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Tribuna:

El Trono, en la "operación democrática"

Con motivo del primer aniversario de la proclamación de don Juan Carlos como rey de España, EL PAIS ha solicitado las opiniones de tres caracterizados políticos de la derecha, el centro y la izquierda. Licinio de la Fuente es miembro de Alianza Popular, José María de Areilza es promotor del Partido Popular, y Enrique Tierno es el presidente del Partido Socialista Popular.

Antes de que muriese físicamente el general Franco, en la conciencia de la mayoría de los españoles se admitía que estaba políticamente muerto, de tal modo, que sus instituciones eran las que sostenían un régimen que por principio se apoyaba en la propia personalidad del dictador. Quiero decir que para un amplísimo sector de las derechas, y desde luego para la oposición democrática, se preveía un cambio inexcusable y para tal cambio se estaban preparando mental y vitalmente los miembros de la clase dominante, y en términos más amplios los de la clase dirigente. Nadie había que diera por bueno que el franquismo iba a continuar. De aquí que el período del Gobierno Arias resultase en extremo contradictorio, pues estaba haciendo concesiones a una oposición franquista cada vez más limitada, respaldada desde unas instituciones cuya desaparición se preveía como inexorable. La continuidad del Gobierno Arias en la cresta de la contradicción hubiera sido tanto como marginar por completo al Gobierno, y con el Gobierno al Trono, del convencimiento casi total de que el franquismo estaba condenado a desaparecer.Casi la cuestión se resume en la pregunta de ¿por qué este convenio había alcanzado a los centros más altos de la decisión? La respuesta aparece que es clara: elTrono recién establecido había, por necesidad, de apoyarse en la opinión pública como por el convencimiento de que las dictaduras no sostienen hoy a los tronos. Así, la contradicción que expresaba el Gobierno Arias tenía que resolverse en el sentido de un proceso abierto hacia la democratización que contribuyera a sostener el Trono. Por su parte, la clase dominante tenía ahora como centro de imputación de sus intereses la Corona, que había sido establecida por el general Franco y que contribuía a dar cierta justificación a su conducta. Además la aceptación de la vía democrática aseguraba sus intereses, ya que parecía el mejor procedimiento para dar equilibrio y tranquilidad al pueblo. Por razones que no atañen a los principios, sino también a las conveniencias, la alta clase dirigente, estaba dispuesta a jugar a la democracia. El convenio se hizo tan hondo que la ruptura, preconizada por la oposición, se aceptó de hecho por el Gobierno arropándola bajo el nombre de reforma. La burguesía salvaba sus intereses trayendo la democracia. Ocurría con esto algo notable, que la oposición quedaba hasta cierto punto marginada, ya que su papel venía a reducirse al de la protesta y el radicalismo. De este modo la burguesía ganaba por ambos lados: por un lado, era demócrata y por otro empujaba a la oposición hasta un maximalismo ingenuo no respaldado por la opinión pública. En el transcurso de este proceso la clase dominante consiguió eliminar las dos fronteras que pudieran haber hecho fracasar el proceso democratizador, a saber: el tan traído y llevado tema de un desacuerdo del ejército con la operación, y que el maximalismo de la oposición pudiera rebasar la, propía capacidad de absorción por parte del Gobierno. Con indiscutible habilidad y con la cooperación sin duda de las potencias atlánticas se consiguió eliminar el primer temor y por otra parte se ha logrado que las huelgas y otros reducidos movimientos de masas, no provocasen reacciones por parte de la fuerza pública y llevasen a la inquietud o alarma permanente. Hemos de reconocer que la táctica del Gobierno Suárez, sobre el que cayó el peso de defender y aplicar la. operación «democracia» ha sido buena hasta ahora.

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Sin embargo queda un punto débil si atendemos a lo que sugiere esta reflexión sobre el año transcurrido; si bien se ha sabido mantener a la oposición al borde del maximalismo, ésta, por su parte no ha caído en la trampa y ha dado testimonio de una gran serenidad. Me refiero sobre todo a la izquierda. Ahora bien, en esto está, a mi juicio el punto débil de la maniobra, que ha limitado tanto a la oposición que hasta puede convertirla, por la propia mecánica de los hechos, en un sector marginado, en cuyo caso, la pretendida solución democrática quedaría vacía de sentido.

Al finalizar el año, la oposición, que conserva en gran parte intactas sus posibilidades, puede encontrarse en situación de desacuerdo con el Gobierno. En este supuesto, la maniobra quedaría incompleta y de aquí la nueva, última y capital pregunta: ¿será capaz el Gobierno Suárez de perfeccionar su táctica integrando a la izquierda en el juego democrático, o continuará marginándola sin que participe de ningún modo en el proceso? Hasta ahora la oposición poco que hacer tuvo, pero en el futuro le va a corresponder una acción decisoria, porque la derecha más conservadora intentará, arrastrada por sus intereses, retrasar la instauración de una auténtica democracia. ¿Podrá el Trono y el Gobierno al iniciarse el año siguiente de la muerte del general Franco completar la operación a que nos hemos referido? Este es el gran tema. Advirtamos que la oposición, conociendo sus propias posibilidades, no busca antagonismos irreconciliables, sabe bien cuándo puede y cuándo no puede asumir el papel de protagonista. La solución a este ensayo por parte de la burguesía, no corresponde a la oposición, corresponde al Gobierno. Digamos que el año del postfranquismo acaba con un interrogante del cual depende el futuro nacional.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 23 de noviembre de 1976