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Tribuna:

Marcel Duchamp, higienista

El centro cultural Georges Pompidou abrirá por primera vez sus puertas para acoger la muestra antológica de un hombre de excepción, Marcel Duchamp. Francia rinde ahora honores a su muerto ilustre. Por primera vez. Por primera vez también los ojos europeos podrán admirar en su continente la obra de M. D. en un museo: los museos europeos albergan tan sólo una obra suya, Les Jouer d'échecs. Y, sin embargo, este pintor -llamémosle así de momento- es una de las figuras más vivas, más citadas y que más influencia han tenido en el arte y el pensamiento actual. Y es que esta vigencia se debe, más que a lo que verán los ojos en el centro Pompidou, a lo que dejarán de ver: más a lo que dejó de hacer M. D. que a lo que hizo: más a su silencio que a su discurso, pues M. D. vino a darnos una especie de consigna: «no hacer nada y hacerlo muy despacio». Y es quizá mediante este pragmático apragmatismo por el que se ha convertido en uno de los mitos y prototipos que han de definir más este siglo. Para él su obra como pintor o como plástico era tan adjetival -y fundamental al mismo tiempo- como cualquier otra actividad a la que se prestara: el ajedrez, la tipografía, el paseo o la ebanistería. De él se dijo, justamente, que su mejor obra fue la utilización de su tiempo. El cómo pasaba el tiempo y no lo que en él produjo es lo que, de una vez por todas, queda como recuerdo de M. D. Y esto debe imposibilitar de facto el intento de encuadrarle en movimiento o disciplina alguna, para desgracia de medradores neodadás, conceptuales o como quieran dar en llamarse, que pretenden tener por secuela una de las escasas existencias individuales que atravesó nuestro siglo. Porque si algo dio M. D. fue sin duda la pedagogía, y si algo amara hasta las últimas consecuencias fue también sin duda la santa inutilidad.

Hay una gran dificultad para definir a M. D. Su actitud ante todo lo que hizo y lo que dejó de hacer, el cariño y escepticismo con que, respectivamente, se acercaba o alejaba de cualquier actividad impidieron que llegara a pertenecer a ninguna de ellas. Todas tas utilizó como medios circunstanciales para llevar a cabo su única vocación, la de vivir. Así, si hablásemos del artista M. D., lo haríamos siempre de acuerdo con sus palabras:

Mi arte consistiría en vivir: cada segundo, cada respiración es una obra que no está escrita en ninguna parte, que no es virtual ni cerebral y, sin embargo, existe. Es una especie de constante furor (1).

El desentendimiento y desprecio por todo intento social de institucionalización -arte, patria, Dios, familia, municipio, política...- que cristalizó en el dadaísmo tuvo en algunos un desenlace previsible y aceptable, el suicidio. Así ocurrió en el caso de Cravan, o de Vaché, o de Russell. Pero para M. D. no existía tal posibilidad. La vida para D., dijo Richter, era «una broma melancólica» (2), cuyo sentido ni merecía la pena descifrar. Y M. D. quiso sin duda jugar hasta el final. Se trataba de vivir y una gran curiosidad (3) le forzaba a ello. Si la vida era absurda, más aún lo era la muerte. Y con este punto de partida, M. D. inventó su vida paso a paso, disponiendo los acontecimientos, planeando a largo plazo, como en el arte haría Le Grand Verre, o como ocurriera en sus partidas de ajedrez. Porque la vida para M. D. fue una inmensa, maravillosa e inútil partida de ajedrez, un ajedrez cuyo tablero había diseñado él mismo.

Y la jugada planeada a largo plazo no admitía ni triunfo ni derrota. Su vida, al igual de nuevo que en Le Grand Verre, no admitía más sobresaltos que los dispuestos por el azar, pues se trata más bien de una cuestión de gusto que de ganancia. Se trata de saber perfectamente con qué se puede vivir (4). Y, rechazando todo posible beneficio, ignorando cualquiera finalidad o motivo, es lógico que desaparezca toda actividad justificable: Nunca he trabajado para vivir. Considero que trabajar para vivir es algo ligeramente estúpido desde el punto de vista económico (5). Ni moral ni arte, pero tampoco anti-moral ni anti-arte. Simplemente a-moral y a-arte. El gran jugador que nunca pierde ni gana.

Si M.D. supo encontrar el punto justo de equilibrio que le permitiera ser al mismo tiempo actor y espectador de su vida, fue porque era uno de los hombres que mejor supo seleccionar y utilizar el material con que mejor supo seleccionar y utilizar el material con que la vida lo rodeó y, al mismo tiempo, supo evitar todo lo que fuera impedimento para ello, bien se tratara de la fidelidad a una estética o a un grupo, bien del matrimonio, del trabajo o de la nacionalidad. Si, después de todo, tuviésemos que designar con una profesión a M.D., sólo una le cuadra: la de higienista. Porque de ser cierto que «la higiene es una colección de reglas encaminadas a evitar las enfermedades, prolongar la vida y hacerla cómoda, agradable y perfecta en lo posible». (6), ¿qué otra cosa hizo M.D. sino arbitrar los medios para que su vida fuera cómoda, agradable y perfecta? Al parecer lo consiguió. Poco tiempo antes de morir, y a la pregunta del periodista de ¿Cómo está usted? M.D. contestó:

- Estoy muy bien. No tengo en absoluto una mala salud. He sufrida una o dos operaciones, creo, operaciones normales, debidas a mi edad, como la próstata. He sufrido las molestias que asaltan a todas las personas que tienen setenta y nueve años: ¡atención! Soy muy feliz (7).

Pero M.D. empieza y acaba en sí mismo. Inútil el discípulo. Nada en él es trascendente, ni siquiera su ejemplo. Es éste tan perfecto que ocurre como con los santos, que es muy difícil seguir su camino.

Ocho años se cumplen ahora de su desaparición. En su lápida tan sólo una frase: «D'ailleurs c'est toujours les autres qui meurent» (8).

(1) Pierre Cabanne, Conversaciones con Marcel Duchamp, Barcelona, Ed. Anagrama, 1972.

(2) Hans Richter, Historia del dadaísmo, Buenos Aires, Ed. Nueva Visión, 1973.

(3) Pierre Cabanne, ed. Cit.

(4) Ídem.

(5) Ídem.

(6) S. C. Fernández, Nociones de higiene, Madrid, Saturnino Calleja, s.d.

(7) Pierre Cabanne, ed. Cit.

(8) Citado en Anne d´Harnoncourt y Kynaston McShine, Marcel Duchamp, Filadelfia, The Museum of Modern Art, 1973.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 7 de octubre de 1976