterior, porque, en el fondo, la repiten invirtiendo su sentido. Cuando se ha identificado la ley con la moral, el poder con los valores, y la autoridad con la soberanía incondicionada, no sólo se ha subyugado a los hombres durante unos decenios, sino que ha acontecido algo mucho más grave: se les ha negado el aprendizaje histórico necesario para saber discernir el bien y el mal, el servicio y el dominio; es decir, se les ha atrofiado la conciencia moral. Y cuando un órgano está atrofiado no basta con decretar de nuevo su ejercicio. Serán necesarios largos años de constante rehabilitación teórica y de ejercicio práctico. Será necesaria. una reconfiguración teórica de la conciencia moral y un ensayo de convivencia donde esos valores no sean palabras sino exigencias encarnadas.

Por ello hemos postulado aquí la primacía de la ética y de la cultura dentro de las múltiples responsabilidades abiertas a los españoles ante el futuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de diciembre de 1977