EL QUE APAGA LA LUZOpinión
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La familia y uno más

Ángel María Villar, en 2014.
Ángel María Villar, en 2014. ATTILA KISBENEDEK / AFP

Desde que se conoció la noticia de la detención de Ángel María Villar muchas han sido las voces que han expresado su “sorpresa” por lo ocurrido. Servidor, desde su escaso juicio, cree que calificar con ese término el arresto de quien ha dirigido los designios del fútbol español desde antes de que existiera el fútbol no parece acertado. De hecho, el sorprendido de turno no hubiera adquirido esa condición de haber seguido las informaciones que desde hace meses, y en estas mismas páginas, ha ido desgranando Ladislao J. Moñino. Por ellas supimos de la investigación abierta por el trato de favor a dos equipos, el Recreativo y el Marino de Tenerife, presuntamente ejecutado desde la Federación. Y nos dejó de una pieza conocer que una partida de 1,2 millones de euros otorgada por el Estado para la construcción de una escuela de fútbol en Haití, país que había sido devastado por un terremoto, se perdió por el camino, cuestión nunca bien explicada y que movería a la conmiseración si no moviera al asco.

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Nos enteramos de estos y otros aconteceres domésticos que afectaban a Villar y a su fiel vicepresidente, Juan Padrón, y de otros de corte internacional que salpicaban a Gorka, hijo de aquel, abogado y presidente que fue del fútbol sudamericano, donde acumuló pleitos de diversa gravedad. Estos asuntos, públicos y notorios, frenaron a Villar en su intención de darle aún más vuelo a su carrera como preboste planetario y le cerraron las puertas de la UEFA y de la FIFA. Pero tales inconvenientes no afectaban a sus ocupaciones patrias, esto es, la presidencia de nuestra Federación, empleo que tenía asegurado por la gracia de sus votantes. Y ya se sabe que hay quien piensa que unas elecciones sirven para meter bajo la alfombra las corruptelas propias, y ahí está el partido que nos gobierna para dar fe. La democracia avalaba a Villar, se decía. Y le avaló, y de qué manera, el pasado mes de mayo, cuando ganó las elecciones a la presidencia federativa con el ajustado resultado de 112 votos a favor, seis nulos y 11 en blanco.

La pregunta surgía inocente. Sabiendo lo que se sabía, ¿por qué le votaban? Lo hacían, todos a una, presidentes de federaciones territoriales, clubes, jugadores, entrenadores, árbitros… Algo tenía Villar que le hacía inmune no ya a las sospechas sino a tropelías de distinta envergadura, todas demostradas. La Federación se asemejaba a un pudridero, lo que no menoscababa los apoyos de este sobreviviente. El Consejo Superior de Deportes llegó a embargar las cuentas federativas. Nada afectaba, sin embargo, a Villar, que allá en la sierra madrileña simulaba combates de boxeo en los que golpeaba con sus puños a rivales imaginarios, recordando, quizá, aquel día en el que siendo futbolista golpeó a Cruyff, por entonces el más grande, durante un partido.

Pero la justicia comenzó a actuar. Y las pesquisas de la fiscalía desembocaron en la imagen del 18 de julio, aquella en la que Villar se bajaba de un coche de la Guardia Civil. El siguiente capítulo de la historia es conocido. Villar, su hijo Gorka, y el siempre fiel Juan Padrón viven hoy en la cárcel de Soto del Real, donde les ha enviado el juez por los delitos de administración desleal, apropiación indebida, estafa, falsedad documental y corrupción entre particulares. El montante del lucro se cifra, cuando menos, en decenas de millones. Desde allí, desde Soto, tan cerca de su casa en la sierra madrileña, Villar podrá seguir golpeando sombras mientras da los últimos retoques al reglamento de transparencia y buena gobernanza que estaba preparando en beneficio, quién lo duda, del fútbol español.

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