Las mujeres, cuota necesaria para la propaganda de la FIFA
Lieke Martnes, ganadora del premio The Best, no pudo asistir a la gala porque le habían programado un partido internacional


A la FIFA, que es una organización federativa con trazas de máquina tragaperras, se le ha colado en la ecuación una incógnita con la que no contaba: el fútbol femenino. No en vano, sus mandamases y asociados regentaban un negocio multimillonario sin ningún tipo de control gubernamental con apenas demostrar un cierto sentido filantrópico, escondidas las cajas fuertes tras fotografías amables de niños africanos con botas nuevas o un coqueto campito de césped artificial en medio una favela. A las denuncias por corrupción o sobornos respondía siempre la buena FIFA con las bondades manifiestas de su caridad, amparada en el sentido global de una obra que estaba muy por encima de las debilidades puntuales de algunos actores.
Tiene un serio problema la FIFA con el fútbol femenino más allá del machismo rampante que destilan sus habituales formas y procederes, uno capital que entronca con otra de sus grandes taras ancestrales: la transparencia. No pueden decirlo a las claras, recordemos que nos encontramos frente a la flor y nata del altruismo moderno, pero en el fondo del lamentable ninguneo que pudimos contemplar en la gala The Best, o en sus amenazas poco escrupulosas a las internacionales danesas por reclamar sus más elementales derechos, se encuentra el mismo denominador común con sus muchos y reconocibles nombres. Euros, dólares, libras, pesos… Al menos de puertas para dentro, a la FIFA le preocupa esencialmente la cuantía de sus productos y, a día de hoy, salvo en contadas excepciones, el fútbol de testosterona y barba sigue barriendo en el balance económico al de coleta y estrógenos.
“Está claro que no les importamos”, señala la centrocampista estadounidense Megan Rapinoe. Y tiene razón, lo que no implica que algún día sí puedan importarles, especialmente si el pastel del fútbol femenino se demuestra apetitoso para las grandes audiencias, la clave de bóveda de todo este entuerto. Que la holandesa Lieke Martens no pueda acudir a una gala para recoger su premio como mejor futbolista del año, a causa de unos calendarios que la propia organización programa, no es un problema. Bien al contrario, su ausencia y la de Sarina Wiegman son vistas como una oportunidad de aligerar la ceremonia, algo parecido a esos Oscar menores que la academia entrega en las horas previas a la gran noche. El valor mercantil del acto viene marcado por la presencia de señores que llenan estadios, anuncian productos de todo tipo y generan ingentes cantidades de dinero con su mera presencia. Ellas, de momento, se encuentran limitadas al papel de cuota necesaria para la propaganda social de la FIFA y nada cambiará a menos que el consumidor final del producto obre el milagro.
Porque podemos y debemos exigir a los máximos organismos del fútbol que den verdadero ejemplo de igualdad más allá de sus eslóganes con gancho, pero también podemos contribuir modificando ese chip arcaico que nos impide disfrutar de las mejores futbolistas del planeta mientras somos capaces de emocionarnos con los goles de un canterano del Barça al orgulloso y pequeño Murcia. “La FIFA es un organismo viejo, masculino y pasado”, sentenció Rapinoe. Se agradece que no señalase al resto del mundo, ese que cuando nadie lo mira sigue repitiendo, medio en serio, medio en broma, que el fútbol femenino ni es fútbol ni es femenino: ya nos retratamos solos, Megan.
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