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Mate al Führer

El autor inicia una sección semanal en la que abordará historias que desmientan que no se puede mezclar deporte y política

El Club de Ajedrez Hitler, en 1940.
El Club de Ajedrez Hitler, en 1940. GETTY

En 1984 se anunció un hallazgo asombroso en la colección privada del bisnieto del ama de llaves de Emma Lowenstramm, una artista de origen judío de la que se dijo que fue profesora de arte del joven Adolf Hitler en Viena. Se trataba de un grabado, datado en 1909, que mostraba a Lenin y Hitler jugando al ajedrez y estaba firmado en el reverso por los dos protagonistas. El bisnieto de esa ama de llaves se llamaba Félix Edenhofer y había tratado durante toda su vida de convencer al mundo de que aquel dibujo representaba una escena real; Edenhofer hijo heredó un dossier de 300 páginas y ganas de hacer fortuna: en 2009 llevó el dibujo a una casa de subastas para tratar de venderlo.

A la vista saltaban dos problemas. Hitler, que tenía solo 20 años, se parecía mucho en el dibujo al Hitler de dos décadas después, ya camino al poder. Lenin, por su parte, era calvo en 1909, pero aparece con una buena mata de pelo. Desde la casa de subastas se alegó sobre Hitler que el cuadro era una recreación artística, no una fotografía, y que Lenin en aquella época solía ir disfrazado para evitar problemas con la policía secreta de su país. Pese a todo, la casa de subastas reconocía que no podía garantizar la veracidad de aquello que decía; no sabía, por tanto, si el grabado representaba algo que había ocurrido de verdad.

El debate acabó cuando ese mismo año The New York Times entrevistó a Richard J. Evans, experto en el Tercer Reich; Evans recordó que en 1909 Hitler tocó fondo, llegó a dormir en la calle y sólo tenía un buen traje que usaba para ir a la ópera, así que nunca se lo pondría para jugar al ajedrez. Además, era un artista “horrible” que nunca recibiría la bendición de Emma Lowenstramm; ni siquiera está claro, remata, que supiese jugar al ajedrez, ni que le gustase. Por lo demás, ¿por qué iba firmar un vagabundo un dibujo como si fuera una celebridad? En cuanto a Lenin, que sí jugaba a menudo, no estaba aún en el punto de mira de la Rusia de los zares como para andar por ahí disfrazado, pese a ser el jefe de los bolcheviques.

Con quien sí jugó al ajedrez Lenin fue con el poeta y artista Tristán Tzara, uno de los creadores del dadaísmo, junto a Hugo Bell, en el Cabaret Voltaire, en Zurich. Bell fundó el cabaré en 1916; duró seis meses abierto, seis meses en los que se produjo tal eclosión de artistas que está reconocido como uno de los lugares sagrados de la cultura europea. Estaba en el número 1 de la calle Spiegelgasse; en el número 9 vivía Lenin. Se sabe que él y Tzara coincidían en un café intermedio para jugar, y de sus partidas consta al menos una prueba: una imagen, ésta sí real, en la que Lenin bosteza exageradamente encima de sus piezas como un dragón abrasando a un ejército.

Una visita al cabaret Voltaire

Sergio E. Negri, en la revista Ajedrez 12, da cuenta de esta relación con un extenso trabajo en el que recuerda una leyenda: que Lenin, en una visita al cabaret Voltaire, afirmó en ruso "da, da" ante las performances y transgresiones de los jóvenes artistas; de esta manera habría bautizado el movimiento Dadá. Negri también reseña el libro The Posthuman Dada Guide: Tzara & Lenin play chess, de Andrei Codrescu. Según este volumen, que es un juego metafórico, la partida que disputaron Tzara y Lenin, un año antes de la Revolución de Octubre, habría marcado el destino de la humanidad.

Así, Codrescu plantea la partida como un duelo entre el hombre dadá y el hombre nuevo. Pero el dadaísmo, anuncia Negri, pese “a sus valores de ruptura de los tabúes y su relajación dionisíaca”, salió derrotado “ante el modelo de eficiente tecnoracionalismo del comunismo”. El ajedrez fue el deporte rey de la URSS. Pilar Bonet, en una crónica para EL PAÍS publicada en 1984, informaba de que más de cuatro millones de rusos estaban colegiados, la mitad de ellos niños. Más de 50 eran grandes maestros y unos 700, maestros. El Club Central de Ajedrez de Moscú tenía como objetivos la “pureza moral” y el “amor y la devoción al modelo socialista”.

“Ajedrez judío”, “ajedrez ario”

En cuanto a Hitler, quizá fuese cierto que no jugaba al ajedrez, pero el nacionalsocialismo hizo uso productivo de él. En su web, Javier del Campo reseña el libro Ajedrez bajo la cruz gamada, de Ralf Woelk: se dictaminó que había un “ajedrez judío” que era oportuno y buscaba un beneficio material, y un “ajedrez ario” que era valiente y buscaba la victoria y el ataque desde la primera jugada. Terminaron creando un ajedrez propio sustituyendo las piezas por figuras de artillería y en el tablero el terreno estaba lleno de marcas militares, había un río y varios lagos.

Más luz aportó, desde el exilio, Stefan Zweig cuando escribió su obra maestra Novela de ajedrez. En ella, un reputado maestro es doblegado por un desconocido que viaja en el mismo barco que él. Se trataba de un hombre hecho prisionero y torturado por la Gestapo que, para sobrevivir en un régimen de aislamiento total en su celda, había jugado cientos de partidas de ajedrez en su cabeza. Meses después, convencido de que el nazismo del que salió huyendo de Alemania acabaría conquistando el mundo, Zweig y su mujer se suicidaron en Brasil ingiriendo veneno; fueron encontrados abrazados junto a cuatro cartas. Y un manuscrito que no se había publicado y lo haría al año siguiente: Novela de ajedrez. Hitler se suicidó bajo los escombros de su Reich tres años después.

La Olimpiada de Ajedrez se disputa estos días en Batumi (Georgia).

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