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TRIBUNA

¡Hermanos, daos la paz!

Felizmente las escrituras se han cumplido, aquello que anunciaron los profetas ha llegado ya. Había un aura bíblica, los preparativos del festín con pan ácimo, el sacrificio del cordero esta mañana en las Cortes. La amnistía ha seguido los avatares de un parto de nalgas con forceps y al final, incluso, ha roto aguas unos días antes de lo previsto para ver si con esto se quiebra de una vez la racha de la dinamita.Hasta ahora, la amnistía para unos era un trauma; y para otros un resorte automático conectado con el gatillo o la mecha. Allí en el hemiciclo, convertido hoy en la escala del sueño erótico de Jacob, se ha procedido oficialmente a extirpar el molesto papiloma de los pies de la democracia. Por este lado del calcañar, al menos, ya no hay motivos para la cojera.

La sesión ha comenzado con una escena que no hubiera dudado en firmar Pilatos. El representante de Alianza Popular ha subido al estrado con jofaina y mandil y allí arriba públicamente se ha lavado las manos, ladeándose de perfil, para que pase esta sentencia del pueblo. Ellos se abstienen. Alianza Popular ha asumido la dura responsabilidad histórica de arrastrar un karma negativo en esta peregrinación conjunta hacia el valle de la libertad; ha proyectado una zona de sombra no razonada, pura víscera orgánica, sobre el mantel de las nupcias. Ha gafado la fiesta, sencillamente. Su triste papel consiste en poder exclamar un día: ya lo decía yo, como una conseja revanchista de abuelo lleno de resabios.

Después han subido los representantes de cada grupo parlamentario a explicar su voto. Y el recinto de las Cortes se ha llenado de sentimientos de la mejor calidad. La cadencia de los oradores era obsesiva. La amnistía ha sido el resultado de un compromiso, excesivamente demorado, sustituido hasta ahora por sucedáneos, retales de perdón vergonzante; liquida una etapa, histórica y abre una nueva era de confianza; ha conseguido un consenso amplio más o menos entusiasta, aunque no da entera satisfacción a todos. Pero no importa, hermano, saque usted el benjamín del sansonite, que vamos a brindar. Hay que decir otra vez que la amnistía ha sido duramente arrancada, como se extrae una muela, de un tirón que ha dejado a algunos con la boca abierta y la quijada dolorida. Resta la sensación de que allí se ha dejado alguna esquirla dentro. Eso se nota. Porque lo que pudo ser una fiesta báquica de purificación por el vino para todos, que esta ronda la pago yo, ha quedado en una alegría de bombilla de sesenta vatios, oriada por el mal fario de un ala de tordo.

El olvido es un sentimiento indivisible, una pasión política unitaria, que obedece a un sentido pragmático, el acto feliz de borrar una pizarra llena de garabatos penales. En el Congreso no ha habido ese sentimiento de unidad indivisible. Todos han hablado bien, Camacho, Donato Fuejo, Triginer, Benegas, Arias Salgado, todos han exhibido una coronaria llena de racionalismo, excepto el señor Carro, que ni siquiera ha cedido a los argumentos del corazón que el cerebro no entiende, pero ha habido un diputado, Arzallus, de la minoría vasco-catalana que ha elevado el tono a una categoría radiante y sus bellas palabras han convertido el sentido común en filosofía socrática, un eco de aquella oración de víscera sangrante, paz, piedad, perdón, que nuestros padres oyeron en una radio de capillita bajo la almohada en las altas noches desoladas de la guerra.

La amnistía ha sido votada casi por unanimidad. Y mientras todos aplaudían esta angustiosa salida del desfiladero, era un espectáculo bastante deprimente ver a los de Alianza Popular con las manos en los bolsillos, puestas a calentar en el brasero de la mal llamada virilidad ibérica. Desde la tribuna de prensa he visto a Santiago Carrillo y a Ignacio Gallego instruirle delicadamente la mano a Pasionaria para que pulsara la tecla del voto. Oficialmente aquella guerra ha terminado con esta caricia a la máquina electrónica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de octubre de 1977